Décima noche consecutiva de bombardeos. Tanques atacados en el Estrecho de Ormuz. Cientos de heridos, decenas de muertos. El conflicto entre Estados Unidos e Irán escaló a niveles que no veíamos desde hace décadas, y mientras los diplomáticos discuten acuerdos que se rompen antes de firmarse, hay algo que los titulares no están cubriendo: lo que nos pasa por dentro a los que miramos todo esto desde lejos.
Ese nudo en el estómago cuando abrís el noticiero. Esa sensación de que el mundo está fuera de control. Ese pensamiento intrusivo antes de dormir: «¿y si esto se va todo al carajo?». Eso también es parte de la guerra, aunque no estés en el frente de batalla.
En los últimos quince días, recibí más consultas relacionadas con ansiedad que en todo el mes anterior. Y no es casualidad. Cuando el mundo entra en modo crisis, nuestro sistema nervioso lo registra aunque estemos a 13.000 kilómetros del conflicto.
Desde la psicología transpersonal, entendemos que somos parte de un campo de conciencia interconectado. Lo que pasa en Medio Oriente no nos es ajeno energéticamente. Sentimos el miedo del otro, la violencia del otro, la incertidumbre del otro. Y si no tenemos herramientas para procesarlo, eso se convierte en ansiedad, insomnio, irritabilidad o ese vacío difuso que no sabés bien de dónde viene.
El cerebro humano no evolucionó para distinguir entre una amenaza real y una amenaza mediática. Cuando ves imágenes de explosiones —aunque sea en la pantalla del celular— tu amígdala se activa igual. Tu cuerpo entra en modo alerta. Se libera cortisol. Se tensan los músculos. Y si eso se repite día tras día, el sistema colapsa.
Los argentinos, además, tenemos memoria emocional de crisis. Venimos de generaciones que sobrevivieron guerras —propias o cercanas—, dictaduras, colapsos económicos. El miedo a la aniquilación está en nuestro ADN colectivo. Cuando el planeta entra en modo bélico, ese miedo ancestral se activa aunque racionalmente sepas que no hay misiles apuntando a Buenos Aires.
No te voy a decir «dejá de mirar las noticias». Porque sé que no vas a hacerlo, y porque informarse no es el problema. El problema es cómo nos informamos y qué hacemos con lo que sentimos después.
No necesitás ver cinco coberturas distintas del mismo bombardeo. Elegí una fuente confiable, leela una vez al día, y cerrá. Todo lo demás es rumiación mental disfrazada de «estar informado».
Cuando la cabeza no para, andá al cuerpo. Respirá hondo cinco veces. Caminá descalzo por el pasto. Poné las manos en el pecho y sentí el latido. El cuerpo es el ancla al presente que la mente necesita cuando se va al futuro catastrófico.
Antes de dormir, escribí en un papel tres miedos que te despertó la situación mundial. Después rompelo. No es mágico: es simbólico. Le estás diciendo a tu inconsciente «por hoy ya está, mañana veremos».
Hay una pregunta que escucho mucho en consultorio: «¿qué sentido tiene todo esto?». Y es la pregunta correcta, aunque la respuesta no sea sencilla.
Desde una perspectiva transpersonal, los conflictos globales son manifestaciones extremas de la conciencia fragmentada de la humanidad. La guerra externa es el reflejo de una guerra interna no resuelta. Esto no significa que haya que justificar la violencia —jamás—, pero sí entender que la paz del mundo empieza por la paz que cada uno cultiva adentro.
No podés parar los misiles. Pero podés parar la guerra que tenés con vos mismo. Podés dejar de castigarte. Podés reconciliarte con tu historia. Podés elegir no sumar más odio a un mundo que ya está saturado de odio.
La paz no se declara: se practica. En cómo le hablás a tu pareja cuando estás enojado. En cómo tratás al que piensa distinto. En la pausa que hacés antes de reaccionar. En el «buen día» al vecino que ni registrabas.
Parece poco, pero no lo es. Porque cada micro-acto de paz es una semilla en el campo de conciencia colectivo. Y en algún momento, inevitablemente, brota.
Mientras tanto, acordate: sentir miedo no es debilidad. Es humano. Es lo que hacés con ese miedo lo que define si te paraliza o te despierta.