Desaparecer por 48 horas: el lado B del reto viral que asusta a las familias
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal · · Actualizado el 04/10/2026
Hay un reto viral que tiene en alerta a las familias argentinas: chicos y chicas que se van de sus casas sin avisar y sin dejar rastro, por 48 horas. Desaparecen del mapa, apagan el celular y después vuelven como si nada. La noticia habla de seguridad, de riesgo y de límites. Y está bien hablar de eso. Pero conviene mirar lo otro, lo que no se ve: por qué un pibe necesita desaparecer para sentirse existir.
Qué es el reto y por qué preocupa
El desafío circula entre adolescentes y preadolescentes en redes: ausentarse del hogar dos días sin avisar, sin dar señales, sin responder mensajes. Para el Gobierno es un problema de seguridad y de protección de menores. Para las familias, una angustia que no se mide. Y para los que lo hacen, en la mayoría de los casos, no es un acto de rebeldía calculada: es una manera torpe de decir algo que no encuentran cómo decir.
El lado B: desaparecer como forma de hablar
Cuando un chico se borra, el mensaje es siempre el mismo en el fondo: acá no me ven. La desaparición es la forma más literal de un fenómeno que veo en consultorio todo el tiempo: adolescentes que sienten que su vida es una agenda ajena, que transitan días parecidos, que cumplen con la escuela, con el deporte, con los horarios, y que por dentro sienten que no tienen un lugar donde puedan sencillamente ser.
Hay tres cosas que aparecen casi siempre detrás de estos retos:
- Búsqueda de identidad. El reto ofrece algo que la vida cotidiana no está dando: una prueba, un umbral, una experiencia intensa que los haga sentir protagonistas de su propia historia.
- Pertenencia. Hacerlo con otros deja de ser una fuga y se vuelve una tribu. En una edad donde lo peor es quedar afuera, el riesgo se vuelve el precio de pertenecer.
- Pedido de presencia. Ausentarse para que alguien note la ausencia. Es una pregunta desesperada: ¿alguien me busca si me voy?
Un adolescente que desaparece casi nunca quiere perderse. Quiere ser encontrado distinto.
Lo que hace el cuerpo cuando nadie mira
Durante la adolescencia el sistema nervioso está en obra. Hay más intensidad emocional, más sensibilidad al rechazo, más necesidad de reconocimiento y menos herramientas para regularse. Si en casa solo circulan el rendimiento y la corrección, la vida emocional busca otros canales: el scroll, la intensidad, el desafío, la fuga.
Y cuando esos canales se vuelven peligrosos, no alcanza con prohibir el reto. Prohibir una conducta sin escuchar lo que la sostiene la corre de lugar, no la apaga.
Cómo mirar esto en casa, sin gritar
Antes de que pase
- Presencia sin interrogatorio. Diez minutos por día sin preguntar por la escuela. Escuchar es más efectivo que vigilar.
- Nombrar lo emocional. Que en la casa se pueda decir «estoy triste», «me siento sola», «me da miedo». Si no hay palabras, hay conductas.
- Preguntar por las redes sin espía. No como control, sino como curiosidad: «¿qué se está diciendo de esto entre tus compañeros?».
- Límites claros y explicados. Los límites funcionan cuando sostienen cuidado, no cuando expresan miedo.
Si ya pasó
- Primero el abrazo, después el regaño. El cuerpo del pibe viene asustado, aunque lo disimule. Si lo primero que recibe es castigo, aprende a esconder mejor.
- Buscá el sentido, no la culpa. «¿Qué te estaba pasando esos dos días?» es una pregunta distinta de «¿por qué me hiciste esto?».
- Abrí el juego con el colegio si el reto circula entre compañeros. Los grupos sostienen estas prácticas.
- Date un lugar a vos también. El pánico de una madre o un padre no se tramita solo. Vos también necesitás acompañamiento.
Cuando el chico está pidiendo algo más profundo
Si hay aislamiento sostenido, irritabilidad, cambios fuertes en el sueño o en la alimentación, autolesiones, o menciones de no querer vivir, eso merece atención profesional ya. Y si sos la madre que está sosteniendo esto sola, con miedo y sin saber a quién recurrir, tu cansancio también es un tema terapéutico, no un detalle.
Acompañar un adolescente que se borra es una de las cosas más difíciles que existen: hay que sostener el límite y el vínculo al mismo tiempo. Se puede. Pero no hace falta hacerlo sin ayuda.
Artículos relacionados
- La epidemia silenciosa: por qué los adolescentes se apagan y nadie lo ve
- Apego evitativo: por qué te alejás de quien más querés (y cómo empezar a sanarlo)
- Cómo poner límites sin sentir culpa: guía para recuperar tu espacio
Si estás criando a alguien que no podés alcanzar, o si vos sos esa persona que necesita desaparecer, pedí tu consulta acá.