Reformas económicas. Reformas electorales. Reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. Reuniones frenéticas en el Congreso. Estrategia para 2027. Anuncios, más anuncios, contramanuncios. ¿Te suena? Claro que te suena. Vivís en Argentina. Pero la pregunta que quiero hacerte desde el consultorio es otra: ¿cómo está tu sistema nervioso con todo esto?
Porque una cosa es estar informado y otra muy distinta es vivir en modo amenaza permanente. Y el «lado B» de esta aceleración política no está en los portales de noticias. Está en tu cuerpo. En tu sueño. En tu irritabilidad. En esa sensación de vértigo que ya naturalizaste como si fuera parte del paisaje.
Tu sistema nervioso no distingue entre un león que te persigue y un titular que anuncia medidas que pueden cambiar tu economía personal de un día para el otro. Para tu cerebro primitivo —esa estructura antigua que solo quiere mantenerte vivo—, ambas cosas son peligro. Y cuando el peligro es constante, como en un país donde la agenda política se renueva cada seis horas, tu cuerpo entra en un estado de hipervigilancia crónica.
La hipervigilancia es agotadora. Implica tener el cortisol elevado de manera sostenida, lo que afecta tu sueño, tu digestión, tu sistema inmunológico y —atención— tu capacidad de tomar decisiones con claridad. Paradójico: cuanto más te informás para tener control, más secuestrada está tu corteza prefrontal por la amígdala activada. La información no te empodera: te secuestra.
Vivir con la sensación de que «en cualquier momento pasa algo que me cambia la vida» no es estar preparado. Es estar agotado.
Hay un fenómeno psicológico que se dice poco y se sabe mucho: la incertidumbre puede ser adictiva. El mismo circuito dopaminérgico que se activa con el juego de azar se enciende con el scroll infinito de noticias. No sabés qué va a pasar —¿habrá nuevo anuncio, nueva marcha, nuevo cepo, nuevo dólar?— y esa no-saber te mantiene enganchado.
F5. Refresh. Twitter. Portales. Grupos de WhatsApp. El ciclo no termina nunca. Y mientras tanto, la vida que está pasando delante de tus ojos —el mate con tu pareja, el juego con tus hijos, el atardecer que no miraste— se te escapa sin que te des cuenta. Cambiaste presencia por información. Y la información no te devuelve la vida que no viviste.
Se habla mucho del burnout laboral, pero casi nadie habla del burnout ciudadano: ese agotamiento que viene de sentir que el contexto te exige estar alerta las veinticuatro horas. Que si te desconectás, perdés. Que si no sabés lo que pasó en las últimas dos horas, estás en desventaja.
Los síntomas son parecidos a los del burnout clásico: fatiga crónica, cinismo (el famoso «ya fue, total siempre es lo mismo»), despersonalización, pérdida de la capacidad de asombro o de indignación. Cuando ya nada te sorprende, cuando todo te da más o menos igual, cuando la bronca se vuelve ruido de fondo… ahí ya estás quemado. Y el problema es que un ciudadano quemado no participa, no elige, no transforma. Solo sobrevive.
No te voy a decir «apagá el celular y listo» porque sé que no es tan fácil. Pero sí te propongo algunas estrategias que trabajamos en terapia y que funcionan:
Hay algo que no sale en los diarios ni en los análisis políticos: la salud mental es el principal activo que tenés para atravesar contextos inciertos. Y construirla no es un lujo, no es para «los que están mal». Es una necesidad concreta de supervivencia emocional.
La terapia transpersonal trabaja justamente en esto: en darte herramientas para que el contexto no te arrastre, para que puedas estar informado sin estar secuestrado, para que tu centro no dependa de lo que pasa afuera. Porque el país puede estar patas para arriba, pero vos podés estar entero. Y eso también se entrena.
Si sentís que el vértigo de los últimos tiempos te está pasando factura —insomnio, ansiedad, irritabilidad o esa sensación difusa de que se te va la vida sin disfrutarla—, reservá una sesión conmigo. Quince años de consultorio me enseñaron que se puede estar en paz incluso cuando el mundo arde. Y eso es exactamente lo que quiero para vos.