Hay juicios que son más que juicios. Hay casos judiciales que trascienden el expediente y se convierten en un fenómeno psíquico colectivo. El Caso Loan es uno de ellos.
Argentina está mirando el juicio como quien mira una serie de true crime, pero hay algo de lo que casi nadie habla: el impacto que esta historia tiene en el alma de quienes la consumen. No es solo información. Es una carga psíquica que entra al sistema sin pedir permiso.
Y lo más inquietante no es lo que pasó. Lo más inquietante es lo que este caso despierta en nosotros.
Desde la psicología junguiana —que es una de las bases de la mirada transpersonal— llamamos «sombra» a todo aquello que no queremos ver de nosotros mismos. Lo reprimido, lo negado, lo que nos resulta intolerable. Y la sombra tiene una característica muy precisa: se proyecta hacia afuera. Lo que no puedo aceptar en mí, lo veo exacerbado en el otro.
¿Qué proyectamos como sociedad sobre el Caso Loan?
El horror ante la vulneración de la infancia nos enfrenta con nuestra propia incapacidad para cuidar. La indignación con los acusados nos evita mirar nuestras propias omisiones como adultos. La fascinación morbosa con los detalles escabrosos nos revela un hambre de oscuridad que preferiríamos no tener.
Dicho en criollo y sin anestesia: este caso nos confronta con la parte más oscura de lo humano, y esa oscuridad también nos pertenece.
En el consultorio lo veo todo el tiempo. Pacientes que nunca vivieron una situación de abuso pero presentan síntomas de trauma. Pacientes que desarrollan ansiedad, insomnio o hipervigilancia a raíz de consumir información sobre casos como este. Se llama trauma vicario o traumatización secundaria, y es lo que le pasa al que presencia el dolor sin estar directamente involucrado.
Las madres y padres de niños pequeños son especialmente vulnerables. Cada nuevo detalle del caso activa el sistema de alerta ancestral: «tu cría está en peligro». Y el cerebro no distingue entre una amenaza real en tu living y una amenaza que estás viendo en la tele. Para la amígdala, es lo mismo.
El resultado es una sociedad sobresaltada, con el cortisol por las nubes, que no puede nombrar lo que le pasa porque «total, a mí no me pasó nada».
Hay algo que merece ser dicho con todas las letras: nuestra necesidad de que «se haga justicia» en el Caso Loan es genuina y necesaria. Pero también es simbólica. Queremos que condenen a los culpables no solo por Loan —que ya es una causa sagrada— sino porque necesitamos creer que el mundo tiene orden. Que el horror no queda impune. Que hay un límite.
Esa necesidad de justicia es, en el fondo, una necesidad espiritual. Es el anhelo de que el universo tenga sentido. De que el bien y el mal existan como categorías claras y de que al final, de alguna manera, el bien triunfe.
El problema es cuando delegamos esa necesidad completamente en el sistema judicial. Porque el sistema puede condenar a una persona, pero no puede devolvernos la inocencia perdida. Eso es trabajo nuestro.
Evitar la información no es la respuesta. Tampoco lo es intoxicarse con ella. La propuesta, como siempre, es la consciencia en el medio.
Loan merece justicia. Los que lo buscan merecen verdad. Y nosotros, como sociedad, merecemos poder mirar este espejo sin rompernos.
Porque al final, la pregunta no es solo «¿qué pasó con Loan?». La pregunta también es «¿qué nos pasó a nosotros?». Y esa respuesta no va a salir en ningún noticiero. Esa respuesta se busca puertas adentro, en el silencio de una sesión, en la intimidad de una conversación honesta con uno mismo.
El Caso Loan es un espejo. La pregunta es si estamos listos para mirarlo de frente.
Agendá tu sesión si sentís que esta historia te está pesando más de lo que imaginás.