Reforma de la ley de Salud Mental: el lado B de lo que ninguna ley puede curar

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

Esta semana el Senado firmó dictamen y la reforma de la ley de Salud Mental quedó a un paso de tratarse en el recinto. El proyecto cambia cosas concretas: el criterio de internación involuntaria, quién puede evaluarla, cómo se abordan las adicciones, qué pasa con los manicomios. Se discute en los medios, en las facultades, en las familias. Y está bien que se discuta: la salud mental es un derecho, no un tema de especialistas.

Pero hay un lado B que casi nadie nombra, y del que quiero hablar acá: ninguna ley puede curar sola el dolor que todavía no tiene nombre. Las leyes ordenan el sistema. El sufrimiento, en cambio, se cura en otro lugar: en el vínculo, en el cuerpo, en la palabra dicha a tiempo.

Qué dice la reforma (sin tecnicismos)

El cambio más comentado es el criterio para una internación involuntaria. Hoy la ley exige «riesgo cierto e inminente»; la reforma propone «riesgo grave de daño», es decir, poder intervenir antes de que el peligro se concrete. También se prevé que la evaluación no dependa exclusivamente de un psiquiatra, que se incorporen psicólogos y que se habiliten teleconsultas donde no hay especialistas.

Hay profesionales que celebran la posibilidad de una mirada preventiva. Otros advierten sobre el riesgo de «internaciones por las dudas». Las dos preocupaciones son legítimas. Y las dos, miradas de cerca, hablan de lo mismo: el miedo a que alguien decida por nosotros cuando estamos más vulnerables.

El lado B: lo que una ley no puede resolver

Una ley puede definir cuándo intervenir. No puede definir por qué llegamos hasta ahí. Detrás de cada internación hay una historia que venía avisando hace años: un insomnio que se volvió crónico, una tristeza que se disfrazó de cansancio, una familia que no sabía cómo preguntar, un hombre que no pidió ayuda porque le enseñaron que pedirla era de débil.

El problema no es que falten leyes. El problema es que llegamos a la ley demasiado tarde, cuando ya nadie pudo escuchar lo que el cuerpo venía gritando.

Por qué nos cuesta tanto hablar de «estar mal»

Cada vez que se discute salud mental en público, aparece la misma palabra vieja y pesada: el loco. Ese término no describe a nadie: describe nuestro miedo. Nos asusta la idea de perder el control, de depender de otros, de que alguien nos vea sin la máscara de «estoy bien». Por eso muchas mujeres aguantan años antes de pedir una consulta. No porque no necesiten ayuda, sino porque aprendieron que pedirla es una vergüenza.

Señales de que hay que pedir ayuda antes de llegar al extremo

Ninguna de estas señales es una sentencia. Todas son una invitación a mirar hacia adentro con acompañamiento, antes de que el cuerpo tenga que decidir por vos.

Lo que la ley no reemplaza

La reforma puede mejorar el sistema. Pero el sistema no es lo que te sostiene a las tres de la mañana. Lo que sostiene es una red humana: alguien que escuche sin apurar, un espacio donde puedas decir lo que no dijiste nunca, un trabajo terapéutico que mire no solo el síntoma sino la historia que lo sostiene.

Desde la terapia transpersonal trabajamos exactamente ahí: en lo que la ley no alcanza. En la persona que está detrás del diagnóstico, en el alma que sostiene el cuerpo, en el sentido que se perdió y que necesita volver a encontrarse.

Una última cosa

Que se hable de salud mental es una buena noticia. Que se discuta una ley, también. Pero no confundamos el debate con la cura. Mientras los senadores discuten, en tu casa hay alguien que hace meses no duerme y dice que no le pasa nada. Empezá por ahí. Empezá por escuchar.

Si sentís que necesitás un espacio para vos, no esperes a que sea urgente.

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