Francia acaba de aprobar la ley de muerte asistida. Los titulares de los diarios hablan de «derecho a morir dignamente», de «avance civilizatorio», de «conquista de la autonomía sobre el propio cuerpo». Las redes sociales se parten en dos como una galletita: los que celebran con euforia y los que condenan con furia. Y mientras tanto, en el medio del ruido ensordecedor, hay una pregunta que casi nadie está haciendo.
¿Y el alma qué?
Soy Sandra Marcela Almazán, terapeuta transpersonal hace más de quince años. Acompaño procesos de duelo, de enfermedad, de muerte. Acompaño a personas que se están muriendo y a personas que están viendo morir a alguien que aman. Y desde ese lugar —no desde la ideología, no desde la religión, no desde la política— quiero hablarte.
Porque la muerte no es un problema legal. Es un misterio existencial. Y cuando reducimos la conversación a «derecho a decidir versus derecho a la vida», nos perdemos lo más importante de todo.
Durante mi carrera acompañé a decenas de pacientes terminales y a sus familias. Estuve ahí, con la mano sosteniendo la mano, en ese umbral donde el lenguaje ya no alcanza y lo único que queda es la presencia. Y te voy a decir algo que no sale en los diarios, que no entra en los titulares, que no cabe en un tweet.
Mucha gente que pidió la muerte, cuando recibe contención genuina, cuando siente una presencia amorosa que no se escapa, cuando tiene un espacio seguro para atravesar lo que está sintiendo sin que nadie la apure, deja de pedirla.
Ojo, no estoy diciendo que todos. Cada ser humano es un universo único e irrepetible, y no hay recetas universales para los procesos más sagrados de la existencia. Pero sí digo —con el peso de quince años de clínica— que muchísimas veces el pedido de morir no es un pedido de muerte. Es un pedido de que alguien se siente al lado y soporte la intensidad de lo que está pasando sin salir corriendo.
Es un grito que dice: «no puedo con esto solo».
Y acá está el problema de fondo, el elefante en la habitación que nadie quiere señalar. Nuestra cultura abandonó sistemáticamente a los moribundos.
Los escondió en hospitales fríos e impersonales. Los medicalizó hasta convertirlos en un conjunto de signos vitales. Los desconectó por completo del tejido comunitario que antes —en todas las culturas, en todos los tiempos— los sostenía. Antes, la gente moría en su casa, rodeada de los suyos, con el perro al pie de la cama, con los nietos entrando y saliendo, con la vida siguiendo alrededor mientras ellos hacían su transición.
Hoy, la muerte da miedo. No porque la muerte en sí sea temible —que es un misterio, no un monstruo— sino porque la convertimos en un acto solitario, aséptico, medicalizado y desprovisto de sentido.
Y en ese contexto de abandono estructural, la muerte asistida no siempre es libertad. A veces —muchas veces— es la única salida que queda cuando nadie te acompaña de verdad.
Desde la psicología transpersonal, entendemos que la muerte no es el final de la conciencia, sino una transición. No hace falta tener creencias religiosas para comprenderlo. Hay décadas de investigación rigurosa en experiencias cercanas a la muerte, en estados expandidos de conciencia, en acompañamiento terapéutico con psilocibina y otros compuestos en contextos clínicos controlados, que muestran consistentemente algo que las tradiciones espirituales vienen diciendo hace milenios: la conciencia no se apaga como una lamparita cuando el cuerpo se detiene.
¿Qué cambia cuando miramos la muerte desde ahí?
Cambia todo. Absolutamente todo.
Porque si la muerte es una transición y no una aniquilación, el foco ya no está en «acortar el sufrimiento a toda costa», sino en atravesarlo con sentido. El dolor existe, claro que sí. Pero una cosa es el dolor físico —para el cual la medicina paliativa tiene cada vez más herramientas efectivas— y otra muy distinta es el sufrimiento existencial, esa angustia profunda del alma que no se cura con morfina ni se resuelve con una inyección letal.
Acompañé personas que murieron despiertas. Literalmente. Personas que eligieron atravesar sus últimos días sin sedación profunda, en estado de presencia plena, rodeadas del afecto que ellas mismas convocaron, con las cuentas cerradas y el corazón abierto de par en par.
Y te aseguro, con la mano en el corazón, que esas muertes fueron actos de una dignidad tan inmensa, tan luminosa, tan profundamente sagrada, que ninguna ley humana podría jamás regular.
No estoy romantizando el dolor. El dolor es dolor, y cuando es innecesario, hay que aliviarlo con todos los recursos disponibles. Pero estoy diciendo que existe una posibilidad de morir que trasciende el miedo, que va mucho más allá de la discusión binaria de «eutanasia sí o eutanasia no», y que esa posibilidad requiere algo mucho más difícil que una reforma legal: requiere acompañamiento presente, amoroso, incondicional. Requiere que como sociedad nos animemos a no abandonar a los que se van.
La conversación sobre la muerte asistida es necesaria, urgente, inevitable. Pero mientras nos desgarramos discutiendo quién tiene derecho a apretar el botón, nos olvidamos de hacer las preguntas realmente importantes.
¿Por qué tanta gente quiere morirse? ¿Qué dice de nosotros como cultura que la muerte sea vivida como una liberación y no como una culminación? ¿Cuánto del pedido de eutanasia es un deseo genuino de morir y cuánto es un grito desesperado frente al abandono? ¿Estamos ofreciendo a nuestros moribundos todas las alternativas posibles antes de darles la salida más definitiva?
Quizás —y solo quizás— el verdadero «derecho a morir dignamente» no se agota en el derecho a recibir una inyección. Quizás incluye también el derecho a no morir solo, a no morir con dolor evitable, a no morir sin haber podido decir lo que necesitabas decir, sin haber podido cerrar lo que necesitabas cerrar, sin haber sentido que tu vida —toda tu vida, incluso el tramo final— tuvo sentido.
Y eso, créanme, no se resuelve con una ley. Se resuelve con presencia humana. Con comunidad. Con amor.
Se resuelve animándonos a acompañar.