Hay 40.000 pequeñas y medianas empresas que este año podrían desaparecer en Argentina. Hay familias que redujeron la ingesta de alimentos para llegar a fin de mes. Hay un 11% de desempleo en la Ciudad de Buenos Aires. Y hay una noticia que los indicadores económicos no miden: lo que todo esto le está haciendo a tu estructura psíquica.
De eso no se habla. De eso no hay índice. De eso no hay ministro que dé conferencia de prensa. Y sin embargo es lo más grave.
Cuando hablo de trauma económico no estoy haciendo poesía. Estoy hablando de un síndrome clínico reconocido: estrés financiero crónico, que activa las mismas áreas cerebrales que el trastorno de estrés postraumático. Tu cerebro no distingue entre un tigre que te persigue y una cuenta que no podés pagar. Para tu amígdala, la amenaza es idéntica.
Y acá está lo más perverso: en Argentina esto no es un evento, es una condición permanente. No es un disparo, es un goteo. Décadas de inflación, devaluación, ajuste, crisis, repetición. Tu sistema nervioso no tuvo tregua en los últimos cuarenta años.
Hace poco escuché a una paciente decir: «Bueno, ya está, estamos comiendo arroz tres veces por semana, no es tan grave». Y lo dijo sin lágrimas. Lo dijo como quien comenta que cambió de marca de detergente.
Eso, exactamente eso, es lo que me aterra como terapeuta. No el arroz. La normalización.
Cuando lo insoportable se vuelve normal, dejás de sentir. Y cuando dejás de sentir, dejás de registrar el daño. Pero el daño sigue ahí, operando bajo tierra, manifestándose como insomnio, como ataques de pánico a las tres de la mañana, como esa sensación difusa de que «algo está mal» que no podés explicar porque en la superficie «no pasó nada».
«El trauma más peligroso no es el que grita. Es el que se disfraza de normalidad.»
Hay un duelo específico del argentino que no se nombra: el duelo por la identidad de clase. Fuiste clase media toda tu vida. Tus viejos fueron clase media. Tu abuelo compró su casa con el laburo. Y vos hoy estás contando monedas para la verdulería.
Eso no es solo economía. Eso es una fractura de la narrativa personal. Es un «¿quién soy si ya no soy quien creía que era?». Es el derrumbe de un proyecto de vida que te prometieron y que ya no existe.
La terapia transpersonal entiende que la identidad es una construcción. Que no sos tu cuenta bancaria. Que eso ya lo sabemos con la cabeza. Pero hay una distancia enorme entre saberlo con la cabeza y sentirlo en el cuerpo cuando te duele la panza de la incertidumbre.
Bessel van der Kolk escribió El cuerpo lleva la cuenta. Y en Argentina, el cuerpo está llevando una contabilidad que daría miedo leer. Enfermedades autoinmunes, trastornos digestivos, contracturas crónicas, bruxismo, fatiga que no se va con descanso. Todo eso es trauma económico somatizado.
No estás cansado porque dormiste mal. Estás cansado porque tu sistema nervioso está en modo supervivencia desde 2001.
Argentina está partida, sí. Pero la fractura más profunda no es entre partidos. Es entre los que todavía se permiten registrar el dolor de lo que estamos viviendo, y los que se anestesiaron para no sentir. Los primeros sufren pero están vivos. Los segundos no sufren pero están desconectados de su propia humanidad.
Yo elijo el primer bando. El que siente. El que llora. El que se enoja. Y después, desde ahí, construye.
Si estás en ese bando, bienvenido. El consultorio está abierto.
Por Sandra Marcela Almazán — Terapeuta Transpersonal. Más de 15 años acompañando procesos de despertar en tiempos de crisis.