El Maracanazo de Estudiantes: el lado B de ganar por un penal
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·
Estudiantes le ganó a Flamengo por penales en el Maracaná y se metió en la final de la Copa Libertadores. Lo vi anoche y, como me pasa siempre, me quedé mirando lo que no muestra la cámara: el que pateó y erró. Mientras medio país festejaba, había un jugador arrodillado en el círculo central con la camiseta en la cara. Y ahí, en ese contraste, hay una lectura del lado B que vale la pena.
El azar no es justo ni injusto: es azar
Un penal no mide virtudes. No gana el más bueno, ni el que más trabajó, ni el que más merecía. Gana el que pateó en el ángulo correcto con el pie correcto en el segundo correcto. Eso, que en el fútbol se acepta como parte del juego, en la vida nos vuelve locos.
Porque nos educaron con la idea de que el esfuerzo garantiza el resultado. Y cuando la vida nos devuelve otra cosa —una separación después de veinte años de cuidar, un despido después de ser el mejor del equipo— sentimos que hicimos algo mal. No siempre. A veces el penal simplemente pegó en el palo.
Esto no es resignación. Es distinguir entre lo que dependía de vos y lo que no. Y es una de las cosas que más alivia: el resultado no siempre es un veredicto sobre tu valor.
El que falla: el lado B de la épica ajena
Mientras el estadio explotaba de un lado, del otro había un pibe de veintitrés años que iba a cargar con ese penal por años. Las redes ya estaban armando el meme. Es el mismo mecanismo que usamos con nosotros mismos, pero a escala masiva: un error puntual convertido en identidad.
«Soy un fracasado». «Siempre me pasa lo mismo». «No sirvo para esto». Un penal errado, una relación que terminó, un proyecto que no salió: el hecho es una cosa, la sentencia es otra. Y la mayoría de la gente vive sentenciándose por hechos de un minuto.
No fallaste el penal: pateaste. Fallar es el precio de haberse animado a patear.
La espera antes del disparo
Hay algo que me interesa más que el gol: el segundo previo. El jugador camina desde el medio, acomoda la pelota, respira, mira al arquero. Ahí no hay táctica. Hay cuerpo. Hay una conversación interna que puede ser «lo hago» o «que no la embarre».
Ese segundo es la vida entera. Antes de una decisión importante —separarte, renunciar, empezar terapia, decir que no— pasa lo mismo: el cuerpo se llena de ruido. Quien aprendió a respirar en ese segundo juega distinto. No siempre convierte, pero deja de jugar desde el miedo.
Lo que el Maracaná le enseñó a la tribuna
Hubo algo hermoso también: cuarenta mil personas cantando, gente que no se conoce abrazándose, viejos llorando. Ese ritual colectivo tiene una función psicológica real. Durante noventa minutos, la identidad individual se diluye en algo más grande y eso descansa.
El problema aparece cuando ese algo más grande es lo único que te sostiene. Cuando el domingo termina y el lunes volvés a un trabajo que no te dice nada, a una casa en silencio, a una pareja que hace rato no te mira. La épica ajena tapa el vacío propio por un rato, y después lo devuelve más grande.
Tres preguntas que te deja el partido
- ¿Qué resultado estás esperando que te confirme tu valor?
- ¿A quién estás juzgando con la misma dureza con la que te juzgás a vos?
- ¿Qué penal estás pateando desde el miedo y no desde las ganas?
Ganar por penales es una metáfora perfecta de la vida adulta: no hay certezas, hay que elegir un palo, mirar al arquero y patear igual. A veces entra. A veces no. Lo único que no se negocia es quedarse parado en el círculo central sin animarse.
Y si después de leer esto te quedó dando vueltas algo de tu propia historia —esa que sí podés trabajar—, vale la pena hablarlo.
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