Patrick Stewart murió a los 86: el lado B de una despedida anunciada

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

La noticia se conoció en las últimas horas del jueves y dio la vuelta al mundo en minutos: murió Patrick Stewart, a los 86 años, en su casa de Los Ángeles, por complicaciones del Alzheimer que se le había diagnosticado poco tiempo antes. En diciembre se iba a estrenar su última película. La industria prepara homenajes, los fanáticos escriben, las redes se llenan de fotos del capitán Picard y del profesor Xavier.

Y está bien. Pero hay un lado B de esta despedida que casi nadie va a nombrar, y es el que me interesa acá: qué pasa cuando el final llega justo después de un diagnóstico que borra la memoria. Porque ahí, en ese detalle, hay algo que nos toca a todos los que alguna vez cuidamos a alguien que empezaba a olvidar.

La despedida anunciada

Hay muertes que llegan de golpe y otras que se anuncian. La de Stewart fue de las segundas: un diagnóstico reciente, un cuerpo de 86 años, un estreno pendiente. Cuando la muerte se anuncia, aparece una ilusión muy humana: la de que vamos a estar preparados. «Ya sabíamos», decimos. «Era grande». Como si el aviso hiciera menos daño.

No lo hace. El aviso nos da tiempo para ordenar papeles, para decir cosas, para acompañar. Pero no nos ahorra el golpe. El duelo no se negocia con información: se atraviesa con tiempo y con otros.

El Alzheimer como duelo en cuotas

Cuando alguien empieza a olvidar, el duelo no empieza cuando muere. Empieza antes. Empieza el día que repite la misma pregunta por tercera vez, el día que no reconoce un lugar conocido, el día que te mira y tarda un segundo de más en encontrarte. Se llama duelo anticipado, y es uno de los más agotadores que existen, porque no tiene velorio, no tiene condolencias y nadie te trae comida.

La familia que cuida a una persona con Alzheimer o con otra demencia suele vivir años en un estado raro: la persona está, pero también se está yendo. Y el que cuida siente culpa por desear que termine, y culpa por no haber hecho más, y culpa por enojarse. Todo eso junto, en silencio, sin permiso para nombrarlo.

Qué queda cuando la memoria se va

Acá hay algo que aprendí en más de quince años de consultorio y que la ciencia del vínculo confirma: la memoria no es lo único que sostiene a una persona. Aunque el recuerdo se borre, queda el tono de voz, queda la forma en que alguien se calma cuando le tomás la mano, queda el cuerpo que reconoce el afecto sin poder nombrarlo. Se puede acompañar a alguien que ya no sabe quién sos, y ese acompañamiento sigue teniendo sentido.

Stewart, además, dejó algo que no depende de su memoria: un trabajo. Dos mundos que parecían separados —el teatro clásico y la cultura popular— y una amistad de décadas con Ian McKellen que muchos miraron como un pequeño milagro. Eso también es legado: no lo que uno recuerda, sino lo que uno hizo posible para otros.

Lo que esta muerte nos devuelve a los vivos

Qué hacer si estás en ese lugar

Si tenés a alguien con un deterioro cognitivo en la familia, andá pensando en red: quién más puede acompañar, qué ayuda profesional existe, qué decisiones hay que tomar antes de que la situación se complique. Y si sos vos la que cuida, no esperes a quebrarte para pedir ayuda. El cuerpo avisa antes: el insomnio, la irritabilidad, la sensación de estar viviendo en piloto automático.

Si estás del otro lado, si ya perdiste a alguien después de años de olvido, date permiso para un duelo que va a tener capas: se llora a la persona y también se llora el tiempo que se perdió, las conversaciones que no se pudieron tener, el cansancio acumulado. Eso no te hace mala persona. Te hace humana.

El olvido no borra el vínculo. Solo cambia el idioma en el que se dice «te quiero».

Las muertes de los que admiramos nos tocan porque nos hablan de las nuestras. Y esas, las nuestras, son las que sí podemos acompañar.

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Si estás cuidando a alguien que se olvida, o si acabás de despedir a tu padre o a tu madre, podés pedir una consulta acá. No hace falta tener las palabras: alcanza con llegar.

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