Marcha del Orgullo 2026: el lado B del orgullo que tuviste que aprender

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

(Una lectura del orgullo como reparación, no como fiesta)

La Marcha del Orgullo 2026 llenó las calles otra vez. Carrozas, glitter, banderas, consignas, familias enteras caminando. Y en medio de la música hay algo que no se ve a simple vista: muchísima gente que llegó ahí después de años de pedirle perdón al mundo por existir. Porque el orgullo, antes de ser una fiesta, fue una necesidad. Y para muchas personas todavía es una tarea pendiente.

Mi trabajo como terapeuta transpersonal me enseñó a mirar siempre el reverso de lo que se celebra. Y el reverso del orgullo tiene nombre: vergüenza.

Lo que la marcha dice sin decirlo

Cuando una multitud se reúne para gritar «existo», es porque durante mucho tiempo alguien dijo lo contrario. La marcha no nace de la abundancia: nace de una herida. Nace del pibe que escuchó un insulto en el aula, de la chica que no pudo presentar a su pareja en el casamiento de su hermano, de la persona que se mudó de ciudad para poder respirar.

Por eso lo que se festeja no es solo la identidad. Se festeja haber sobrevivido a la vergüenza.

La vergüenza no se hereda por sangre: se aprende en casa

La vergüenza es la emoción más relacional de todas. No aparece sola: aparece en la mirada del otro. Un chico no se avergüenza de quién es hasta que alguien le muestra que hay algo en él que no se puede mostrar.

El mensaje que se instala sin palabras

«No digas eso en la mesa». «¿Y la novia?». «Es una etapa». «A mí no me importa, pero tu abuelo se va a morir». Nadie dice explícitamente sos un problema, y sin embargo el chico lo escucha. Ahí empieza un trabajo silencioso: esconderse, actuar, elegir parejas que no se noten, aprender a mentir con una sonrisa.

Muchísimos adultos llegan a la consulta sin saber de dónde viene esa sensación de estar siempre en falta. No hubo un trauma único. Hubo un clima.

Orgullo no es arrogancia

Conviene distinguir. La arrogancia es una cáscara que tapa el miedo a no valer. El orgullo sano es otra cosa: es el derecho a ocupar tu lugar sin pedir permiso, es poder mirarte al espejo sin negociar. Uno se construye sobre la vergüenza tapada; el otro se construye sobre la vergüenza atravesada.

El orgullo de verdad no es levantar la bandera más alto que el otro. Es poder bajarla y seguir queriéndote igual.

Cuando la familia no acepta: el duelo que no se nombra

Hay un duelo del que casi no se habla en estos días de fiesta: el duelo por la familia que esperabas tener. El hijo o la hija que se acepta a sí mismo también despide al padre que imaginó que lo acompañaría, a la madre que creyó que iba a entender. Ese duelo es real, merece nombre y merece acompañamiento.

No hay que elegir entre querer a tu familia y quererte a vos. Pero hay que aceptar algo doloroso: la aceptación no se puede exigir ni se puede esperar eternamente. A veces llega. A veces llega tarde. A veces no llega, y la vida sigue siendo vivible.

Cómo se sana la vergüenza aprendida

Un cierre, hoy que hay marcha

Si fuiste a la marcha, ojalá te hayas llevado algo más que una foto. Si no fuiste y sentís que esto te toca de cerca, aunque no sea tu identidad la que se celebra, quiero decirte que la vergüenza por ser quien sos no es tu carácter: es una historia que te contaron. Y las historias, con acompañamiento, se pueden reescribir.

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