Prendés el aire y pensás «esto no es normal». Mirás el noticiero y ves Europa ardiendo, El Niño amenazando cosechas, sequías que se estiran como chicles en un mapa que ya no reconocemos. Apagás la tele. Pero el calor no se apaga. Ni el de afuera, ni el de adentro.
No es hipocondría. No es exageración. Lo que sentís tiene nombre: eco-ansiedad. Y aunque no esté en el prospecto de ningún remedio, está en el cuerpo de millones. También en el tuyo.
Hay una idea muy arraigada de que el clima es algo que «pasa afuera». Que el calor es del termómetro, que la sequía es de los campos, que el deshielo es de los polos. Pero la terapia transpersonal te invita a otra lectura: no hay afuera.
Vos sos agua, sos tierra, sos aire, sos fuego. Tu cuerpo responde a las mismas leyes que el planeta. Cuando el mundo se recalienta, algo en vos también. Cuando los ecosistemas colapsan, tu sistema nervioso lo registra aunque no tengas palabras para nombrarlo.
Los pueblos originarios lo saben desde siempre: somos tierra que camina. La ciencia recién ahora empieza a ponerle nombre a lo que el cuerpo siempre supo.
La FAO lanzó una alerta. Se viene El Niño con toda su furia: sequías donde debería llover, inundaciones donde debería estar seco, calor donde ya sobraba calor. Pero hay otro Niño que los meteorólogos no miden: el que nos desregula por dentro.
En el consultorio lo veo cada vez más seguido. Pacientes que llegan con ansiedad sin causa aparente, con alteraciones del sueño, con una inquietud difusa que no encaja en ningún diagnóstico tradicional. Cuando empezamos a desovillar, aparece siempre lo mismo: una preocupación de fondo por el planeta. Un miedo que no sabe a qué agarrarse porque no tiene forma, no tiene nombre, no tiene fecha de vencimiento.
El miedo que no se nombra se convierte en síntoma. Y el síntoma que no se escucha se convierte en enfermedad.
La respuesta fácil es «no pienses en eso», «ya se va a arreglar», «total qué vas a hacer vos». Pero la negación no apaga el fuego. Ni el del planeta, ni el tuyo.
La respuesta del lado B es otra: sentilo. Dejate atravesar por el dolor del mundo sin que te destruya. Porque lo que no se siente, se actúa. Y lo que no se llora, se enferma.
La eco-ansiedad no es un trastorno: es una respuesta sana a un mundo enfermo. El problema no es que sientas miedo por el planeta. El problema sería que no sintieras nada.
La semana pasada, una paciente me dijo: «Sandra, yo no sé si estoy triste por mí o por el planeta». Y esa frase me quedó resonando. Porque ahí está la clave de todo.
Ya no podemos separarnos. Lo que le pasa al mundo nos pasa. Lo que sentimos por el mundo también es nuestro. Y ahí, en esa frontera borrosa entre lo personal y lo planetario, está naciendo una nueva forma de estar vivos.
No se trata de vivir con miedo. Se trata de vivir despiertos. De sentir el calor y entenderlo. De mirar la tierra y reconocernos.
Porque cuando el planeta hierve, nuestra alma también pide agua.
Si la eco-ansiedad te está pesando más de lo que podés cargar sola, te invito a mi consultorio online. A veces, la mejor forma de salvar el mundo es empezar por salvarte a vos.