Se apagó la tele y quedó ese silencio. Ese que conocés bien aunque nunca lo hayas nombrado. Millones de argentinos frente a la pantalla, y de golpe… nada. España 1, Argentina 0. La copa que no vuelve. Messi que se va. Y con él, algo tuyo también.
No estoy acá para hablar de fútbol. Estoy acá para hablar de lo que pasa cuando se termina el partido y te encontrás con un vacío que no tiene nada que ver con los noventa minutos. Porque perder una final del Mundial no es solo perder un partido: es perder un sueño compartido. Y eso, aunque no lo sepamos, se llora.
Hay una idea muy argentina de que «no pasa nada», de que «es solo fútbol». Pero vos sabés que no es solo fútbol. En cada Mundial ponemos mucho más que expectativas deportivas: ponemos ilusiones, identidad, pertenencia. Ponemos la fantasía de que algo, al fin, nos salga bien como país. Y cuando eso se cae, se cae fuerte.
Desde la terapia transpersonal entendemos que los duelos no tienen jerarquía. Duelo es duelo. Podés estar de duelo por un ser querido, por un trabajo, por una relación… y también por un «nosotros» que se quedó sin festejo. Porque lo colectivo también se siente en el cuerpo. También deja huella.
A los 39 años, Lionel Messi probablemente jugó su último partido con la celeste y blanca. Y con él se va mucho más que un jugador de fútbol. Se va un arquetipo. El pibe que la peleó, el que cargó con la exigencia de todo un país, el que lloró derrotas y levantó copas. Un espejo en el que nos miramos millones.
Cuando un símbolo colectivo se retira, algo en el inconsciente grupal se resquebraja. No es solo «se fue Messi». Es «se fue el Messi que nos hizo creer que todo era posible». Y ahí aparece una pregunta que incomoda: ¿qué hacemos ahora con nuestra propia cancha?
El símbolo no es la cosa simbolizada. Pero cuando el símbolo se va, nos obliga a mirar la cosa de frente.
Las noticias hablan de detenciones, corridas, vidrieras rotas. La lectura fácil es «violencia en el fútbol». Pero la lectura del lado B es otra: cuando el dolor colectivo no tiene dónde alojarse, explota.
No hay espacio social para decir «estoy triste porque perdimos». No hay velorio colectivo. No hay ritual de cierre. Entonces la energía que no se nombra se descarga donde puede. Y donde puede, lastima.
La agresión en el Obelisco no fue contra España. Fue contra el espejo roto. Contra la frustración de un país que puso todas las fichas emocionales en un resultado y se quedó con las manos vacías.
No te voy a decir «ya va a pasar». Porque las cosas no pasan solas: se transitan. Te comparto tres claves desde la mirada transpersonal:
Perder también es una forma de encontrarse. Cuando se apagan las luces de la cancha, queda el silencio. Y en ese silencio —si te animás a escucharlo— hay una pregunta que vale oro: ¿quién sos cuando no estás ganando?
Porque la vida, a diferencia del fútbol, no tiene tiempo suplementario. Tiene tiempo, a secas. Y ese tiempo es tuyo para habitarlo como vos elijas. Con la copa en la mano o con las manos vacías. Pero tuyo.
Gracias, Messi. Gracias, muchachos. Ahora nos toca a nosotros jugar nuestro propio partido.
Si este texto te movió algo y querés hablar, no te lo guardes. Podés reservar una sesión individual en mi consultorio online. El duelo —tuyo, nuestro, de todos— merece testigos.