Se fue Jorge Messi. El lunes 9 de agosto, a los 68 años, el padre de Lionel Messi falleció tras una batalla contra el cáncer. Lo despidieron en una ceremonia íntima en las afueras de Rosario, lejos de los flashes. Leo, Antonela, los más cercanos. Punto.
Y sin embargo, esta muerte dice mucho más de lo que los medios pudieron contar. Porque Jorge Messi no era solo «el papá de». Era el arquero de ese arco invisible que Lionel viene pateando desde los 4 años. El primer creyente. El tipo que apostó todo —literalmente todo— por un pibe chiquito que apenas si llegaba a la pelota.
En terapia transpersonal hablamos mucho del arquetipo del padre. No del padre real —ese que te llevaba a la cancha o que laburaba 14 horas—, sino de esa figura interna que te dice para dónde arrancar. El norte. La vara. El que te mira y, sin hablar, te está preguntando: «¿Diste todo?»
Jorge Messi habitó ese lugar durante 36 años. Y lo hizo sin hacer ruido. Sin libros, sin declaraciones explosivas, sin escándalos. Lo suyo fue presencia. Presencia pura, de esa que no necesita explicarse porque simplemente está.
¿Cuántos de nosotros tuvimos —o tenemos— un Jorge en nuestra vida? ¿Ese que bancó los trapos cuando nadie más creía? ¿O al revés: cuántos cargan con el hueco del padre ausente, del que nunca estuvo, del que se fue demasiado pronto?
Porque acá está el lado B que nadie está contando: detrás de cada Messi hay un Jorge. Detrás de cada persona que llega lejos, hay alguien que sostuvo el hilo cuando parecía que se cortaba. Y cuando ese alguien se va, el mundo se tambalea. No importa cuántos Balones de Oro tengas en la vitrina.
Hay algo profundamente humano en esta imagen: el mejor futbolista del mundo, el que gambeteó a medio planeta, el que levantó la Copa del Mundo… llorando a su viejo en un cementerio de Rosario. Sin cámaras. Sin discursos. Sin nada más que el dolor más antiguo del mundo.
La muerte de un padre te parte al medio. No importa si tenés 10, 38 o 60 años. Te convierte en hijo otra vez. Te desnuda. Te deja sin el que siempre supo.
Desde lo transpersonal, el duelo no es algo que «superás». Es algo que integrás. No hay cinco etapas prolijas como te enseñaron en el secundario. Hay días que estás bien y días que se te cae el mundo encima sin aviso. Hay mañanas en las que te despertás y por un segundo te olvidaste… y después te acordás, y duele todo de nuevo.
Jorge Messi dejó mucho más que un representante o un manager. Dejó una matriz emocional. Una forma de estar en el mundo. Esa mezcla de humildad y ambición, de saber quién sos y al mismo tiempo querer más, que define a Lionel y que, seamos honestos, es puro ADN paterno.
¿Qué legado te dejó tu padre? ¿Qué frase, qué gesto, qué silencio te sigue acompañando —para bien o para mal— cada día de tu vida?
A veces la terapia no es más que eso: revisar qué te dieron, qué te faltó, y decidir qué hacés con todo eso ahora. Porque no podés cambiar tu historia, pero sí podés cambiar la forma en que la historia te habita.
Leo pudo despedirse. Pudo estar ahí, en Rosario, rodeado de los suyos, honrando al hombre que lo trajo al mundo y lo acompañó hasta donde el cuerpo le dio. No todos tenemos esa suerte. Y sin embargo, hay formas de cerrar lo que quedó abierto. Hay modos de decir adiós aunque el otro ya no esté.
En consultorio lo veo todo el tiempo: personas que arrastran duelos sin hacer durante años, décadas. Personas que nunca le dijeron «gracias» a su viejo, o «te perdono», o simplemente «te quiero». Y ese nudo, ese peso invisible, se va colando en todas las áreas de la vida como agua entre las grietas.
No esperes a que sea demasiado tarde. Si podés, decilo hoy. Si ya es tarde, igual se puede sanar.
La muerte de Jorge Messi nos sacudió a todos un poco, aunque no lo conociéramos. Porque nos recuerda lo frágiles que somos. Lo efímero. Lo sagrado de tener a alguien que cree en vos.
Si estás atravesando un duelo, si perdiste a tu viejo, a tu vieja, a alguien que fue tu ancla… o si simplemente sentís que hay algo que no cierra, que pesa, que te frena: no estás solo. Ni sola. Ni tenés que resolverlo todo por tu cuenta.
Te invito a visitar mi consultorio online. La primera sesión es un espacio seguro, sin juicio, donde empezás a poner en palabras lo que duele.
Porque sanar no es olvidar. Es aprender a vivir con lo que fuiste, honrando a los que te trajeron hasta acá.