El 12 de octubre vuelve a llamarse Día de la Raza: el lado B de los nombres que nos dan
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·
Hoy, 12 de octubre, la Argentina vuelve a debatir cómo se llama una fecha. El feriado que durante años se conoció como «Día del Respeto a la Diversidad Cultural» reaparece en el calendario oficial como «Día de la Raza», y la discusión se encendió en todos lados. Podríamos quedarnos en la pelea política, pero hoy quiero llevarte al lado B: qué pasa adentro nuestro cuando el nombre de las cosas cambia y, de golpe, ya no estamos seguros de quiénes somos.
Lo que se discute en la superficie
Un nombre no es un detalle. Nombrar es elegir qué se recuerda y qué se tapa. Durante décadas, el 12 de octubre se llamó «Día de la Raza»; después pasó a llamarse «Día del Respeto a la Diversidad Cultural»; y hoy el nombre vuelve atrás. En el medio hay dos maneras de contarnos la misma historia: una centrada en la conquista, otra en lo que la conquista arrasó.
No te voy a decir cuál nombre es el correcto. Lo que me interesa es otra cosa: por qué nos sacude tanto.
El lado B: los nombres que nos dieron a nosotros
Porque el 12 de octubre habla de algo que a muchas mujeres les pasa en carne propia: nos pasamos la vida con nombres que no elegimos. El apellido del padre. El «sos la fuerte». El «la que sostiene». El «la que no se queja». El diagnóstico que nos pusieron, el rol que nos tocó en la familia, la etiqueta que alguien decidió por nosotras y que después nos creímos.
Hay nombres que nos dan y nombres que nos sacan. Y casi siempre, el que nos saca, nos lo dieron sin preguntarnos.
Cuando el nombre de una fecha se discute, se mueve algo parecido a lo que pasa cuando una mujer empieza terapia: la versión oficial de su historia se agrieta. Y ahí aparece el miedo, porque si el nombre cambia, ¿quién soy yo sin ese nombre?
La herida de la conquista y la herida de la casa
Hay una escena que se repite en el consultorio: mujeres que descubren que la historia familiar que les contaron no era del todo cierta. Una abuela que era adoptada, un abuelo del que no se hablaba, un origen que se tapó para que no doliera. Los pueblos también hacen eso: tapan una parte de su historia para seguir adelante.
El 12 de octubre nos enfrenta a esa misma operación a escala nacional. Y aunque parezca lejano, la emoción que sentís cuando el debate se calienta —bronca, vergüenza, cansancio, ganas de mirar para otro lado— es la misma que aparece cuando algo de tu propia historia quiere salir a la luz.
Qué hacer con todo esto
- Preguntate qué nombre te pusieron a vos y si todavía lo sostenés por elección o por costumbre.
- Nombrá en voz alta lo que te taparon. A tu historia familiar, a tu origen, a lo que pasó y no se contó.
- No confundas identidad con etiqueta. Vos no sos el rol que te dieron. Sos lo que hacés con él.
- Permitite la bronca. El enojo con lo que se impuso es un paso hacia recuperar tu propia voz.
Un nombre nuevo no borra lo viejo: lo ordena
Reconstruir la identidad no es inventar un personaje nuevo. Es reconocer lo que heredaste —doloroso y hermoso— y decidir vos qué nombre querés llevar de acá en adelante. Eso vale para una fecha, para un pueblo y para tu vida.
Hoy, mientras el país discute cómo llamar a un día, te dejo una pregunta para vos: ¿cuántos nombres llevás puestos que nunca elegiste? Animate a mirarlos. Ahí, casi siempre, empieza el camino de vuelta a vos misma.
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