Los noticieros cuentan muertos: 273. Cuentan heridos, derrumbes, la ayuda que llega o no llega. Pero hay una sacudida que no mide la escala de Richter y que, sin embargo, está atravesando a millones de personas. Esa es la que hoy quiero mirar con vos. La que nadie está mirando.
El lado B del terremoto en Colombia no es el debate político sobre la ayuda internacional. Es un duelo. Un duelo colectivo, gigante, que se siente en el cuerpo incluso de quienes están a miles de kilómetros, con un nudo en la garganta y el celular en la mano.
Cuando ocurre una tragedia de esta magnitud, algo se rompe en el campo invisible que nos conecta. No es metáfora: los seres humanos resonamos. El que mira las imágenes siente un estremecimiento que no eligió. La que comparte la noticia se queda unos segundos en silencio antes de seguir scrolleando. Y eso que sentimos —ese vacío, ese frío, esa impotencia— es real. Se llama duelo vicario, y muy pocas personas saben que lo están transitando.
No hace falta haber perdido a nadie para estar de duelo. El duelo también es perder la ilusión de un mundo estable. La certeza de que mañana va a estar todo más o menos igual. Y cuando la tierra —literalmente— se mueve, esa certeza se desmorona de golpe.
Tu sistema nervioso no distingue entre «me pasó a mí» y «le pasó a otro». Distingue entre amenaza y seguridad. Y ante las imágenes de escombros y rescates, el cuerpo lee amenaza. Por eso te late más fuerte el corazón. Por eso te cuesta dormir. Por eso sentís un cansancio raro aunque no hayas hecho nada.
«No estoy llorando por alguien que conocí. Estoy llorando porque siento.»
¿Cuántas veces te pasó de conmoverte por una noticia y sentir que no tenías derecho a estar mal? «A mí no me pasó nada», te decís. «Hay gente que la está pasando mucho peor». Y con esa frase te cerrás la puerta a un dolor legítimo.
Esa es la trampa. Porque el dolor no es una competencia. La tristeza que sentís frente al sufrimiento ajeno no te hace débil: te hace humano. Es la prueba de que tu corazón no está anestesiado, de que el tejido que te une a los demás sigue vivo.
Desde la mirada transpersonal, las tragedias colectivas son también una invitación. Dolorosa, sí. Injusta, también. Pero una invitación al fin. Nos recuerdan que no somos islas. Que la frontera entre «tu sufrimiento» y «el mío» es más porosa de lo que creemos.
Cuando una comunidad entera llora, se abre un espacio sagrado. Algo que trasciende lo individual. El yo se disuelve un poco y aparece el nosotros. Y en ese nosotros hay una medicina que ninguna pastilla puede darte.
Hay algo sagrado en el duelo compartido. Las culturas antiguas lo sabían: se lloraba en comunidad, se velaba en círculo, se sostenían los cuerpos. Hoy lloramos solos, frente a una pantalla, con vergüenza. Y esa soledad duplica el dolor.
El terremoto de Colombia nos muestra algo más que escombros: nos muestra cuánto nos necesitamos. Cuánto nos duelen los que ni siquiera conocemos. Y cuánto bien nos haría volver a habitar ese espacio de ternura colectiva que la prisa nos robó.
Si hoy sentís un peso en el pecho que no sabés explicar, quizás no es «lo que comiste». Quizás es que tu alma está sintonizando con un dolor que es de todos. Y eso, lejos de ser un problema, es una de las cosas más lindas que te pueden pasar.
El duelo, el miedo y la angustia no se curan con un «quedate tranquilo». Se transitan con compañía. Si querés un espacio seguro para procesar lo que sentís, te espero.