El Delta del Paraná hace ambas cosas. La noticia nos trae el fuego de cada temporada, pero si miramos solo el humo, no escuchamos lo que la tierra está diciendo.
Porque el Delta no se está quemando por casualidad. La tierra, cuando algo anda mal, se queja: a veces con incendios, a veces con inundaciones, a veces con un silencio que pesa. Y este humedal — que por siglos fue madre de ríos, cuna de vida, abrigo de comunidades que aprendieron a convivir con el agua — hoy está diciendo algo que no queremos escuchar.
El Delta es un territorio hecho para dar vida: agua que cría, humedal que alimenta, semilla que brota. Y cada año se le impide empezar de nuevo. Es un lugar al que no se le deja tener primavera: se le quema el inicio, se le niega el proyecto de ser lo que está destinado a ser.
Todo territorio tiene quien lo nutre, quien lo cuida, quien asume la responsabilidad de que siga vivo. Pero acá hay una ausencia que duele: una mano que no se tiende, una gestión que abandona, un poder que mira el fuego y no responde. Cuando el que tiene que sostener no sostiene, el territorio queda huérfano de cuidado — y el desorden se instala.
El Delta carga con ciclos que llegan a su final: modos de vida isleños que se apagan, saberes ancestrales de convivir con el río que se pierden, comunidades que son empujadas a irse. Todo lo que termina merece un final respetuoso, un soltar con gratitud, una cosecha de lo aprendido. Lo que estamos viendo no es eso: es una expulsión violenta, un ocaso forzado, donde a los que habitan y cuidan ese lugar se los saca sin honor.
Este no es un territorio sin historia. El Delta guarda en su tierra la huella de los pueblos que lo habitaron, de las comunidades que tejieron su vida con el río — y también la huella de los que fueron despojados, desplazados, sacados de sus lugares por la especulación. Lo que arde hoy no nació de la nada: repite una herida vieja de despojo. Los que fueron empujados una vez y los que hoy empujan, vuelven a encontrarse en cada temporada de incendio. La tierra se acuerda. Y el fuego es su manera de decirnos que esa cuenta sigue abierta.
Después de más de 20 años de atención en consultorio, aprendí una cosa: cuando una persona repite una y otra vez la misma herida, sabemos que hay algo que no está mirado, algo que pide ser reconocido para poder sanar. Los territorios son iguales. El Delta no necesita solo agua para apagar el fuego: necesita que le devuelvan su lugar, que le devuelvan quienes lo sostienen, que le devuelvan el honor de terminar lo que termina, y que reconozcan de una vez a los que fueron arrancados de su tierra.
Porque cuando nos detenemos a mirar un territorio así, en llamas y en silencio a la vez, hay algo que no podemos eludir: ¿qué me está mostrando esto de mí?
No como noticia ni como paisaje ajeno. Como espejo.
Porque todos llevamos un delta dentro. Un lugar de nosotros que fue hecho para dar vida y al que no lo dejamos empezar; una parte que necesita ser sostenida y está huérfana de cuidado; un ciclo que pide cerrarse con dignidad y que empujamos de manera violenta; y una memoria vieja — de despojos, de cosas que nos arrancaron o que arrancamos — que sigue repitiéndose en cada «temporada de incendio» de nuestra propia vida.
Cuando una misma herida vuelve una y otra vez, no es casualidad. Es la tierra interna pidiendo que la miremos.
¿Qué se está quemando en vos que ya sabés que se quema hace tiempo?
¿Qué parte tuya no está siendo sostenida por nadie — ni siquiera por vos?
¿Qué ciclo necesitás cerrar con honor, en lugar de expulsarlo a la fuerza?
¿Y qué memoria vieja sigue esperando que la reconozcas para poder sanar?
Porque el Delta, como vos, no se sana con lo que se le pone encima.
Se sana con lo que se le devuelve.