Trece noches consecutivas de bombardeos. El petróleo por encima de los cien dólares. Drones alcanzando centros de datos en Medio Oriente. Mientras vos leés esto, hay personas que están viviendo bajo alerta de ataque. Y sin embargo, acá, del otro lado del mundo, la vida sigue: el mate, el trabajo, los grupos de WhatsApp, las facturas que pagar. ¿Cómo se procesa una guerra que no nos toca directamente pero que nos atraviesa de formas que ni siquiera registramos?
Este es el lado B de la cobertura periodística del conflicto entre Estados Unidos e Irán. Porque de esto no se habla en los noticieros: se habla de misiles, de alianzas geopolíticas, de precios del crudo. Pero nadie —nadie— te explica lo que te pasa por dentro cuando el mundo se vuelve un lugar cada vez más impredecible.
Existe un fenómeno que en el consultorio veo cada vez más seguido: pacientes que llegan con una inquietud difusa, un malestar que no saben ubicar. «No sé qué me pasa, Marcela, pero ando con una angustia de fondo todo el día». Cuando empezamos a rastrear, muchas veces aparece esto: la exposición constante a noticias de catástrofe sin ningún marco de contención emocional.
No es casual. Vivimos en una época donde la información viaja más rápido que nuestra capacidad de digerirla. Nos enteramos en tiempo real de cada escalada bélica, de cada amenaza nuclear velada, de cada respuesta diplomática fallida. El sistema nervioso humano no evolucionó para procesar el sufrimiento del planeta entero en una pantalla de seis pulgadas. Sin embargo, eso es exactamente lo que le pedimos todos los días.
Desde la psicología transpersonal, esta ansiedad colectiva tiene una lectura particular: no es solo miedo individual al peligro concreto —que es real y legítimo— sino también una resonancia con el campo de conciencia global. Carl Jung lo llamaba el inconsciente colectivo. Hoy podríamos decir que estamos todos conectados en una red de angustia que opera por debajo del umbral de lo consciente.
Cuando hay un conflicto armado de esta magnitud —con la amenaza latente de escalar a una guerra regional o incluso global— se activan memorias arcaicas en la psique humana. Hablo de registros que trascienden tu biografía personal: memorias ancestrales de persecución, de desprotección, de amenaza existencial. No necesitás haber vivido una guerra para que tu cuerpo reaccione como si la estuvieras viviendo. La identificación es inconsciente y poderosísima.
Los síntomas más frecuentes que estoy viendo:
El doomscrolling —esa compulsión de scrollear malas noticias una tras otra— no es un capricho: es el intento desesperado del ego de encontrar certidumbre donde no la hay. «Si me entero de todo, de alguna manera voy a estar preparado». Pero el efecto es exactamente el contrario: cuanto más consumís, más vulnerable te sentís.
No te voy a decir que dejes de informarte. Pero sí te propongo un cambio de relación con la información:
Elegí un momento del día y un tiempo límite para consumir noticias. Quince minutos alcanzan. Fuera de ese lapso, apagá las notificaciones. Tu psiquismo necesita descansar del estado de alerta permanente.
No podés frenar un conflicto geopolítico. Pero sí podés decidir cómo tratás a las personas que tenés cerca hoy. Sí podés elegir qué energía le metés a tu trabajo, a tu casa, a tu vínculo de pareja. Lo pequeño no es insignificante: es lo único real que tenés a mano.
Cuando la mente se va al futuro catastrófico, volvé al cuerpo. Sentí los pies en el piso. Hacé tres respiraciones profundas. Mirá un objeto concreto y describilo mentalmente: color, textura, forma. Esto saca al sistema nervioso del modo de amenaza y lo devuelve al presente. Se llama grounding y funciona.
Desde lo transpersonal, la sensación de pertenencia a una totalidad más amplia es profundamente reparadora. Rezar, meditar, contemplar la naturaleza, escuchar música que te eleve, leer poesía. Todo lo que te recuerde que existís dentro de un orden que excede —y contiene— la brutalidad humana tiene un efecto directo sobre la ansiedad existencial.
El miedo no se vence con información. Se atraviesa con presencia.
Si sentís que la angustia te está desbordando, que el miedo te está condicionando decisiones cotidianas o que simplemente necesitás un espacio para procesar esto que está pasando —en el mundo y en vos—, no lo subestimes. Pedir ayuda es una forma avanzada de inteligencia emocional.
La guerra está lejos. Pero tu paz interior, no. Esa está acá, y depende de lo que hagas con lo que sentís.