Balón de Oro 2026: el lado B de ganar (y de no ganar) el premio que todos miran
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·
Harry Kane ganó el Balón de Oro 2026 y en la misma noche Mbappé y Lamine Yamal quedaron mirando desde otro lugar. Los titulares hablan de mérito, de estadísticas y de historia. Pero hay un costado que no entra en la foto: lo que pasa en la cabeza del que gana, y lo que pasa en la cabeza del que se queda a un paso.
Ese es el lado B. El premio como medida del valor propio. La comparación como forma de habitar el mundo. Y la pregunta que casi nadie se hace en voz alta: ¿qué queda de mí cuando el reconocimiento no llega?
El premio como espejo prestado
Los premios tienen una función social clara: ordenan, jerarquizan, dan un relato. Pero en lo personal, funcionan como un espejo prestado. Durante un rato, el mundo te devuelve una imagen de vos que se siente sólida, indiscutible. El problema es que ese espejo no es tuyo, y por eso hay que renovarlo.
Cuando el reconocimiento externo se convierte en la única fuente de valor, aparece una trampa silenciosa: cada logro dura menos que el anterior. Ganás y a la semana ya estás pensando en el próximo. Es la misma lógica que muchas mujeres conocen bien, aunque no jueguen al fútbol: la sensación de que todavía no alcanza.
Qué le pasa al que gana
Se supone que ganar es la cima. Sin embargo, en consulta aparece algo que sorprende: el vacío después del logro. Llegar a eso que se esperaba durante años y sentir, en medio del festejo, una pregunta incómoda: ¿y ahora qué?
- Miedo a no poder repetirlo. El éxito instala una expectativa que uno mismo se encarga de convertir en exigencia.
- Sensación de impostura. «No es para tanto», «fue suerte», «el año que viene me dan vuelta».
- Aislamiento. Cuanto más alto el lugar, menos personas con las que hablar de verdad.
- Identidad pegada al resultado. Si el premio define quién sos, cualquier caída se vuelve una amenaza existencial.
Ganar te dice qué hiciste. No te dice quién sos. Confundir esas dos cosas es el origen de la mayoría de los derrumbes silenciosos.
Qué le pasa al que no gana
Del otro lado está el que quedó segundo, tercero o directamente afuera de la conversación. Y ahí aparece un dolor que no tiene espacio social: el duelo por el reconocimiento que no llegó. Nadie te hace un homenaje por eso, nadie te pregunta cómo estás. Se espera que lo tomes bien, que felicites, que sigas.
Ese duelo es real y merece nombre. Tiene tres capas:
- El duelo por el premio. Lo concreto: el trofeo que no fue.
- El duelo por la versión de vos que iba a ganar. Esa imagen que ya tenías armada y que de golpe se desarma.
- El duelo por el reconocimiento del otro. La fantasía de que, si ganabas, alguien finalmente iba a mirarte distinto.
La tercera capa es la más profunda y la menos hablada. Muchas veces no queremos el premio: queremos lo que creemos que el premio nos va a dar. Ser visto, ser valorado, dejar de dudar.
La comparación como deporte de riesgo
Mbappé y Lamine Yamal no compiten solo por un trofeo: compiten dentro de una narrativa que los mide todo el tiempo. Y eso no es exclusivo del fútbol. Es lo que le pasa a cualquier mujer que se compara con la que tiene mejor trabajo, mejor cuerpo, mejor pareja o mejor vida en las redes.
La comparación tiene un problema estructural: siempre se hace contra el recorte más brillante del otro. No comparás tu día completo con el día completo de nadie; comparás tu cocina a las once de la noche con la foto que el otro subió a las siete de la tarde, cuando todavía tenía luz y entusiasmo.
Qué hacer con esto, en la cancha o en tu vida
1. Separar el resultado del valor
Escribí dos listas: lo que lograste y quién fuiste mientras lo hacías. La segunda lista es la que sostiene. Si en la primera hay un premio y en la segunda hay trampa, deslealtad o soledad, el premio no alcanza.
2. Nombrar el duelo sin dramatizarlo ni minimizarlo
«Me dolió no ganar» es una frase válida. No necesitás ser más grande que eso. La madurez no es no sentir, es poder sentir sin destruirte ni destruir a otros.
3. Mirar a quién le estás rindiendo cuentas
Preguntate para quién es este logro. Si la respuesta es un padre que ya no está, una madre que nunca aprobó nada o una versión tuya de diecisiete años que necesitaba revancha, ahí hay algo para trabajar: se puede honrar esa historia sin seguir jugando un partido que ya terminó.
4. Volver al cuerpo y a lo simple
Después de un pico de exigencia, el cuerpo pide descanso y la mente pide más. Escuchar al cuerpo es una decisión política: es elegirte por encima de la lógica del rendimiento permanente.
El lado B del reconocimiento
Desde la mirada transpersonal, los premios son espejos del mundo, no del alma. Está bien querer ganar, está bien disfrutar el reconocimiento. El problema es cuando se convierte en la única prueba de que valés.
El que gana y el que no gana enfrentan, en el fondo, la misma tarea: aprender a sostenerse sin depender de que el aplauso llegue. Y eso no se consigue en la cancha. Se consigue adentro.
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