Más de 260 muertos por el terremoto en Colombia. La cifra conmociona, los noticieros muestran escombros, y en pocos días el mundo seguirá de largo. Pero hay algo que queda latiendo bajo los escombros invisibles: el trauma colectivo de un pueblo entero. Ese es el lado B de toda tragedia.
Hablamos de rescates, de ayuda humanitaria, de reconstrucción. Todo necesario, todo urgente. Pero casi nadie habla de lo que un terremoto le hace al alma de una comunidad. Y ahí, justo ahí, es donde empieza la sanación de verdad.
El trauma colectivo es la herida que comparte un grupo cuando atraviesa un evento que desborda su capacidad de procesar. No es solo lo que pasó: es la sensación de que el piso —literal y simbólicamente— dejó de ser confiable. La tierra, ese lugar que dábamos por sentado, se movió. Y con ella se movieron nuestras certezas.
Cuando la tierra tiembla, tiembla también la confianza básica en el mundo. Esa confianza que nos permite dormir tranquilos, planificar, proyectar. Reconstruirla es una tarea tan importante como levantar las casas, aunque nadie la ponga en el presupuesto de la emergencia.
Una comunidad que pierde a sus muertos necesita ritos, necesita nombrar, necesita llorar junta. El duelo colectivo no es la suma de duelos individuales: es un proceso propio, con sus tiempos y sus códigos. Y cuando se lo respeta, algo poderoso emerge.
La resiliencia no es «salir fortalecido» como si el dolor no hubiera existido. Es la capacidad de volver a pararse, con cicatrices, sin negar lo que pasó. Los pueblos que atraviesan tragedias y logran elaborarlas suelen descubrir un tejido comunitario que no sabían que tenían.
El trauma compartido puede separarnos o puede unirnos. La diferencia está en si lo hablamos o lo callamos.
Aunque el terremoto sea en otro país, la experiencia nos toca. Porque la fragilidad no conoce fronteras. Y porque reconocer la fragilidad propia es la puerta de entrada a la empatía. Te dejo algunas reflexiones:
El trauma no vive solo en la mente: se aloja en el cuerpo. Quienes sobrevivieron a un terremoto suelen describir que «el piso se mueve» con cada ruido fuerte, que el corazón se acelera sin aviso, que el sueño se corta. Es el sistema nervioso en alerta, intentando proteger. Por eso la sanación necesita también del cuerpo: la respiración, el abrazo, el ritmo, el movimiento. No alcanza con hablar: hay que devolverle al cuerpo la certeza de que está a salvo.
La próxima vez que veas una catástrofe en las noticias, no pases rápido. Detenete un segundo en las personas, en lo que sienten, en lo que van a necesitar no solo materialmente sino también emocionalmente. Ahí empieza la mirada terapéutica que el mundo necesita.
Y si vos estás atravesando tu propio temblor interno —una pérdida, un quiebre, una certeza que se derrumbó— sepas que eso también se puede elaborar. No tenés que sostenerlo en soledad.
La tierra va a dejar de temblar, pero lo que se movió adentro de cada uno necesita tiempo, palabras y compañía. Si estás en ese proceso, te acompaño. Agendá tu consulta acá.