Leés los titulares y todo parece ir bien. La inflación bajó al 1,9% mensual. El campo, la energía y la minería van a generar un récord histórico de dólares. El PBI proyecta un crecimiento del 3,2%. Las calificadoras internacionales mejoran la nota de la deuda soberana. Todo suena a que Argentina finalmente enderezó el barco. Pero después apagás el diario y mirás tu vida. Tu recibo de sueldo. Tu cuenta bancaria. Tu futuro. Y los números no cierran.
Bienvenido al lado B del milagro económico argentino. El que no sale en los informes del FMI. El que se siente en el cuerpo y no en los gráficos.
Los datos son fríos pero elocuentes: la minería crece al 17,1%, el agro al 10,9%. Mientras tanto, la industria cae un 2,9%, el comercio un 3,2% y la construcción un 1,8%. Traducción: los sectores que emplean a la mayoría de los argentinos están en retroceso. Los que explotan son los que requieren poca mano de obra y mucha inversión de capital.
Esto no es solamente un problema económico. Es un problema existencial. Porque el trabajo no es solamente un sueldo. Es identidad, es propósito, es estructura psíquica, es lugar en el mundo. Cuando a una persona le sacás el trabajo, no le sacás solamente plata. Le sacás el «quién soy».
Hay un fenómeno psicológico particularmente cruel que estoy viendo cada vez más en consultorio: la culpa por no estar bien en un contexto que supuestamente está mejorando. El discurso oficial dice que el país se estabiliza, pero vos sentís que te estás cayendo. Y entonces aparece una voz interna que susurra: «el problema debo ser yo».
Esa voz es mentira. No sos vos. Es que estás viviendo en un país partido en dos. Una Argentina que despega y otra que se va quedando en la pista. Y no hay métrica de PBI que mida la angustia de no saber si el mes que viene vas a poder pagar el alquiler.
Hay un concepto que desarrollo mucho en terapia: el síndrome del equilibrista. Es esa sensación de estar siempre caminando por la cuerda floja, sin red, con la mirada fija en no caerte. Así viven millones de argentinos hace décadas. Pero el agotamiento psíquico que produce no se resuelve con una baja de la inflación.
Porque no es solo lo económico. Es la incertidumbre estructural. Hoy se desregula el cabotaje. Mañana se desmantela el INTI. Pasado se habilita la venta de tierras a extranjeros. Todo cambia, todo el tiempo, a una velocidad que el psiquismo humano simplemente no puede procesar. Y el resultado es una sociedad con los nervios de punta, irritable, agotada, que oscila entre la esperanza y la desesperación en el mismo día.
Desde la mirada transpersonal, hay una verdad que me parece urgente recordar en momentos como este: tu valor como ser humano no está indexado al Merval. No sube cuando el dólar baja ni baja cuando las acciones caen. Pero el discurso dominante te hace creer que sí. Que valés lo que producís, lo que consumís, lo que acumulás.
Esa es la gran trampa de esta época. Y zafar de esa trampa es, literalmente, un acto de salud mental. Porque mientras tu autoestima dependa de variables que no controlás —y que ni siquiera entendés del todo—, vas a vivir en una montaña rusa emocional. Y eso, créeme, no es vida.
Un país puede tener superávit fiscal, dólares récord y riesgo país a la baja, y al mismo tiempo tener millones de personas que no duermen por la incertidumbre laboral. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo. Y sostener esa contradicción sin que te parta al medio es el gran desafío psíquico de ser argentino en 2026.
La estabilidad económica no garantiza la estabilidad emocional. Son registros distintos. El segundo requiere trabajo interno. El primero depende de factores que, la mayoría de las veces, ni siquiera entran en nuestra esfera de influencia.
No te estoy diciendo que no te importe la economía. Te estoy diciendo que no te definas por ella. Que no le des el poder de decirte quién sos. Que tu centro esté adentro, no en el tablero de Wall Street.
La verdadera riqueza no se mide en dólares. Se mide en la capacidad de mantener el alma entera cuando todo lo demás se tambalea.
Si estás transitando este momento con angustia, con insomnio, con esa sensación de que la vida se te va en sobrevivir —no en vivir—, quiero que sepas que hay otra manera. Que hay un espacio donde podés poner todo esto sobre la mesa sin miedo a que te digan que «no es para tanto». Porque sí, es para tanto. Y merece ser mirado con cuidado, con respeto y con las herramientas adecuadas.