Abrís el diario, prendés la tele, scrolleás las redes y ahí está: la guerra en Irán. Misiles, drones, el Estrecho de Ormuz convertido en zona de guerra, el funeral de Khamenei en Teherán, Estados Unidos intensificando los ataques. El miedo escala en tiempo real. Las bolsas se sacuden. La angustia global se palpa en el aire como humedad antes de la tormenta. Y acá, del otro lado del mundo, vos sentís ese nudo en el pecho que no sabés bien de dónde viene pero que aprieta.
Hay una lectura obvia de esta guerra —la geopolítica, la económica, la militar— y después hay una lectura que a nadie le interesa hacer porque incomoda. La del espejo. La transpersonal. La que te obliga a mirar para adentro cuando todos miran para afuera. Y es justamente de esa lectura que quiero hablarte hoy.
Carl Jung hablaba de la sombra: todo aquello que no reconocemos en nosotros mismos —la violencia, el odio, el afán de dominación, el miedo irracional— y que, como no podemos tolerarlo adentro, lo proyectamos afuera. Lo ponemos en el otro. El enemigo no es un invento moderno de la geopolítica: es un mecanismo psíquico ancestral.
Cuando una guerra estalla, lo que vemos en el noticiero no es solo un conflicto entre naciones. Es el reflejo amplificado de una dinámica que ocurre todo el tiempo dentro de cada ser humano. En vos, en mí, en tu vecino, en ese familiar con el que no hablás desde 2019.
Pensalo un segundo: ¿cuántas guerras personales tenés activas en este momento? ¿Cuántos «enemigos» cotidianos elegiste para no tener que mirar tu propia sombra? El jefe que te maltrata, la expareja que «te arruinó la vida», el político que encarna todos los males, el vecino que te saca de quicio. La facilidad con la que ponemos afuera lo que no queremos ver adentro es asombrosa.
Mientras escribo esto, en Teherán se está realizando el funeral del líder supremo iraní, Ali Khamenei, muerto en un bombardeo en febrero. Millones de personas en las calles, llorando a su líder. Y del otro lado, millones de personas en Occidente respirando aliviadas porque «cayó el enemigo».
Desde la psicología transpersonal, el arquetipo del enemigo cumple una función: nos da cohesión, nos da identidad, nos dice quiénes somos por oposición. «Yo soy bueno porque él es malo.» Pero ese mecanismo es infantil y, a largo plazo, letal para el alma. Porque mientras necesites un enemigo externo para sentirte del lado correcto de la historia, nunca vas a hacer las paces con tu propia oscuridad.
Y acá viene lo más incómodo: ¿qué pasa cuando el enemigo muere? Cuando Khamenei ya no está, cuando la guerra termina, ¿contra quién peleás? Si tu identidad se construyó en la lucha contra un otro, cuando ese otro desaparece aparece el vacío. Y el vacío es más aterrador que cualquier misil.
Hay algo que los noticieros no te van a contar: la angustia que sentís cuando ves las imágenes de Irán no es solo empatía. Es resonancia. Es tu propia guerra interior reflejada en una pantalla.
La terapia transpersonal trabaja con esta idea: todo lo que ocurre en el mundo exterior tiene un correlato en tu mundo interior. Y al revés también: tu paz interior no es un lujo individualista, es un acto político y espiritual. Cada vez que resolvés un conflicto adentro, le sacás leña al fuego del conflicto colectivo.
Esto no significa que no haya que informarse, que no haya que tener posición, que no haya que actuar en el mundo. Significa que la acción externa sin trabajo interno es ruido. Y que el camino más revolucionario que podés emprender en un mundo en guerra es hacer las paces con vos mismo.
Te dejo, como hago siempre en el consultorio, más preguntas que respuestas. Porque las respuestas fáciles son para los que no quieren pensar. Y vos no estás acá para eso.
La paz mundial no empieza en una cumbre de presidentes. Empieza en un consultorio, en una decisión, en un acto de coraje íntimo. Empieza cuando dejás de buscar culpables y empezás a hacerte cargo.
«Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta.» — Carl Jung