Fanatismo o vacío espiritual: lo que el Mundial no te deja ver

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Fanatismo o vacío espiritual: lo que el Mundial no te deja ver

El Mundial 2026 ya está acá. Cuarenta y ocho selecciones, tres países anfitriones, una pantalla en cada esquina y la promesa silenciosa de que, si Argentina gana, algo en nuestra vida se acomoda. ¿Te suena? Cada cuatro años nos pasa lo mismo. Nos subimos a la ola colectiva sin preguntarnos demasiado qué estamos buscando ahí adentro. Y ojo, no vengo a bajarle el precio a la pasión. Vengo a mirarla de frente y preguntarme con vos: ¿qué es eso que creemos que el fútbol nos va a dar?

Desde la terapia transpersonal, el fanatismo no es amor al deporte. Es otra cosa. Es una forma de vacío que encuentra un recipiente temporal.

La identidad prestada

Durante el Mundial, dejamos de ser nosotros. Nos ponemos la camiseta y somos Argentina. La cábala reemplaza a la rutina, el fixture organiza la semana, y el resultado del partido define el estado de ánimo de millones de personas que no patearon una pelota. Es fascinante y perturbador al mismo tiempo.

Esto no es casualidad. La identidad personal es frágil, compleja, a veces insoportable. La identidad colectiva, en cambio, es simple, poderosa y no pide demasiado: solo que grites, que te emociones, que pertenezcas. Durante noventa minutos, no hay preguntas existenciales. Hay un arco, una pelota y una causa común. El ego se diluye en la tribuna y eso, por un rato, se siente parecido a la paz.

Lo transpersonal acá es claro: estamos usando al equipo como un espejo donde proyectamos nuestra necesidad de sentido. No hay nada de malo en disfrutar del fútbol. El problema es cuando el disfrute se convierte en una muleta espiritual que solo funciona mientras dura el torneo. Cuando la euforia depende de once jugadores que no conocés, algo de tu centro se fue de vacaciones.

El síndrome del mesías colectivo

Fijate cómo hablamos de Messi. O de cualquier jugador al que le ponemos la capa de salvador. «Si Messi nos saca campeones de vuelta…» Esa frase, tan argentina, esconde una estructura mental que va mucho más allá del fútbol: la certeza de que alguien de afuera va a resolver lo que no podemos resolver nosotros.

La selección se convierte en una metáfora perfecta de nuestra relación con lo sagrado: delegamos en un otro idealizado la posibilidad de redención. Pero, ¿redención de qué? ¿De la crisis económica, de la grieta política, de la angustia cotidiana? ¿O de algo mucho más profundo que ni siquiera nos animamos a nombrar?

Acá está el lado B del Mundial que nadie está contando: la euforia futbolera es, muchas veces, la cara pública de una tristeza privada que no encuentra otro canal para expresarse. Celebramos afuera lo que no podemos sanar adentro. Es un mecanismo impecable de distracción masiva, y funciona porque duele menos que mirar para ese costado.

El after: cuando el partido termina

Ganar es hermoso. Pero dura poco. El lunes después de la final, la vida sigue igual. Los problemas que dejaste en pausa te esperan en el mismo lugar. Y si perdemos, el bajón es colectivo y profundo, como si nos hubieran arrebatado algo personal. Esa sensación de vacío no es decepción futbolística: es el regreso abrupto a una realidad que nunca dejó de estar ahí.

Ese subibaja emocional no es inocuo. Es adictivo. Nos acostumbra a vivir en modo reactivo, esperando que pase algo afuera para sentir algo adentro. Y justamente de eso se trata el trabajo terapéutico transpersonal: de recuperar la capacidad de generar sentido desde adentro, sin depender de un resultado externo para estar bien. De habitar la vida sin necesidad de un campeonato que te diga cuándo estar feliz y cuándo estar triste.

Una propuesta distinta

No te digo que no mires los partidos. Te digo que los mires distinto. Que te preguntes: ¿qué emoción estoy viniendo a buscar acá? ¿Qué parte mía se activa cuando la selección gana o pierde? ¿Qué haría con esa energía si no existiera el Mundial? ¿A qué silencio interno le estoy escapando con tanto ruido de tribuna?

El fútbol puede ser una celebración genuina. También puede ser un anestésico. La diferencia la hacés vos cuando elegís la conciencia en lugar del piloto automático. La pasión no está mal. Lo que enferma es la dependencia. Y cuando tu bienestar cotidiano está atado al resultado de un partido, hay algo más profundo pidiendo ser escuchado.

El verdadero partido se juega adentro. Y ese no termina nunca.

Si sentís que hay algo de tu mundo interno que necesita atención más allá del resultado del domingo, podés agendar una primera consulta conmigo para empezar a trabajar eso que el fútbol tapa pero no resuelve.

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