Siete de cada diez jóvenes entre 16 y 24 años desaprueban al presidente. Las encuestas de agosto de 2026 muestran una caída estrepitosa en el apoyo juvenil a Javier Milei, y ya salieron los analistas políticos a explicarlo con gráficos, powerpoints y teorías sobre el ajuste. Pero hay una verdad más profunda que nadie está diciendo, y es esta: los jóvenes no están desencantados con la política. Están desencantados con la vida.
Desde el consultorio, hace más de quince años que veo la misma película con distintos actores. Llegan chicos y chicas de veintipico con una angustia que no saben nombrar. No es «estrés por los finales». No es «miedo al futuro laboral». Es algo más hondo, más existencial: una sensación difusa de que nada tiene sentido, de que todo ya fue probado y falló, de que el mundo adulto les entregó una casa en llamas y ahora les pide que paguen la hipoteca.
Entendamos algo de una vez: ningún líder político —por más carismático, disruptivo o antisisterna que se presente— va a llenar el agujero existencial que sentís a los veinte años. Porque ese agujero no es económico. Es espiritual. Es generacional. Es la consecuencia de crecer en una cultura que te prometió libertad y te dio ansiedad, que te dijo «se vos mismo» mientras te mostraba un catálogo infinito de vidas ajenas en Instagram.
Los jóvenes de hoy están agotados antes de empezar. Tienen burnout existencial. Y cuando un político les falla —porque inevitablemente les va a fallar—, no es solo que «perdieron la esperanza en el gobierno». Es que perdieron una enésima confirmación de que no hay dónde apoyarse.
Eso es lo grave. Eso es lo que no sale en los diarios.
Hay un patrón que repito hasta el cansancio en terapia: cada vez que depositás tu bienestar en algo externo —un sueldo, una pareja, un resultado electoral—, te estás regalando al fracaso. Porque lo externo no lo controlás. Lo externo va y viene, fluctúa, te cierra la puerta en la cara.
La desilusión de los jóvenes con Milei no es distinta a la desilusión que tuvieron antes con Macri, con Alberto, con Cristina. Cambia el nombre del líder, pero la estructura interna se repite: «alguien que me salve». Y mientras sigamos buscando salvadores afuera, vamos a seguir encontrando espejismos.
«La madurez espiritual empieza cuando dejás de esperar que el mundo te arregle la vida y empezás a construir tu propio centro.»
Primero: sentí la decepción. No la anestesies con TikTok, con alcohol, con cinismo. Sentila. Atravesala. La tristeza política es tan válida como cualquier otra, y necesita su espacio para procesarse. Lo que resistís, persiste. Lo que sentís, se transforma.
Segundo: diferenciá el problema real del problema simbólico. Una cosa es que el ajuste te complique el día a día —eso es concreto, se toca, se sufre—. Otra cosa es la sensación de vacío, de sinsentido, de «nada vale la pena». Esa segunda capa no la resuelve ningún ministro de Economía. Esa se trabaja en terapia. Se trabaja con propósito, con vocación, con la pregunta incómoda de «¿quién soy yo más allá de lo que el contexto me permite ser?».
Tercero: construí comunidad. Los jóvenes se están desilusionando solos, cada uno en su pieza, mirando la misma pantalla en burbujas separadas. Y ahí está la trampa. La política puede fallar, los líderes pueden fallar, pero los vínculos profundos que tejés con otros —si son genuinos— no fallan. Juntate. Hablá en serio. Llorá con amigos. Militá una causa que te trascienda, aunque no tenga las siglas de un partido.
Hay una rebeldía que no va a los actos, que no rompe vidrieras, que no se mide en likes ni en encuestas. Es la rebeldía de construirte por dentro cuando todo afuera se desmorona. Es la decisión de no esperar a que «las condiciones estén dadas» para estar bien. Es el acto radical de amarte, de cuidarte, de buscar ayuda cuando el ruido exterior se vuelve ensordecedor.
Los jóvenes no necesitan un líder perfecto. Necesitan —necesitás— una brújula interna. Y esa brújula no se compra en góndola ni se vota en las urnas. Se construye en sesión, en introspección, en conversaciones incómodas pero honestas con uno mismo.
Si sos joven y andás con ese vacío que no sabés explicar, no estás roto. Estás despertando. Y a veces, despertar duele. Pero es el único camino hacia un lugar donde ningún político —ni su aprobación ni su fracaso— tenga poder sobre tu paz interior.
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