US$ 38.000 por una entrada para ver la final del Mundial. Más de 500 kilos de yerba mate viajando con la Scaloneta. Un país que se paraliza cada vez que Messi pisa la cancha. Y la pregunta que nadie está haciendo: ¿qué hay detrás de tanta devoción?
No me malinterpretes. Messi es extraordinario. Que se haya convertido en el máximo goleador histórico de los Mundiales —18 goles, superando a Klose— es un logro descomunal, de esos que emocionan hasta las lágrimas. Pero el lado B de esta historia no está en sus pies: está en lo que proyectamos sobre él.
Desde la psicología transpersonal, los ídolos no son casuales. Aparecen cuando una sociedad necesita encarnar algo que siente perdido o inalcanzable. Messi representa la excelencia, la perseverancia, la humildad que triunfa. Pero también —y esto es lo más incómodo— representa nuestra renuncia a buscar eso mismo dentro nuestro.
Pensalo así: cada vez que ponemos nuestra felicidad en que gane la Selección, estamos externalizando nuestro bienestar. «Si Messi gana, soy feliz». «Si Argentina pierde, se me arruina la semana». Esa transferencia emocional masiva es un síntoma de vacío interior que ninguna copa va a llenar.
El mecanismo es tan antiguo como la humanidad. Cuando nos desconectamos de nuestro propio poder, de nuestra capacidad de crear sentido, buscamos afuera figuras que nos devuelvan la experiencia de lo extraordinario. El problema no es admirar a Messi. El problema es usarlo como anestesia.
La devoción fanática no habla del ídolo. Habla del devoto.
¿Cuántas personas conocés que te dicen «no sé qué haría sin el fútbol» o «es lo único que me da alegría»? Ahí tenés la radiografía: vidas donde la pasión genuina fue reemplazada por el consumo de emociones ajenas.
Hay algo hermoso en la imagen de los 500 kilos de yerba viajando al Mundial. El mate es presencia, es pausa, es encuentro. Es un ritual de conciencia. Cuando tomamos mate miramos a los ojos al otro, compartimos la bombilla, nos tomamos un tiempo. Ese sí es un gesto que nos habita.
La diferencia es sutil pero gigante: una cosa es vibrar con el ritual del mate mientras miramos el partido, y otra muy distinta es vaciarnos de nosotros mismos para llenarnos del resultado de un partido.
Las entradas para ver a Messi en octavos de final ya superan los US$ 3.500. La final puede llegar a US$ 38.000 en reventa. Y hay gente que paga eso sin pestañear. De nuevo: no juzgo la pasión. Lo que me pregunto como terapeuta es: ¿cuánto estás dispuesto a invertir en tu propio bienestar emocional?
Porque una sesión de terapia cuesta mucho menos que una entrada a la final. Pero claro, la terapia no te da la euforia de un gol en el minuto 90. Te da algo más incómodo: te devuelve a vos mismo.
Dicho esto, también hay una lectura luminosa. El fútbol bien vivido puede ser una experiencia de trascendencia: un colectivo que late al unísono, una tribu momentánea que se funde en una misma emoción. Eso es poderoso y no hay que despreciarlo.
La clave está en cómo volvés a tu vida después del partido. Si la euforia se evapora apenas apagás la tele y volvés al sinsentido cotidiano, algo te está pidiendo atención.
Los ídolos son faros. Pero el faro no reemplaza tu propio timón. Messi puede iluminar el camino, pero el que lo recorre sos vos.
Argentina puede ganar el Mundial otra vez. Messi puede seguir rompiendo récords. Y todo eso va a estar buenísimo. Pero la final que más te conviene jugar —y ganar— es la que se juega en tu interior: la de dejar de necesitar héroes externos para empezar a habitar tu propia épica.
Porque el verdadero campeonato es el de construir una vida que te guste vivir, incluso sin el ruido de la tribuna.
Agendá tu sesión y empecemos a trabajar en esa final interior →