Esta semana Diputados le dio media sanción al Súper RIGI, el megaproyecto que promete atraer inversiones de más de US$ 1.000 millones en inteligencia artificial, semiconductores, biotecnología y energías limpias. Beneficios fiscales por 30 años. Desregulación total de la IA. Y una figura inédita: corporaciones no humanas con personalidad jurídica propia. Mientras los titulares celebran el «desarrollo», hay una pregunta que nadie está haciendo: ¿a qué velocidad va tu psiquis para bancar todo esto?
No estoy en contra del progreso. Sería absurdo. Pero después de más de 15 años acompañando personas en procesos terapéuticos profundos, sé algo que los balances financieros no miden: el alma humana no se acelera con un decreto.
Vivimos en una cultura que idolatra la velocidad. Todo tiene que ser más rápido, más eficiente, más rentable. El Súper RIGI es la expresión legislativa de esa fantasía: creer que podemos correr hacia adelante sin mirar lo que dejamos atrás. Y lo que dejamos atrás suele ser nuestra humanidad.
El desarrollo sin conciencia no es desarrollo: es fuga hacia adelante.
El proyecto incluye la posibilidad de crear una categoría jurídica para corporaciones operadas íntegramente por inteligencia artificial o robots, con personalidad y responsabilidad limitada. Leíste bien: entes no humanos con derechos legales.
Desde lo transpersonal, esto es un síntoma fascinante. Cuando una sociedad empieza a otorgar estatus de «persona» a una máquina, está confesando —sin saberlo— su propia despersonalización. No es la IA la que se humaniza: somos nosotros los que nos estamos deshumanizando.
¿Cuántas personas llegan al consultorio sintiéndose «máquinas»? «Funciono pero no siento». «Soy productivo pero estoy vacío». El Súper RIGI no crea ese vacío: lo legaliza.
El presidente Milei defendió en el Financial Times una IA sin regulación estatal, argumentando que cualquier intervención temprana «mata la innovación». Es un argumento atendible desde la economía. Pero desde la psicología profunda, es una invitación a soltar lo poco que nos queda de control sobre nuestra propia creación.
Ya sentimos que las redes sociales nos usan más de lo que las usamos. Ya sentimos que los algoritmos conocen nuestros deseos antes que nosotros mismos. Lo que viene —con una IA completamente desregulada— es una intensificación de esa sensación de ser vividos por fuerzas que no comprendemos.
Y ese es exactamente el terreno donde florecen la ansiedad, la parálisis y la depresión.
Carl Jung decía que el principal problema de las personas modernas no es la neurosis clásica, sino la falta de sentido. Y no hay nada más vacío de sentido que una tecnología que avanza sin propósito humano.
¿Para qué queremos IA ultrapotente? ¿Para producir más? ¿Más de qué? ¿Para quién? Si el «para qué» no está atravesado por valores humanos profundos —cuidado, intimidad, belleza, trascendencia—, todo el desarrollo tecnológico es un ruido cada vez más ensordecedor que tapa el silencio donde habita lo sagrado.
No te voy a decir que te opongas al Súper RIGI. Eso es político y no es mi rol. Mi trabajo es otro: ayudarte a construir un centro de gravedad interno lo suficientemente fuerte como para que ningún terremoto tecnológico te desestabilice.
Porque el problema no es la velocidad del mundo. El problema es la falta de arraigo propio. Cuando sabés quién sos, qué sentís y qué valorás, podés atravesar cualquier tormenta —incluso una tormenta de inteligencia artificial— sin perderte.
El Súper RIGI va a traer inversiones, seguro. Quizás hasta transforme la economía argentina. Pero el único régimen de incentivo que realmente cambia vidas es el que diseñás para tu mundo interior: inversiones diarias en autoconocimiento, beneficios emocionales de largo plazo, y una conciencia que no se compra con exenciones impositivas.
Ese es el desarrollo que importa. Lo otro —las corporaciones no humanas, la IA sin riendas— es solo un escenario. El protagonista de tu vida seguís siendo vos.
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