Más de diez mil muertos por la ola de calor en Europa. Incendios que cercan París. Tifones en Asia que desplazan a millones. Y mientras tanto, acá, en la pantalla del celular, vos scrolleás los titulares como si fueran una lista de supermercado. Hasta que el cuerpo te pasa factura.
Ese nudo en el pecho que no sabés nombrar. Esa sensación difusa de que todo está mal pero no podés hacer nada. Ese insomnio de las tres de la mañana donde te preguntás qué planeta le vamos a dejar a tus hijos. Eso tiene nombre: eco-ansiedad. Y casi nadie está hablando de su dimensión más profunda.
Desde la mirada transpersonal, la eco-ansiedad no es un trastorno. Es una respuesta absolutamente lógica y saludable de una psique que está conectada con su entorno. Lo raro sería no sentir nada.
Durante siglos, las tradiciones espirituales nos enseñaron que el ser humano no está separado de la naturaleza. Somos naturaleza. Y cuando la naturaleza se enferma, nosotros nos enfermamos con ella. Lo que llamamos «ansiedad climática» es, en realidad, una manifestación del vínculo inquebrantable entre el microcosmos (vos) y el macrocosmos (el planeta).
El síntoma no es el problema. El síntoma es el mensajero.
Estamos atravesando un duelo colectivo del que nadie quiere hablar. Cada noticia de una especie extinguida, de un glaciar que desaparece, de una ola de calor récord, es una pérdida. Y como cultura, no tenemos rituales para procesar ese tipo de pérdidas.
Imaginá que perdés a un ser querido. La sociedad te da permiso para llorar, te abraza, te da días de licencia. Ahora imaginá que el río donde te bañabas de chico está seco, que los pájaros que cantaban en tu infancia ya no vuelven, que el verano se volvió una amenaza en lugar de una fiesta. ¿Quién te da permiso para hacer el duelo por eso?
Nadie. Y ese duelo no hecho se acumula. Se vuelve ansiedad. Se vuelve impotencia. Se vuelve negación.
En el consultorio veo dos respuestas típicas. La primera es la parálisis: «es tan grande que no puedo hacer nada, así que mejor no pienso». La segunda es el activismo frenético: llenarse de actividades, marchas, reciclaje extremo, culpar a otros, como si el movimiento constante pudiera tapar el vacío existencial que genera sabernos parte de una crisis sin precedentes.
Ninguna de las dos resuelve la angustia de fondo. Porque la angustia no viene de lo que hacemos o dejamos de hacer. Viene de haber olvidado quiénes somos.
La propuesta transpersonal es distinta: sentate con el dolor. No lo evites. No lo enmascares con acción. Escuchalo. ¿Qué te está diciendo ese miedo sobre lo que amás? ¿Qué valor profundo tuyo está siendo amenazado? Ahí, en ese espacio de escucha interna, empieza la verdadera transformación.
No necesitás salvar el mundo. Necesitás reconectar con lo sagrado que todavía existe. Y eso se hace en pequeñas dosis:
No hay salud mental posible en un planeta enfermo. Y no hay planeta sano sin psiquis sanas. La interdependencia es total. Por eso la terapia del futuro —la que ya estamos haciendo— es necesariamente ecológica. No alcanza con trabajar la historia personal; hay que incluir la historia planetaria que nos atraviesa.
Así que la próxima vez que leas una noticia climática y sientas que el pecho se te cierra, no te diagnostiques un trastorno. Reconocete en duelo. Dignificá tu sensibilidad. Y buscá un espacio donde transformar esa angustia en algo que honre la vida. Porque sentir el dolor del mundo no te hace débil. Te hace profundamente humana.
Si esto resonó con vos y querés explorarlo en un espacio terapéutico, podés pedir tu sesión en https://www.terapiasmarcela.com/consultorio. Porque sanarnos es también sanar nuestra relación con la Tierra.