Cómo dejar de sobrepensar: cuando tu cabeza no para y no te deja vivir

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

Te acostás agotada y la cabeza arranca como si recién te hubieras despertado. Repasás la charla de la tarde, anticipás el lunes, recordás algo que dijiste hace diez años. Si eso te pasa seguido, no estás exagerando: cómo dejar de sobrepensar no es una cuestión de fuerza de voluntad, sino de entender por qué tu mente no se apaga.

Voy a decirte algo que casi nadie te dice: esa cabeza que no para no trabaja en tu contra. Trabaja para vos, a su manera torpe. Está intentando cuidarte de algo. Y mientras no sepas de qué, va a seguir dándole vueltas.

Qué es sobrepensar y en qué se diferencia de pensar

Pensar tiene un principio y un final: analizás algo, llegás a una conclusión y seguís con tu vida. Sobrepensar no. Sobrepensar es un círculo: entrás por el mismo punto y salís por el mismo, más cansada que antes. La diferencia no está en cuánto pensás, sino en si esos pensamientos te llevan a algún lado.

Por eso hay días en los que "pensaste" tres horas y no resolviste nada. No es que no sirvas para pensar: es que la mente estaba cumpliendo otra función.

El círculo que se disfraza de solución

Cuando algo nos desborda, la mente cree que si lo piensa lo suficiente va a encontrar la salida. El problema es que hay cosas que no se resuelven pensando, sino sintiendo. Y mientras pensás, no sentís. La rumiación es una forma muy eficaz de no quedarte a solas con el vacío.

No estás pensando de más: estás sintiendo de menos, y tu cabeza hace horas extra para taparlo.

Las señales de que estás sobrepensando

Si te reconocés en varias, no es un rasgo de tu personalidad que haya que corregir. Es una señal de que algo quedó sin procesar.

Qué hay detrás de la mente que no para

En general, debajo del sobrepensamiento hay una de estas tres cosas: miedo a que algo malo pase, culpa por algo que ya pasó, o la sensación de que si dejás de controlar, todo se desarma. Las tres son formas de la misma raíz: la dificultad de confiar. Confiar en que si soltás un rato, el mundo sigue andando. Confiar en que no tenés que tenerlo todo resuelto para estar bien.

El cuerpo también piensa

Fijate algo: cuando tu cabeza no para, tu cuerpo tampoco. Hombros tensos, mandíbula apretada, respiración corta. La mente acelerada vive en un cuerpo que cree que está en peligro. Por eso no alcanza con "dejá de pensar": hay que bajar primero el estado de alerta del cuerpo.

Cómo empezar a salir del círculo

No te voy a prometer que un día vas a dejar de pensar. Eso no existe. Lo que sí cambia es la relación con esos pensamientos.

1. Nombrá lo que aparece

En vez de pelear con el pensamiento, ponelo en palabras: "esto es miedo a quedarme sola", "esto es culpa". Nombrar ordena. Y lo que tiene nombre deja de manejarte en silencio.

2. Bajá al cuerpo antes de razonar

Respirá lento, caminá, tomá agua, poné los pies en el piso. Cuando el cuerpo entiende que no hay peligro, la mente baja el volumen.

3. Escribí y cerrá

Volcá en papel lo que te da vueltas y poné un punto final consciente: "esto lo retomo mañana a tal hora". Le das a tu mente una garantía para que suelte.

4. Distinguí lo que depende de vos

De todo lo que pensás, ¿qué podés hacer hoy? Si no depende de vos, no es un problema a resolver: es algo que hay que aprender a soltar.

Soltar sin traicionarte

Soltar el control no es desentenderte de tu vida. Es dejar de creer que estar en alerta todo el tiempo te protege. No te protege: te agota. Y una mujer agotada no puede cuidar de nadie, ni de sí misma. Cuando puedas habitar lo que sentís sin tanto ruido, vas a descubrir algo que hoy parece imposible: que hay un silencio adentro tuyo que no es vacío. Es descanso.

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