44 años de trabajo y un ramo de flores: el lado B de la herida de no ser reconocida

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

Esta semana se hizo viral la historia de una mujer que, después de 44 años trabajando en un supermercado, se jubilaba y recibía como despedida apenas un ramo de flores. Miles de personas se conmovieron hasta las lágrimas. Después se supo que el relato no era del todo cierto: la mujer seguía trabajando y sus compañeros la habían homenajeado con torta, flores y tarjeta firmada. Pero ese dato no apaga lo importante: por qué nos dolió tanto una historia que no era nuestra.

El dato que desmiente no borra lo que sentiste

Cuando algo así se vuelve viral, casi nunca es por el hecho en sí. Es porque toca una cuerda que ya estaba tensa en muchísima gente. Si al leerlo te apretó el pecho, si pensaste en tu mamá, en tu abuela, en tu propio trabajo, en los años que llevás sosteniendo sin que nadie lo note, entonces la historia no te habló del supermercado: te habló de vos.

Eso es lo que llamo el lado B. No la noticia, sino lo que la noticia despierta. Y lo que despertó fue una herida vieja y muy común: la de dar todo y sentir que nadie lo ve.

La herida de no ser reconocida

Todos necesitamos ser vistos. No por vanidad, sino porque el reconocimiento es una forma de decirnos que existimos, que valemos, que lo que hacemos importa. Cuando esa mirada nunca llega —en el trabajo, en la casa, en la pareja—, algo se apaga de a poco.

Empieza a aparecer la sensación de que, hagas lo que hagas, no alcanza. Que sos invisible. Que podrías desaparecer y todo seguiría igual. Y ahí muchas mujeres hacen lo único que aprendieron: redoblar el esfuerzo, callarse y seguir. Como si el amor o el reconocimiento fueran algo que hay que merecer con trabajo.

Cuántas sostienen el mundo sin que se note

Pensá en todas esas tareas que sostienen la vida y que nadie nombra: cuidar a los hijos, a los padres viejos, a un enfermo; cocinar, ordenar, recordar todo; estar pendiente del otro sin que el otro lo pida. Ese trabajo no tiene sueldo, no tiene aplausos y casi nunca tiene flores.

En el trabajo pago pasa algo parecido. Hay quienes hacen que las cosas funcionen sin figurar en ningún lado: las que se quedan hasta tarde, las que resuelven lo que nadie quiere resolver, las que sostienen el clima del equipo. El día que se van, muchas veces lo único que queda es un mail de despedida que nadie contestó. Y ahí se ve de golpe lo que ya sabían: que la institución no las veía como personas.

El lado B: lo que tu emoción te está mostrando

Ese nudo en la garganta no vino de la historia viral. Ya estaba ahí. La historia solo lo puso en palabras. Y ahí hay una buena noticia: si lo sentiste, es porque todavía hay una parte tuya que sabe que merecés otra cosa. La indignación es una señal de amor propio dormido.

El problema es cuando ese dolor se transforma en una vida entera esperando que llegue el reconocimiento de afuera. Esperar el «gracias», el aumento, el homenaje, el «te vi». A veces llega; muchas veces no. Y no podés dejar tu valor en manos de quien no sabe mirarlo.

Cómo empezar a darte el reconocimiento que esperás

El reconocimiento que esperás de afuera empieza adentro. El día que vos te ves, deja de doler tanto que otros no te vean.

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