El lado B de la disputa por Magallanes: la frontera como espejo del ego

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El lado B de la disputa por Magallanes: la frontera como espejo del ego

El lado B de la disputa por Magallanes: la frontera como espejo del ego

Esta semana, Chile evalúa enviar una nota de protesta a la Argentina por las declaraciones del jefe de la Fuerza Aérea, que se refirió al estrecho de Magallanes como un lugar donde la presencia argentina «debe mantenerse». Del otro lado de la cordillera, los legisladores se encendieron: la soberanía, dicen, es indiscutiblemente chilena.

Los medios lo cubren como un capítulo más de la vieja tensión bilateral. Yo lo miro distinto. Porque una frontera no es solamente una línea en un mapa: es un espejo. Y lo que se refleja ahí no es geografía. Es ego.

El mapa como extensión del yo

Desde chicos nos enseñan que el territorio es identidad. «Mi país», «mi tierra», «mi bandera». Pronombres posesivos pegados a pedazos de suelo que ninguno de nosotros eligió, que ninguno de nosotros compró, y que sin embargo sentimos propios con una intensidad que no se discute.

Esa sensación de «mío» es tan fuerte que cuando alguien la roza, el cuerpo reacciona como si hubieran tocado algo íntimo. Porque, en algún nivel, lo hicieron. La frontera es la piel del ego colectivo. Y el que la toca, despierta a la bestia.

Defender el territorio, defender el yo

En terapia transpersonal trabajamos con la idea de que el ego se construye con límites: yo y lo otro, adentro y afuera, mío y tuyo. Sin esos límites, el ego se desmorona. Por eso los defiende con uñas y dientes.

El problema es que el ego no distingue entre un límite real y uno imaginario. Para él, perder un centímetro de mapa es perder un centímetro de ser. Entonces la disputa por un estrecho frío y lejano, que casi ninguno de los que se pelean va a pisar jamás, se vive como una amenaza a la identidad entera.

No se pelea por el territorio. Se pelea por no dejar de ser.

Lo que la frontera separa y lo que no puede separar

  • La frontera separa países. No separa personas.
  • La frontera separa jurisdicciones. No separa historias.
  • La frontera separa mapas. No separa almas.

Del lado argentino y del lado chileno hay la misma cosa: seres humanos con los mismos miedos, los mismos amores, la misma necesidad de pertenecer. La línea que los divide es una convención, un acuerdo, una construcción. Y como toda construcción, se puede mirar con distancia.

La mirada transpersonal propone justamente eso: un paso atrás. Ver que el «yo» que defiende la frontera es una identificación más, no una verdad. Y que más allá de las identificaciones hay algo que no tiene frontera: la conciencia que mira.

El orgullo que duele

Detrás de toda disputa territorial hay orgullo. Y el orgullo, cuando se lo mira de cerca, casi siempre es miedo disfrazado. Miedo a no ser suficiente, miedo a perder, miedo a que nos pasen por encima. Miedo a desaparecer.

Un país que se siente seguro no necesita gritar su soberanía. La sostiene, la ejerce, la habita. El que grita es el que duda. Y eso vale para los países y para las personas: cuanto más ruido hacés por defender lo tuyo, más inseguro estás de que sea realmente tuyo.

Bajar la guardia sin bajar la dignidad

  • Preguntate qué «territorios» defendés con fiereza: tu rol, tu opinión, tu lugar en la fila, tu razón.
  • Fijate qué pasa en el cuerpo cuando alguien los roza. ¿Se tensa? ¿Se enoja? Ahí hay información.
  • Distinguí el límite sano (lo que te protege) del muro rígido (lo que te aísla).
  • Probá, un solo día, no defender una posición. Solo escuchar. Y mirá qué se mueve adentro.

La frontera más difícil de cruzar no está en el mapa. Está entre lo que creés que sos y lo que realmente sos.

Si sentís que defendés con demasiada fiereza lo que creés tuyo, o que el orgullo te está quitando paz, te espero en el consultorio: https://www.terapiasmarcela.com/consultorio