La escalada sigue: Estados Unidos amenaza con aranceles del 50% a autos, camiones y acero canadienses a partir de enero, y Canadá ya prepara represalias comerciales. Los titulares hablan de guerra, de represalias, de mercados en alerta. Pero hay una palabra que se repite en el fondo de todo este ruido y que casi nadie pronuncia: miedo.
No miedo a perder una negociación. Miedo a no alcanzar. Miedo a la escasez. Y ese miedo es el motor invisible de casi todos los conflictos que vemos en la tapa de los diarios.
El proteccionismo se presenta como estrategia económica, pero en el fondo es una respuesta emocional. Parte de una premisa que rara vez se dice en voz alta: «no hay para todos, así que hay que agarrar antes de que se acabe».
Esa premisa no se estudia en economía, se aprende en la infancia. En casas donde la plata no alcanzaba, en familias donde se competía por el amor, en sociedades que te enseñan que el que no corre, pierde. El miedo a la escasez se transmite como una herencia invisible, y después se disfraza de política, de arancel, de frontera.
Cuando el miedo manda, la primera reacción es cerrarse. Levantar muros, subir aranceles, proteger «lo nuestro». Es la estrategia del ego asustado: si me aíslo, no me van a sacar nada.
Pero el aislamiento no trae seguridad, trae más miedo. Porque encerrado, el mundo se ve más amenazante, no menos. Y el otro deja de ser un socio y se convierte en un competidor, en un enemigo, en una amenaza.
Es el círculo vicioso de la escasez: el miedo me aísla, el aislamiento me empobrece, la pobreza me da más miedo. Y así.
La mirada transpersonal va un poco más lejos: la sensación de separación —yo contra el mundo— es la raíz del miedo. Mientras me sienta separado, voy a sentir que hay que defender lo mío. Porque lo mío es lo único que tengo.
El día que siento que formo parte de un todo, el miedo cambia de forma. Ya no hay «afuera» que me robe y «adentro» que proteger. Hay un tejido, una red, una vida que fluye. Y en esa vida, dar no es perder: es participar.
No estoy proponiendo ingenuidad económica. Estoy proponiendo otra mirada sobre el origen del conflicto. Porque un arancel se discute en una mesa, pero se gesta en una emoción. Y esa emoción es la que casi nunca se atiende.
Cuando un país —o una persona— actúa desde el miedo a no alcanzar, toma decisiones chicas, defensivas, de corto plazo. Cuando actúa desde la confianza, se abre, negocia, crea. El resultado no es solamente mejor negocio: es mejor vida.
El miedo a la escasez no se calma acumulando. Se calma confiando en que ya sos parte de algo más grande que tu miedo.
Si el miedo a que no te alcance te está empujando a cerrarte, a acaparar o a desconfiar de todos, te espero en el consultorio: https://www.terapiasmarcela.com/consultorio