Esta semana, mientras todos discutían, la tierra volvió a hablar. Y casi nadie la escuchó, porque casi todos estaban mirando con los ojos equivocados.
Unos lo leyeron en clave de política: que si la derecha, que si la izquierda, que si me deben, que si el otro. Se entiende: es el idioma de la cabeza. Pero cuando un territorio habla, hay que escucharlo con otros ojos. Los ojos del alma.
Porque las ideologías políticas tienen la costumbre de envenenar el corazón de la gente. Y cuando el corazón está envenenado, la gente no piensa, no siente, pelea. Y como pelea, no escucha la razón, no escucha el alma, no escucha el corazón.
Y la palabra lo confiesa. Se llaman partidos. Y parten. Parten a la gente a propósito: dividen las mentes, dividen los corazones. Porque la gente dividida no puede unirse. Y el Martín Fierro ya lo cantó hace más de un siglo: «Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera… porque si entre ellos se pelean, los devoran los de afuera».
Por eso esta nota no va a hablar de política. Va a leer lo que la política no puede escuchar.
Hace más de veinte años que atiendo personas en consultorio, y algo aprendí temprano: la realidad tiene capas. La capa de arriba es la noticia. La capa de abajo es el mensaje.
La noticia de esta semana es una cadena nacional, sanciones, una base naval. El mensaje es otra cosa: el Gran Espíritu se está moviendo, y manda sus mensajes a través de lo que tenemos más cerca — el territorio, los símbolos, los arquetipos.
No hace falta llamarlo Dios si la palabra te incomoda. Llamalo como quieras: el Gran Espíritu, la Vida, el Campo. Lo importante es entender que no es azar.
Y esta semana los símbolos se alinearon de un modo que no se puede ignorar.
León. León. León. Al que habló por cadena nacional le dicen «el león». El tesoro que duerme bajo el mar de las islas se llama Sea Lion: el león del mar. La Argentina, según su carta astral, nació con el Ascendente en Leo: el león en el horizonte. El 12 de agosto el Sol se eclipsó en el grado veinte de Leo. En Roma gobierna un Papa que se llama León, y en noviembre pisa la Argentina. Hasta el hombre más grande de nuestra cancha se llama Lionel: león pequeño. Y se despidió este año.
El que no escucha dice: casualidades. El que mira con los ojos del alma dice: la historia está despertando.
Y los números también hablan. La guerra fue en 1982: hace cuarenta y cuatro años. El 44 es un número maestro — y los números maestros no se suman: piden una tarea. El 44 es el constructor, el que reconstruye sobre escombros. Y en el tarot, el 11 es La Fuerza: la mujer que le cierra la boca al león sin violencia, con serenidad. El 44 es cuatro veces once: el Emperador que se llevó la tierra, multiplicado por la mujer que domina al león. Los números están diciendo lo que las palabras no pueden.
Que quede claro, porque hay mucha confusión con esto: el tarot no adivina el futuro. El tarot refleja. Cada carta es un arquetipo, una forma del alma humana, y lo que está pasando en el mundo se puede leer en esas cartas como se lee un espejo. No para predecir. Para comprender.
Y acá está la parte que la mirada del alma no puede saltearse.
En 1982 murieron 649 argentinos. La mayoría eran pibes de dieciocho, diecinueve años. Conscriptos, chicos sin formación militar, mandados al frío con un fusil y una orden. Del otro lado también hubo muertos: 255 británicos, jóvenes soldados que tampoco decidieron esa guerra. Chicos de los dos bandos, enviados por gente de poder.
La mirada política divide: «los nuestros» y «los otros». La mirada del alma ve otra cosa: chicos que no eligieron nada, muriendo por una guerra que no era suya. Los muertos no tienen ideología. Los muertos tienen madres. Y la tierra, que recibió la sangre de los dos bandos, tampoco distingue: para ella, todos son hijos.
Esto no es un discurso tibio. Es lectura sistémica: cuando hay muertos sin llorar de los dos lados del conflicto, la herida no puede cerrarse. La política pelea por el territorio. El alma pide duelo por los chicos. Son dos planos distintos, y confundirlos es el error que nos tiene atrapados hace cuarenta y cuatro años.
Porque — y acá viene la parte transpersonal — lo que pasa afuera también pasa adentro.
Hay una tierra con muertos sin honrar, y encima de esa tierra quieren abrir un pozo para sacarle la riqueza. Eso es Malvinas. Y también es la vida de mucha gente: ¿cuántos tenemos muertos sin llorar adentro? ¿Cuántos seguimos rindiendo, produciendo, sonriendo encima de una herida que nunca se honró? ¿Cuántos vivimos en guerra fría con un territorio — una familia, una pareja, un pasado — defendiendo banderas en vez de ir al fondo?
El territorio es un espejo. Lo que grita Malvinas es lo que grita tu casa, tu cuerpo, tu historia. La tierra no distingue entre lo político y lo íntimo: para ella, todo es alma.
Yo no sé qué va a pasar con las islas, ni con el petróleo, ni con la política. No es mi trabajo. Mi trabajo es leer el territorio y decir lo que veo: que el Gran Espíritu está mandando mensajes claros, y que los mensajes no se responden con banderas. Se responden con duelo, con justicia, con memoria. Y con unión. Primero se honra a los muertos. Después se toca el tesoro.
Lo que se sana se devuelve, no se le pone encima.
Te dejo tres preguntas, sin apuro:
¿Qué guerra fría estás sosteniendo con tu propio territorio interior?
¿Qué chicos — tuyos, de tu familia, de tu historia — están esperando que alguien los llore?
¿Y qué pasaría si, por un día, miraras todo lo que está pasando con los ojos del alma, en vez de con los ojos de la discusión?