Milei y la confianza en caída libre: el duelo del salvador que no fue

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Milei y la confianza en caída libre: el duelo del salvador que no fue

Milei y la confianza en caída libre: el duelo del «salvador» que no fue

Los números cantan. El Índice de Confianza en el Gobierno que mide la Universidad Torcuato Di Tella marcó en julio una caída del 6,5% respecto de junio, igualando los mínimos de septiembre de 2025. Es el punto más bajo de toda la presidencia de Javier Milei.

No importa si lo votaste o no. No importa si creés en la motosierra o la sufrís. Lo que quiero mirar hoy es otra cosa: ¿qué nos pasa por dentro cuando el líder que elegimos —o el que otros eligieron— deja de cumplir nuestra expectativa?

Porque la respuesta no está en la política. Está en la psicología profunda.

El mesianismo político: un fenómeno del alma, no del padrón electoral

A ver, seamos honestos. El «salvador político» no es un invento argentino, ni siquiera contemporáneo. Es un arquetipo tan viejo como la humanidad. El líder que viene a arreglar todo, el que «dice lo que nadie se anima a decir», el que promete refundar el orden desde cero.

Lo que sí es bien argentino es la intensidad emocional que le ponemos. Acá no se vota un programa de gobierno: se deposita la angustia, la esperanza, la bronca acumulada, los sueños postergados. Se vota con la panza, con el corazón y con las heridas abiertas.

Y Milei supo leer ese malestar mejor que nadie. Canalizó la furia. Se presentó como el que venía a romper la casta. El outsider que no debía nada a nadie. ¿El resultado? Una identificación masiva con una figura que, psicológicamente, ocupó el lugar del redentor.

Pero acá viene el problema: ningún ser humano puede cargar con las proyecciones psíquicas de 46 millones de personas sin que algo se quiebre.

La proyección: cuando depositás afuera lo que no podés resolver adentro

La proyección es un mecanismo tan cotidiano como peligroso. Consiste en atribuirle a otro —una persona, un grupo, un líder— emociones, deseos o necesidades que en realidad son tuyas pero que no estás pudiendo procesar.

En política funciona así: deposito en este candidato mi necesidad de seguridad, de orden, de reconocimiento, de justicia. Si él gana, yo gano. Si él puede, yo puedo. Si él triunfa, mi vida va a cambiar.

Y cuando eso no pasa —porque nunca pasa, porque un presidente no puede reemplazar tu propio proceso personal—, aparece la desilusión. La bronca. La sensación de traición.

Pero lo que estás viviendo no es una traición externa: es la caída de una ilusión interna. Y esa sí que duele.

Las cinco etapas del duelo político

Cuando fallece una esperanza —porque de eso se trata—, atravesamos un duelo. Y ese duelo tiene etapas. Las mismas que describió Elisabeth Kübler-Ross para el duelo personal, pero aplicadas a lo colectivo:

  • Negación: «Esto es momentáneo, ya va a repuntar, los números no reflejan la realidad.»
  • Bronca: «Me mintió, la casta lo absorbió, nos vendió.»
  • Negociación: «Bueno, pero mirá lo que hizo en tal área, no todo está mal, hay que darle tiempo.»
  • Tristeza: El momento más honesto. Cuando cae la ficha de que el salvador no nos va a salvar. Y lloramos la esperanza perdida.
  • Aceptación: Cuando entendemos que ningún líder externo puede hacer el trabajo que nos toca hacer a nosotros mismos.

En Argentina estamos transitando estas etapas a toda velocidad. Después de la negación, la bronca. Después de la bronca —quizás— la tristeza. Y después, con suerte, la aceptación. Pero para eso hace falta un paso que como sociedad todavía no aprendimos a dar.

Dejar de buscar afuera lo que solo crece adentro

La mirada transpersonal tiene una enseñanza central: la autoridad máxima de tu vida sos vos. Ningún presidente, ningún gurú, ningún terapeuta, ningún libro, ninguna ideología puede hacer el trabajo que solo vos podés hacer con tu propia conciencia.

Milei podrá hacer un buen gobierno o un mal gobierno. La economía podrá mejorar o empeorar. Pero tu paz interior, tu sentido de propósito, tu capacidad de amar, de crear, de atravesar el dolor sin quedarte atrapado en él… eso no depende de quién se siente en el sillón de Rivadavia.

Depende de cuánto estés dispuesto a mirar para adentro.

La confianza más importante no es la que mide la Torcuato Di Tella. Es la que tenés —o no tenés— en vos mismo.

Si estás atravesando un duelo —político, personal o existencial— y sentís que necesitás un espacio para procesarlo sin miedo, sin juicio y sin promesas vacías, el consultorio te espera.

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