Hay un momento en todo reality, y Gran Hermano no es la excepción, en el que la casa entera espera el nombre. Un sobre, un silencio artificial, y entonces el veredicto. Afuera, millones de personas festejan o se indignan. Pero hay algo que nadie se pregunta: ¿por qué nos genera tanto, y a veces tanto placer, ver que alguien queda afuera? Soy Sandra Marcela Almazán, terapeuta transpersonal, y hace más de quince años que miro lo que el resto no quiere mirar. Hoy te propongo mirar el lado B del eliminado: ese que, en el fondo, sos vos.
Gran Hermano es un experimento social gigante: gente encerrada, cámaras por todos lados, reglas, alianzas, traiciones. Pero la lectura más superficial es la que se queda con «quién traicionó a quién». La mirada transpersonal va por otro lado: todo lo que ves en la casa es un espejo de lo que llevás adentro.
Ese participante que no soportás, que te irrita, que te gustaría ver afuera ya, es un espejo de una parte tuya que no querés ver. En psicología le decimos proyección: aquello que no acepto en mí, lo detecto y lo ataco en el otro. Cuanto más visceral es tu rechazo por un participante, más probable es que esté tocando una cuerda tuya, vieja y sin afinar.
¿Por qué festejamos la eliminación? Porque hay un alivio oscuro en ver caer a otro: si el que cae es otro, yo, por un rato, me siento a salvo. Es la lógica del chivo expiatorio, tan vieja como la humanidad. Cargamos en un otro todo lo que no podemos sostener y lo expulsamos. En la antigüedad era un sacrificio; hoy es un voto por SMS.
No votás para eliminar a un desconocido. Votás para echar de tu propia casa a un huésped que no querés mirar.
Ese placer de ver caer al otro es, en realidad, el alivio de no ser yo el señalado. Y eso, lejos de hacernos libres, nos deja en deuda con nosotros mismos: seguimos sin mirar lo que duele.
Hay algo adictivo en juzgar desde el sillón. El veredicto de la audiencia nos da la ilusión de poder: yo decido, yo opino, yo sé. Mientras tanto, adentro de la casa y adentro de nuestras vidas, seguimos sin tomar decisiones propias. Es más fácil opinar sobre la vida ajena que hacerse cargo de la propia.
La espiritualidad transpersonal lo dice claro: todo juicio sobre el otro es un juicio que no me hago a mí mismo. Por eso los realities son tan exitosos: son una industria del juicio que nos anestesia la responsabilidad de mirarnos.
Hay una parte tuya que fue «eliminada» hace mucho. Quizás de chico te dijeron que eras demasiado, o demasiado poco. Quizás aprendiste que ciertas emociones no se muestran, ciertos deseos no se dicen. Esa parte quedó afuera, esperando volver a entrar.
Cada vez que mirás un reality con bronca o con euforia, esa parte te está hablando. Te está pidiendo que la mires. No a través del otro, sino de frente.
El lado B de Gran Hermano no es el rating, ni las peleas, ni el ganador. El lado B es la oportunidad de preguntarte quién sos cuando nadie te está juzgando. Porque la casa más difícil de habitar no es la de las cámaras: es la tuya, adentro, con todas sus luces y sus sombras.
Podés seguir mirando desde afuera, o podés empezar a mirarte. La próxima vez que aparezca el sobre, acordate: nadie queda afuera de su propia conciencia para siempre.
Si sentís que hay una parte tuya que quedó afuera y querés traerla de vuelta, te espero en el consultorio: https://www.terapiasmarcela.com/consultorio