Se fue Yayoi Kusama y el mundo la despide como a una leyenda del arte: los lunares, las calabazas, los espejos infinitos, las filas eternas para ver sus instalaciones. Todos celebran a la artista. Casi nadie se detiene en la mujer que estuvo a punto de desarmarse por dentro y que encontró en la pintura una manera de seguir entera. Ese es el lado B, y es el que quiero mirar con vos hoy.
Porque la obra de Kusama no es decoración: es un mapa de supervivencia. Y en ese mapa hay una lección terapéutica enorme para todos los que alguna vez sintieron que se caían en pedazos.
Kusama contó que desde chica sufría alucinaciones: veía flores que le hablaban, patrones que la envolvían, un campo de lunares que se expandía hasta tragársela todo. Esa experiencia, que hoy llamaríamos disociación o psicosis, la aterrorizaba. Y en vez de esconderla, hizo algo que pocos se animan: la miró de frente y le dio forma.
Empezó a dibujar esos puntos que la invadían. Y al ponerlos sobre el papel, sobre la tela, sobre el cuerpo de la gente, logró algo prodigioso: dominar lo que la dominaba. Lo que la perseguía se volvió obra. Lo que la disolvía, se volvió lenguaje.
Esa es la operación terapéutica más profunda que existe: convertir el síntoma en símbolo. No negar el dolor, no medicarlo hasta dormirlo, sino agarrarlo con las dos manos y darle un lugar donde existir sin destruirte.
En terapia transpersonal entendemos que crear no es un lujo: es una necesidad del espíritu. Cuando la psiquis se fragmenta, el acto creativo funciona como un hilo que vuelve a coser las partes. Kusama lo entendió antes que cualquier manual de psicología: se internó voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio y desde ahí, durante décadas, siguió creando todos los días.
No se curó de su enfermedad: aprendió a convivir con ella creando. Y esa distinción es clave. Porque a veces la sanación no es la desaparición del dolor, sino la capacidad de vivir con él sin que te apague.
Los espejos infinitos de Kusama son su legado más profundo. Cuando entrás a una de sus salas, te ves multiplicado hasta el infinito: un montón de «yo» reflejándose para siempre. Para algunos es un juego visual. Para mí es una meditación sobre la identidad.
¿Quién sos cuando sos muchos? ¿Qué queda de vos cuando el ego se disuelve en el todo? Kusama no tuvo miedo de esa disolución: la convirtió en experiencia estética. Y ahí nos muestra el camino: perderse en algo más grande que uno mismo no siempre es locura; a veces es lo más sano que existe.
Kusama no pintaba para ser famosa. Pintaba para no desaparecer. Y en ese gesto nos dejó la receta más antigua de la humanidad: crear para sostenerte.
No hace falta ser artista para usar esta herramienta. Escribir, bailar, cocinar, tocar un instrumento, tejer, cuidar un jardín: cualquier acto creativo te ancla cuando todo se mueve. Lo que te pasa por la cabeza deja de ser un enemigo cuando le das un lugar en el mundo.
Cuando la cabeza da vueltas, las manos necesitan hacer algo concreto. Ahí está el secreto: la creación no pide que entiendas todo, pide que empieces. Un cuaderno, una masa, una semilla. Cualquier cosa que transforme el ruido interno en algo que se pueda ver, tocar, soltar.
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