Obras sociales al borde del colapso: el lado B del miedo a enfermarte
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·
La noticia se repite con distintas palabras desde hace semanas: reuniones que no llegan a nada, prestadores que dejan de atender, afiliados que descubren en la ventanilla que el estudio que necesitaban ya no está cubierto. El sistema de obras sociales argentino está en una crisis que quienes lo transitan describen como «casi terminal». Y detrás del titular económico hay algo que casi nadie nombra: un miedo muy antiguo que se despierta en el cuerpo de miles de personas.
Porque la salud no es solo una prestación. Es la fantasía silenciosa de que, si algo me pasa, alguien va a responder. Cuando esa promesa se tambalea, no se rompe un contrato: se rompe una ilusión de amparo.
Lo que la crisis despierta por debajo de la crisis
En las consultas de estas semanas aparece un tema que no estaba en la agenda de nadie: el miedo a enfermarse. No a la enfermedad en sí, sino a enfermarse en el peor momento, sin cobertura, sin plata, sin red. Mujeres de cuarenta y cincuenta que empiezan a anotar síntomas que antes ignoraban. Hombres que postergan estudios por miedo a lo que puedan encontrar y a lo que puedan tener que pagar. Familias que hacen cuentas antes de decidir si van a la guardia.
Ese miedo tiene una particularidad: no se puede resolver con información, porque la información disponible es justamente la que asusta. Entonces la mente hace lo que sabe hacer: se queda en alerta. Y la alerta sostenida, como siempre, se cobra el precio en el cuerpo.
El cuerpo como último territorio propio
Hay un detalle que me interesa mucho de esta época. Cuando el afuera se vuelve impredecible —precios, trabajo, sistema de salud, futuro—, la atención se repliega hacia adentro. Empezamos a leer el cuerpo con una minuciosidad que antes no teníamos. Cada puntada es una señal. Cada latido raro, una amenaza. Cada síntoma nuevo, una confirmación de que estamos solas.
Eso que parece hipocondría muchas veces es otra cosa: es la búsqueda desesperada de algo que podamos controlar. Si el sistema no me cuida, al menos quiero saber qué me pasa. Y como no hay certezas afuera, el cuerpo se convierte en el único lugar donde se puede librar la batalla del control.
Ansiedad de salud: cuando el chequeo no calma
La ansiedad por la salud tiene una trampa conocida: cada análisis que sale bien alivia por unas horas y después abre la puerta al siguiente estudio. La persona no busca información, busca alivio. Y el alivio, por definición, no dura.
- Revisión constante del cuerpo en busca de cambios.
- Búsquedas en internet que empiezan con un síntoma y terminan en el peor diagnóstico posible.
- Necesidad de repetir consultas o estudios para quedarse tranquila.
- Evitación: no ir al médico para no enterarse.
- Insomnio con pensamientos sobre enfermedad, vejez o muerte.
Ninguna de estas conductas es irracional. Son intentos de una persona asustada por recuperar algo de suelo. El problema es que el suelo no está en la información: está en la capacidad de sostener la incertidumbre sin desarmarse.
El lado B: la salud como relación, no como servicio
Acá es donde la lectura transpersonal hace su aporte. Durante décadas nos enseñaron que la salud es un servicio que se compra, se reclama o se exige. Y cuando el servicio falla, sentimos que el cuerpo también nos falla. Pero la salud nunca fue solamente eso: es una relación con la propia vida, con el propio cuerpo, con la manera en que habitamos el tiempo que nos toca.
Podés no tener la cobertura que quisieras. Lo que no podés perder es la conversación con tu cuerpo. Ahí no hay crisis que te la quite.
Esto no significa resignarse ni dejar de pelear por derechos. Significa no dejar toda la responsabilidad del cuidado afuera. Significa recuperar prácticas simples: dormir, comer, moverte, decir lo que sentís, pedir ayuda antes de que el cuerpo grite. Significa, sobre todo, dejar de vivir como si la enfermedad fuera una falla moral que hay que prevenir con control absoluto.
Qué se puede hacer cuando el miedo ya se instaló
Si el miedo a enfermarte te está ocupando la cabeza la mayor parte del día, hay algunas cosas que ayudan:
- Poner un límite a la búsqueda. Un solo profesional, un solo criterio. Internet no es un servicio de guardia.
- Separar el síntoma del significado. Un dolor de pecho puede ser ansiedad. No todo síntoma es una sentencia.
- Nombrar el miedo real. Muchas veces el miedo a la enfermedad es miedo a la dependencia, a la soledad o a no tener a quién recurrir.
- Construir red. La salud se sostiene en vínculos concretos: alguien que te acompañe a un estudio, alguien que te llame, alguien que note si no estás.
Cuando el afuera no da garantías
Vivimos un tiempo en el que las instituciones prometen menos de lo que pueden sostener. Eso produce una desilusión legítima y un duelo: el duelo por el Estado, la obra social o la familia que imaginábamos que iba a estar siempre. Ese duelo también se hace. Y se hace mejor acompañada.
No se trata de dejar de reclamar lo que corresponde. Se trata de no quedar rehén de la espera. El cuidado propio empieza antes de que el sistema responda, y muchas veces empieza por una consulta.
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