El lado B del empate de Los Pumas: cuando el 28-28 duele más que una derrota
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·
El lado B del empate de Los Pumas: cuando el 28-28 duele más que una derrota
Ayer, en Mendoza, Los Pumas empataron 28 a 28 con los Wallabies y la serie quedó para Australia. No perdieron, no ganaron: quedaron en el medio. Y hay algo en ese 28-28 que duele más que una derrota, porque la derrota al menos se llora y se cierra. El empate deja una puerta entreabierta que no sabés si empujar o dejar pasar.
Mientras todos hablan de formaciones y de errores, yo te propongo mirar otro lado: ¿qué nos pasa con los empates? Porque afuera de la cancha también hay millones de personas viviendo en empate, y nadie les está marcando la jugada.
El «casi» como herida
La psicología del deporte lo estudia hace años: el «casi gané» se procesa peor que el «perdí». El cerebro de un atleta que queda a un paso del triunfo activa el circuito de la rumiación —esa voz que repite la jugada una y mil veces— y el malestar queda abierto, sin resolución. Después de la caída en Jujuy, el empate en Mendoza fue un cierre que no cerró: la serie se escapó sin que hubiera una derrota que llorar.
Y así quedó la tribuna: con una frustración sin forma, la sensación rara de no saber si aplaudir o silbar. ¿Te suena de algún lado?
¿Dónde estás empatando vos?
Hay personas que viven su vida entera en empate. No están mal, pero tampoco bien. No se van, pero tampoco se quedan del todo. No aman con todo, pero tampoco cortan. Trabajan en lugares que no los matan pero tampoco los despiertan. Proyectos a medias, decisiones sin tomar, sentimientos en stand by.
El empate parece un lugar seguro —total, no perdés—, pero es una trampa: es la forma elegante de no vivir del todo.
- Relaciones «estables» pero vacías, sostenidas por costumbre.
- Trabajos que no elegiste, que no soltás y que te chupan la energía.
- Planes postergados «para cuando las cosas se acomoden» (spoiler: no se acomodan solas).
- Miedo a definir: decir que sí o que no, y bancarse la consecuencia.
¿Por qué nos quedamos en el empate?
Porque perder duele, claro. Pero ganar también da miedo: si gano, tengo que sostener el nivel, hacerme cargo, mostrarme. Si quedo en el medio, no arriesgo nada... y tampoco recibo nada. El empate es la excusa perfecta para no jugar el partido entero.
Y hay una trampa más: el empate nos protege de la propia grandeza. Quedarse a un paso te permite seguir diciendo «estuve cerca» en vez de enfrentar la pregunta incómoda: ¿y si me animo a ganar de verdad?
Salir del empate: jugar el partido entero
- Nombrá qué querés ganar. Sin vergüenza. Si no sabés qué victoria estás buscando, no hay forma de ir por ella.
- Aceptá el riesgo. Todo partido se puede perder. La diferencia es si lo jugaste con las dos manos o con una sola.
- No te descalifiques por un paso corto. Los Pumas no son malos por haber quedado a un paso: son un equipo en proceso. Vos también podés mirar tus casi-logros con respeto y seguir.
- Recordá que hay próximo partido. Después del 28-28, la vida sigue. La pregunta no es «¿por qué no gané?» sino «¿qué hago con lo que aprendí?».
Empatar es una forma elegante de no vivir del todo. Y la vida no se empata: se juega.
El espejo colectivo del «estuvimos cerca»
Desde la mirada transpersonal, el deporte es un espejo gigante: la frustración de Los Pumas nos muestra una herida conocida, la del «casi» argentino. Talento para estar cerca, miedo a sostener la cima. La buena noticia es que el espejo no solo refleja: también invita a transformar.
La próxima vez que te descubras empatando —en un vínculo, en un trabajo, en un sueño—, acordate del 28-28 y hacete la pregunta que duele pero libera: ¿estoy jugando para ganar, o estoy jugando para no perder? Porque son dos partidos distintos. Y solo uno vale la pena.
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Si te reconocés viviendo en empate y querés empezar a jugar tu partido entero, te espero en el consultorio.