Anthony Kiedis a los 64: el lado B de una sobriedad que no borra nada

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

Anthony Kiedis cumple 64 años este 1 de noviembre y la noticia no es la edad: es la distancia. El hombre que durante décadas peleó con la heroína y la cocaína hoy sostiene una rutina de sobriedad, meditación, entrenamiento y surf. Los medios lo cuentan como una metamorfosis. Yo, que escucho historias parecidas todos los días en el consultorio, quiero leerlo por el otro lado: el lado B de una sobriedad que no borra nada.

Porque hay una parte de esa historia que no suele contarse. La que dice que la sustancia nunca fue el problema. Y que cuando se va, lo que quedaba abajo sigue ahí, esperando.

La sustancia no era el problema: era la solución

En su autobiografía Scar Tissue, Kiedis cuenta que su contacto con las drogas fue temprano, en el ambiente que compartía con su padre en Los Ángeles. Y esa frase que tantas veces escucho con otras palabras en boca de pacientes: no empecé para pasarla bien, empecé para no sentir.

La adicción, vista desde la psicología transpersonal, no es un defecto moral ni una simple enfermedad del cerebro. Es una estrategia de regulación emocional que funciona —y funciona muy bien, hasta que deja de funcionar—. La sustancia cumplía una tarea: anestesiar un dolor que no tenía otro cauce. Mientras uno mira la sustancia, mira el dedo y no la luna.

Por eso las recaídas de Kiedis no fueron fallas de carácter: fueron intentos de volver al único recurso que conocía cuando el dolor subía. Incluso esa recaída de 1994, después de una extracción de muelas del juicio, cuando una medicación le abrió la puerta que creía cerrada. El cuerpo recordó antes que la cabeza.

Lo que la muerte de Hillel Slovak dejó abierto

El 25 de junio de 1988 murió Hillel Slovak, guitarrista original de Red Hot Chili Peppers y amigo cercano de Kiedis, por una sobredosis de heroína. Pensemos por un segundo en lo que significa eso: perder a un amigo de la misma edad, por la misma sustancia que vos también consumís, justo cuando la banda empezaba.

Ese duelo no se hizo en ese momento. Se hizo mucho después, en fragmentos, con recaídas en el medio. Y ahí hay algo que quiero subrayar: no se puede sostener una sobriedad sin haber hecho duelo. Si el alcohol o la droga tapaban un dolor, sacarlas sin trabajar ese dolor es abrir un pozo y quedarse mirando el fondo.

La sobriedad no es la ausencia de la sustancia. Es la decisión de empezar a sentir lo que la sustancia tapaba.

El 24 de diciembre de 2000: la fecha que sí importa

Kiedis fijó el 24 de diciembre de 2000 como la fecha de su última recaída y el inicio de una sobriedad sostenida. Lo interesante no es la fecha en sí: es que haya necesitado nombrarla. Poner fecha es un acto de memoria, y la memoria es lo contrario de la anestesia.

Y lo que dice de ese proceso es la parte más valiosa de toda su historia: la recuperación no vino de una sola decisión heroica. Vino de una práctica diaria: tratamiento, reuniones, el vínculo con otros que estaban atravesando lo mismo. Nada de eso es glamoroso. Todo eso es lo que funciona.

Él mismo lo resumió con una frase que podría estar colgada en cualquier consultorio: «Creo en la magia que sucede cuando una persona en recuperación ayuda a otra persona en recuperación». No es poesía new age. Es una descripción bastante precisa de cómo se sostiene un cambio: cuando lo que te pasó deja de ser solo tuyo y se vuelve algo que podés poner al servicio de otro.

Meditación y surf: dos formas de volver al cuerpo

Kiedis habló varias veces de la importancia de concentrarse y mantenerse en el presente, tanto en su vida cotidiana como antes de salir al escenario. Y el surf —esa práctica de estar parado sobre una tabla esperando la ola— es, literalmente, un entrenamiento de presencia.

Desde la mirada transpersonal esto no es un detalle menor. La adicción vive en el futuro y en el pasado: en la anticipación del alivio y en la memoria del alivio anterior. La presencia es el único lugar donde la compulsión no tiene combustible. Por eso las prácticas corporales —respirar, meditar, moverse, mojarse— no son complementos decorativos: son la base del tratamiento.

Si no hay sustancia, hay otra anestesia

Acá está lo que más me importa de esta historia para quien me lee. La mayoría de nosotras no es adicta a la heroína. Pero muchísimas estamos anestesiando con otra cosa: con el trabajo sin fin, con las pantallas, con la comida, con la exigencia, con la hiperactividad, con la queja repetida, con el cuidado de todos para no mirarse.

El mecanismo es idéntico. Cambia el envase. Y la pregunta que ordena todo es la misma: ¿qué estoy evitando sentir cuando me refugio en esto?

Si la respuesta aparece y te asusta, es porque es la respuesta correcta. El duelo no hecho, la herida vieja, la etapa que no terminás de soltar, la identidad que ya no te queda y todavía no te animás a dejar.

Lo que la historia de Kiedis enseña de verdad

A los 64 años, Anthony Kiedis es la prueba de algo que en el consultorio veo cada semana: no existe una vida sin marcas. Existe una vida con marcas que se volvieron materia de trabajo, y otra con marcas que se volvieron condena. La diferencia nunca es el talento ni la suerte. Es la decisión de mirar.

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