No es solo fútbol. Cada vez que Argentina enfrenta a Inglaterra, en el cuerpo de millones de argentinos se activa algo que va mucho más allá de una formación táctica o un resultado deportivo. Es una memoria que no es personal pero que sentimos como propia. Es una herida que no cierra porque nunca fue del todo nombrada.
Hoy, 14 de julio de 2026, con la Selección en el Mundial y la posibilidad concreta de una definición histórica contra el eterno rival inglés, el país entero late al ritmo de una ansiedad que merece ser leída con otros ojos. Los ojos de la terapia transpersonal.
Carl Jung hablaba del inconsciente colectivo como ese reservorio de símbolos, arquetipos y memorias que compartimos como especie… y también como pueblo. Lo que pasa con Inglaterra no es una rivalidad cualquiera: es un complejo emocional no resuelto que se transmitió de generación en generación.
Pensalo así: Malvinas no fue solo una guerra. Fue —y sigue siendo— una herida en la identidad argentina. Una sensación de injusticia, de impotencia, de «nos faltaron al respeto». Y como toda herida no procesada, busca una vía de expresión. El fútbol se convirtió en ese canal.
No es casual que los momentos más catárticos de nuestra historia futbolera hayan sido contra ellos: el gol de Maradona con la mano (la trampa como justicia poética), el gol del siglo (la genialidad como respuesta a la ofensa), y tantos otros cruces donde la carga simbólica pesaba más que la pelota.
La pregunta terapéutica es: cuando gritamos «contra Inglaterra», ¿contra qué parte nuestra estamos gritando? Porque en el espejo del rival siempre hay algo propio que no queremos ver.
Inglaterra representa para el argentino el colonialismo que nos saqueó, la potencia que nos subestimó, el establishment que nos mira desde arriba. Pero también representa algo más íntimo: esa voz interna que nos dice «no podés», «no alcanza», «no sos suficiente». El inglés como ese padre severo al que nunca pudimos conformar.
Y acá viene lo transpersonal: cada vez que la Selección le gana a Inglaterra, lo que hacemos colectivamente es un acto de sanación simbólica. Nos demostramos a nosotros mismos que somos capaces. Que valemos. Que existimos en el mapa del mundo con peso propio.
Pero ojo: hay un riesgo en vivir pendientes de la revancha. Cuando la identidad se construye enteramente en oposición a otro, quedamos presos de ese vínculo. La verdadera libertad —la psicológica y la espiritual— llega cuando podemos definirnos sin necesidad de un antagonista.
Como terapeuta, veo este patrón todo el tiempo en el consultorio: personas que organizan su vida alrededor de «demostrarle a…» —al padre, a la ex pareja, al jefe, a la sociedad. Y así pasan años sin preguntarse qué quieren realmente ellas.
Argentina está en ese proceso como país. Ya tuvimos la gloria en Qatar 2022. Ya sabemos lo que es ganar. Ahora el desafío es más hondo: ¿podemos disfrutar sin que el placer dependa de a quién le ganamos?
Dicho esto, no demonicemos el ritual. Juntarse a ver el partido, poner la camiseta, cantar hasta quedarse sin voz, llorar de emoción… todo eso es profundamente terapéutico. Es comunión. Es catarsis colectiva. Es encontrarse con otros en una emoción compartida que trasciende lo individual.
En las tradiciones ancestrales, los rituales servían exactamente para esto: procesar lo que individualmente no se podía contener. El fútbol, en nuestra cultura, cumple esa función arquetípica. Lo importante es vivirlo con conciencia: saber que estamos participando de algo más grande, y que detrás de cada grito hay una historia de dolor y de orgullo que nos pertenece a todos.
Así que si hoy te sentís ansiosa, ansioso, con el cuerpo eléctrico esperando el partido… no lo patologicemos. Es válido. Es humano. Es argentino. Solo recordá que lo que se juega en la cancha es una metáfora de lo que podemos sanar puertas adentro.
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