Hoy en día, una criatura de dos años tiene más fotos en internet que una estrella de rock de los noventa. Y no porque ella lo pidió, sino porque su papá o su mamá necesitan que un like la valide. El sharenting —esa mezcla tóxica de «share» y «parenting»— se volvió tan normal que nadie se anima a decir lo que todos pensamos: ¿cuándo la crianza se convirtió en un reality show sin guión?
Pero yo no vengo a hablar de lo que está mal. Vengo a leer el lado B. Eso que no te dice ningún influencer ni ningún newsletter de crianza consciente. Vengo a preguntarte algo que duele: ¿qué necesidad estás tratando de llenar en vos cuando publicás esa foto de tu hijo llorando, bañándose, o dormido?
Cuando un adulto expone a su hijo en redes sociales —sin que el niño pueda decidir—, no está compartiendo un momento familiar. Está mostrando una ausencia. Una herida que le quedó abierta desde su propia infancia: la falta de reconocimiento.
Mirá bien. Si vos creciste en un hogar donde nadie te miró con orgullo, donde tus logros pasaron desapercibidos o donde tu existencia no fue celebrada, hoy podés estar buscando en los likes lo que nunca recibiste. Y usás a tu hijo como trofeo.
El niño no es el protagonista. Es el decorado de una historia que el adulto necesita contar para sentirse visto.
Esto no es acusación: es biodescodificación. El inconsciente no sabe de límites digitales. Lo que el padre o la madre no pudieron sanar, lo proyectan en su hijo. Y lo exponen como si fuera una extensión de ellos mismos.
Haceme una pregunta incómoda de verdad: si tuvieras que pasar una semana sin publicar nada de tu hijo, ¿sentirías que algo se pierde? ¿Que la experiencia no fue real si no la validaron? ¿Que te estás perdiendo de algo?
Esa incomodidad es la llave. La señal de que hay una dependencia emocional disfrazada de «memoria familiar». Porque una cosa es compartir una foto linda de vez en cuando. Otra muy distinta es que la vida de tu hijo sea contenido.
Y acá va una verdad que pocos se animan a decir: cuando subís la intimidad de tu hijo a una red social, estás construyendo su huella digital sin su permiso. Pero lo más grave no es eso. Lo más grave es que estás usando su imagen para llenar un vacío que a vos te corresponde sanar.
Suena fuerte, ¿no? Pero cada vez que ves a una madre filmando a su hijo pataleando en el piso del supermercado, no estás viendo un «momento real». Estás viendo a alguien que no sabe cómo estar presente sin mediar una pantalla.
Mostrar es un acto externo: buscás una reacción. Compartir es un acto interno: buscás conexión. Cuando compartís algo de tu hijo en un grupo íntimo de confianza, con respeto por su privacidad, estás compartiendo. Cuando subís su cara a una red abierta, para que cualquiera opine, juzgue o comente, estás mostrando. Y no es lo mismo.
El sharenting no es un error de crianza. Es un síntoma. Un grito del adulto que no sabe pedir ayuda para sanar su propia falta de valor. Y mientras no se dé cuenta, va a seguir exponiendo a su hijo como si fuera una extensión de su ego.
Por eso te pregunto de vuelta, directo: ¿qué herida estás tratando de callar con cada posteo de tu hijo?
La respuesta no está en dejar de publicar o en volverte un ermitaño digital. Está en mirar hacia adentro y preguntarte: ¿qué necesito vos que nunca recibí? ¿De qué manera estoy poniendo a mi hijo en el lugar que a mí me hubiera gustado estar?
Sanar eso no solo protege la intimidad de tu hijo. Te libera a vos de la necesidad de mirar afuera para saber que valés.
Si esto te resonó, podés agendar una sesión conmigo en https://www.terapiasmarcela.com/consultorio — o conocer más sobre biodescodificación de la parentalidad y sanación del linaje en mis cursos y seminarios.