¿Vivir 120 años? El lado B de la obsesión por no envejecer

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

Otra vez la noticia: especialistas en longevidad discuten si el límite de los 120 años se puede correr, si la ciencia va a estirar la vida humana un poco más, si el envejecimiento es una enfermedad que se puede tratar. Y otra vez el titular funciona, porque toca una fibra que no es científica: el miedo a morir. Mientras leemos sobre vivir más, en realidad estamos preguntando otra cosa: ¿cómo hago para que esto no termine?

Este es el lado B de la obsesión por la longevidad. No la investigación seria, que es valiosa, sino la otra: la que convierte el paso del tiempo en una derrota personal, la que nos vende que envejecer es una falla de carácter y que con la crema correcta, el suplemento correcto y la rutina correcta podés esquivar lo que nos pasa a todos.

Vivir más no es lo mismo que vivir mejor

Hay una pregunta que casi nunca aparece en las notas sobre longevidad: ¿para qué? Estirar la vida sin sentido no es un logro, es una prórroga. Conozco personas de ochenta años con más ganas que muchas de cuarenta, y personas de cincuenta que hace años que viven en pausa, esperando el momento en que la vida empiece de verdad.

La longevidad, como ideal aislado, puede convertirse en una forma elegante de no hacerse cargo del presente. Mientras esperás vivir 120, te perdés los ochenta que quizás tengas. Y lo más irónico: el que vive con miedo a envejecer envejece peor, porque el miedo es un estrés crónico que el cuerpo paga caro.

Por qué nos asusta tanto envejecer

No es solo la muerte. Envejecer toca tres heridas muy concretas:

El problema no es que la vida sea finita. El problema es que la estamos viviendo como si fuera infinita, y por eso la postergamos.

La lectura transpersonal: la muerte como maestra

Desde la mirada transpersonal, la finitud no es un error de diseño: es lo que le da forma y urgencia a la vida. Si tuviéramos todo el tiempo del mundo, nada tendría peso. La conciencia de que esto se termina es lo que nos obliga a elegir, a decir lo que sentimos, a soltar lo que no nos corresponde.

No se trata de vivir pensando en la muerte con angustia, sino de dejar que esa conciencia ordene las prioridades. Cuando aceptás que el tiempo es limitado, cambian las preguntas: ¿con quién quiero estar?, ¿qué estoy postergando?, ¿qué estoy sosteniendo por miedo y no por deseo?

Qué hacer con esta noticia

Podés cuidarte, hacer ejercicio, comer bien, dormir, hacerte los controles. Todo eso es amor propio, no negación. La diferencia está en la intención: te cuido para vivir mejor este tiempo que tengo, o me cuido para no morir nunca. Una te libera. La otra te esclaviza.

Quizás la ciencia logre correr el límite. Ojalá. Pero mientras tanto, la única vida que tenés es esta, la de hoy, con el cuerpo que tenés y la edad que tenés. Y esa vida no necesita llegar a los 120 para valer la pena: necesita que la habites.

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