Hay una guerra entre Estados Unidos e Irán que empezó en febrero y todavía no terminó. El estrecho de Ormuz estuvo bloqueado. El petróleo se disparó un 35%. La inflación en EE.UU. trepó al 4.2%, la más alta en tres años. El Banco Mundial bajó la previsión de crecimiento global al 2.5%, el número más flojo desde la pandemia. Y mientras tanto, el S&P 500 sigue subiendo.
¿Cómo se entiende esto? ¿Cómo puede ser que el mundo esté literalmente incendiándose y los mercados estén de fiesta? Bienvenido al lado B de la paradoja financiera de 2026.
En el consultorio veo esto todo el tiempo. Una paciente me cuenta que el marido la engañó con la mejor amiga, y lo dice con la misma cara con la que te cuenta que se compró un par de zapatos. Disociación: el mecanismo por el cual la psiquis separa lo que no puede integrar. La información está, pero la emoción no.
Eso mismo está pasando a escala global. Sabemos que hay una guerra. Sabemos que murió gente. Sabemos que el precio de los alimentos subió y que países enteros están al borde de la recesión. Pero abrimos la app del broker, vemos que el portfolio está en verde, y respiramos. Si la bolsa sube, no puede ser tan grave.
El S&P 500 se convirtió en el ansiolítico del mundo. Un indicador que nos permite mirar para otro lado mientras Medio Oriente arde. La pregunta no es por qué los mercados suben. La pregunta es por qué necesitamos tanto que suban para poder dormir de noche.
El estrecho de Ormuz estuvo cerrado durante meses. Por ahí pasa una quinta parte del petróleo mundial. Cerrarlo fue como cortar una arteria del cuerpo energético del planeta. Se firmó un cese de hostilidades, se reabrió la navegación, los analistas recortaron sus previsiones de precio. Todo bien. Todo resuelto.
Pero hay un detalle que los medios no cubren: la estructura de costos ya se ajustó hacia arriba y no va a volver a bajar rápido. La inflación subyacente —la que excluye combustibles y alimentos— también subió. O sea, lo peor ya pasó, pero sus efectos se quedan. Como un duelo mal hecho. Como un trauma que el cuerpo no terminó de procesar.
Eso que sentís en el supermercado cuando ves la góndola y te parece que todo está más caro que la semana pasada no es paranoia: es la huella invisible de una guerra que está ocurriendo a 12.000 kilómetros de tu casa. Estamos conectados de maneras que nuestra mente consciente no llega a registrar, pero nuestro bolsillo —y nuestro sistema nervioso— detectan al instante.
EE.UU. reportó una inflación de 4.2% en mayo. El 60% de ese incremento se explica por el costo de los combustibles. Los titulares lo presentan como un problema económico. Yo te propongo otra lectura: la inflación es un síntoma de un sistema nervioso colectivo sobreexcitado.
Pensalo desde la biodescodificación: cada vez que hay una guerra importante, los precios se disparan porque la energía del conflicto —la rabia, el miedo, la destrucción— se imprime en la materia. El dinero es energía simbólica. Cuando la energía del mundo se desordena, el valor del dinero se desordena también. No es magia: es psicosomática planetaria.
La terapia transpersonal tiene una respuesta que no vas a encontrar en los diarios de economía: el miedo no se anestesia, se atraviesa.
Podés mirar el noticiero y apagar la tele con una sensación de impotencia. O podés hacer esto:
Las crisis globales tienen un efecto colateral poco comentado: rompen la ilusión de control. Cuando el mundo te muestra que no podés controlar nada —ni la geopolítica, ni la inflación, ni lo que va a pasar con tu laburo— solo te quedan dos opciones: enloquecerte o rendirte.
Y rendirse, en el sentido espiritual, no es darse por vencido. Es soltar la fantasía de que vos manejás el universo. Es bajar los hombros. Es aceptar que hay cosas que simplemente están pasando y que tu tarea no es controlarlas, sino elegir quién querés ser mientras pasan.
El mundo está en guerra y la bolsa sube. Es una paradoja. Pero vos no sos ni la guerra ni la bolsa. Sos la conciencia que puede mirar ambas cosas sin perder el eje.
Si sentís que todo esto te está haciendo ruido y necesitás un espacio para procesarlo, podés agendar una sesión en el consultorio. Porque a veces lo único que necesitamos es que alguien nos recuerde que, incluso en medio de la tormenta, hay un lugar adentro nuestro donde todavía no pasa nada.