Leíste bien: más de diez mil personas murieron por la ola de calor que azotó Europa en las últimas semanas. Diez mil vidas. Tres reactores nucleares franceses tuvieron que apagarse porque los ríos no daban abasto para refrigerarlos. Ocho más funcionan a media máquina. Y lo más tremendo no es el número. Lo más tremendo es cómo reaccionamos: lo leemos, scrolleamos, y pasamos a la siguiente noticia como si nada.
Esa anestesia emocional no es casualidad. Tiene nombre, tiene mecanismo y tiene consecuencias. Y es de lo que quiero hablarte hoy, desde el «lado B» que nadie está mirando.
Cuando la realidad es demasiado abrumadora, la psiquis activa un mecanismo automático: la disociación. Nos desconectamos de lo que sentimos para poder seguir funcionando. Es lo mismo que hace una persona que sufrió un trauma severo: se sale de su cuerpo para no registrar el dolor.
Como humanidad, estamos traumatizados. Estamos viendo colapsar ecosistemas enteros mientras seguimos tomando café con medialunas y planeando las vacaciones de invierno. Y esa disonancia entre lo que sabemos y lo que hacemos genera lo que los psicólogos llaman disonancia cognitiva climática: sé que el planeta se está cocinando, pero no modifico mi vida porque el cerebro prefiere la coherencia entre lo que pienso y lo que hago, aunque sea una coherencia de mentira.
Negar la realidad consume menos energía que transformarla. Y el cerebro es un órgano ahorrador por excelencia.
En terapia hablamos de duelos autorizados y duelos no autorizados. Cuando muere un familiar, la sociedad te da permiso para llorar. Hay velorio, hay abrazo, hay ritual. Pero cuando se extinguen especies enteras, cuando se queman bosques que tenían mil años, cuando mueren diez mil personas por calor extremo en un continente… ¿dónde está el velorio? ¿Quién te da permiso para hacer el duelo por la Tierra?
Nadie. Y entonces el dolor queda congelado. Se transforma en ansiedad difusa, en insomnio sin causa aparente, en esa sensación de que «algo está profundamente mal» que no podés explicar del todo. Le ponés nombre a cualquier cosa —el trabajo, la pareja, la economía— menos a esto: estás de luto por el planeta y no lo sabés.
Desde la mirada transpersonal, la crisis climática no es un problema técnico ni político —aunque también lo sea—. Es, en su raíz más profunda, un síntoma de desconexión espiritual. Nos separamos de la Tierra, nos creímos dueños, nos pusimos por encima, y ahora el cuerpo planetario nos está mostrando las consecuencias de ese divorcio ontológico.
Las culturas originarias siempre lo supieron: la Tierra no es un recurso, es un ser vivo del que formamos parte. No estamos «sobre» el planeta; somos el planeta tomando conciencia de sí mismo. Y cuando ese planeta tiene fiebre —literalmente—, nosotros también la tenemos. El síntoma es colectivo y la sanación también tiene que serlo.
Una ola de calor que mata a diez mil personas no es solo un fenómeno meteorológico. Es un mensaje. Y como todo mensaje, podés ignorarlo hasta que sea demasiado tarde, o podés escucharlo ahora.
Primero, darte permiso para sentir. Si leés noticias climáticas y sentís angustia, no te patologices. Esa angustia es salud mental, no enfermedad. Una persona que no siente absolutamente nada ante un colapso ecosistémico es la que debería preocuparnos.
Segundo, transformar el dolor en acción consciente. No te digo que salves el mundo solo. Te digo que empieces por reconectar con lo vivo: tocá la tierra, abrazá un árbol, mirá el cielo más seguido. Suena a consejo de abuela hippie, pero la neurociencia lo respalda con datos duros: el contacto con la naturaleza regula el sistema nervioso, baja el cortisol y mejora la variabilidad cardíaca.
Tercero, hablalo. En terapia, con amigos, en tu comunidad. El duelo necesita testigos para elaborarse. Si te lo guardás, se enquista y se vuelve síntoma.
Y cuarto, recordá que pertenecés a algo más grande que tu historia personal. Esa pertenencia no es poesía: es la puerta de entrada a una forma de estar en el mundo que no sea de depredación sino de reciprocidad. La terapia transpersonal trabaja exactamente en esa reconexión.
El planeta no necesita que te paralices. Necesita que despiertes. Y despertar es, justamente, el corazón de todo proceso terapéutico profundo. ¿Hablamos? Te espero en el consultorio.