En el este del Congo, la epidemia de ébola acaba de marcar una de sus semanas más letales: más de 300 muertes en siete días. Los noticieros lo despachan en segundos, entre un partido y el pronóstico del tiempo. Demasiado lejos, demasiado ajeno, demasiado incómodo. Y justamente por eso, vale la pena mirarlo.
Porque cada una de esas muertes, lejana y anónima, nos está hablando de algo que nos negamos a mirar: la nuestra.
Siempre nos sorprende lo rápido que olvidamos una tragedia que no nos toca. Pero no es falta de memoria: es una defensa. La mente aleja lo que no puede procesar, y la muerte es la madre de todas esas cosas que no queremos procesar.
Entonces la convertimos en cifra. Trescientos muertos es un número, no trescientas historias. Un número se mira, se anota, se deja pasar. Una historia duele. Por eso la distancia geográfica se convierte en distancia emocional: si está lejos, no me pasa. Si es un número, no me pasa. Si no me pasa, estoy a salvo.
No estás a salvo. Estás distraído. Que no es lo mismo.
Detrás del miedo a la epidemia hay un miedo más viejo y más íntimo: el miedo al cuerpo. Ese cuerpo que un día deja de responder, que se descompone, que nos traiciona. La enfermedad nos lo recuerda sin anestesia: no somos dueños de esta casa.
Y la cultura moderna hizo todo lo posible por olvidarlo. La muerte se esconde en hospitales, se maquilla en velatorios, se evita en las conversaciones. Mientras el ébola se llevaba vidas en África, acá seguíamos planeando el futuro como si fuéramos eternos.
La epidemia, vista de frente, es un maestro brutal: te muestra que la vida es frágil, que el tiempo no es infinito y que nadie tiene garantías. Eso no es una mala noticia. Es una verdad que puede devolverte la vida.
La mirada transpersonal llama a esto el velo del ego: la ilusión de que somos entidades separadas, blindadas, eternas. La muerte desgarra ese velo. Nos recuerda que somos de la misma materia, que venimos del mismo lugar y que volvemos a él.
Por eso el duelo ajeno, cuando se lo deja entrar, nos toca tan hondo. Porque no lloramos solo por el otro: lloramos por nosotros, por la certeza silenciosa de que un día va a ser nuestro turno.
Esto no es una invitación al miedo. Es exactamente lo contrario. El miedo a la muerte paraliza; la conciencia de la muerte despierta.
El que vive sabiendo que se va a morir no vive menos: vive más despierto. Elige mejor. Ama más. Pelea menos por pavadas. No deja para mañana el abrazo, el perdón, el «te quiero». Porque entendió, de una buena vez, que el mañana no es un cheque firmado.
No hace falta una epidemia para recordar que estás vivo. Hace falta coraje para mirarlo de frente.
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