Todos te dan el significado. Nadie te enseña a mirar.
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal · · Actualizado el 04/10/2026
Hace unos días vi a alguien con más de trescientos mil seguidores explicando «el significado» de una carta del tarot.
Y me quedé pensando en algo que digo hace años:
La carta no tiene significado. Tiene el que le da el significante.
Suena difícil, pero es simple: una carta dice lo que vos podés ver. Y lo que podés ver depende de cuánto te animaste a mirar tu propia historia.
Yo hace cuarenta años que estudio el tarot y atiendo gente con el tarot. Y hace veinte que lo incorporé a mis consultas de constelaciones y de terapia transpersonal.
En todo ese tiempo aprendí que el significado no está en la carta: está en la mirada que la lee.
Y quiero que se entienda algo, porque hay mucho de esto dando vueltas por ahí: yo no «ando con el tarot». El tarot es mi modo de vida.
Con el tarot di de comer a mis hijos. Con el tarot compré una casa. Y después otra. El tarot me dio todo lo que tengo.
Así que cuando digo que una carta no tiene significado más que el que le da el significante, no estoy repitiendo una frase que leí: estoy diciendo lo que me enseñaron cuarenta años de hacer esto.
Y ahora que estamos, quiero dejar algo claro, porque hoy se enseña tarot con un curso de tres videos:
Para enseñar tarot hay que haberlo caminado.
Años caminándolo. Viviéndolo. Sufriéndolo. Atravesándolo.
Eso hice yo.
Porque el tarot no se aprende leyendo libros: se aprende viviéndolo. Y el que no lo vivió puede repetir la definición, pero no puede leerte.
Hoy no vengo a darte un significado más. Vengo a mostrarte de dónde viene el que usás sin saberlo. Y a darte dos pruebas de que se puede leer de otra manera.
ANTES DE 1440: LO QUE NADIE TE CUENTA
Todo el mundo repite que el tarot «se inventó» en el norte de Italia, alrededor de 1440, como un juego de cartas. Y es cierto. Pero es la mitad de la historia.
Lo que no se cuenta es todo lo que ya existía antes.
Los naipes no nacieron en Europa: llegaron de Oriente. En el Egipto mameluco y en la Persia medieval ya se jugaba con cartas de cuatro palos — y en algunas fuentes ese mazo se llama «Mulûk wa-nuwwâb»: «reyes y delegados». Entraron a Europa por Venecia, Génova y España alrededor de 1370, con el nombre árabe na’ib — «representante», «diputado». De ahí viene la palabra «naipes».
Y hay un detalle que lo cambia todo: por la prohibición islámica de dibujar figuras humanas, las cartas de la corte mamelucas no tenían ningún rey ni ninguna reina pintados.
En su lugar llevaban diseños abstractos y caligrafía — y su rango escrito con todas las letras. El rey era el «malik»; el que venía debajo, el «na’ib»: el «delegado», el «representante». De esa misma palabra viene «naipes».
👉 Entendé lo que eso significa: los primeros naipes no mostraban personas. Mostraban un nombre y un rango. Y no nacieron solo para apostar: nacieron con escritura encima.
Y ahora pensalo conmigo
Si las primeras cartas no tenían figuras —solo diseños abstractos—, entonces desde el origen la carta no te daba la imagen: te daba el símbolo.
Y un símbolo no describe: sugiere. Lo que sugiere lo completa el que mira. Con lo suyo.
Por eso el tarot nunca fue un diccionario: nació como un LENGUAJE.
Un lenguaje abstracto — el lenguaje que habla el inconsciente.
Y por eso cada persona que lo lee lee algo distinto. No porque la carta cambie: porque lo que se lee es el propio inconsciente.
Y acá quiero ser precisa, porque se dice mucho y está mal dicho: el tarot no es un espejo. Un espejo te devuelve tu cara. El tarot es un idioma — y en ese idioma, cada uno dice lo suyo.
La carta no traía el significado: el significado lo pone el que la mira.
Y fijate que eso es exactamente lo que yo digo hoy, cuarenta años después y en un idioma distinto: la carta no tiene significado salvo el que le da el significante.
No es una idea nueva mía. Está en el origen del mazo.
(Y hay quien lee los cuatro palos como las cuatro etapas de la purificación del alma. Eso es lectura, no documento — pero es una lectura que tiene siglos de conversación detrás.)
Y sobre el primer mazo de «triunfos»
Antes del estándar de 1440 hay un antecesor documentado: el mazo que Martiano da Tortona diseñó —y Michelino da Besozzo pintó— para el duque Filippo María Visconti, de Milán, entre 1418 y 1425.
Tenía sesenta cartas, y sus dieciséis triunfos no eran figuras cristianas: eran dioses y diosas de la mitología clásica —Júpiter, Juno, Apolo, Venus, Neptuno— ordenados por virtud y poder. Y en lugar de los cuatro palos, usaba cuatro clases de aves: águilas (el poder), fénix (el renacimiento), tórtolas (la fidelidad) y palomas (la paz).
👉 Antes del Papa y la Papisa, el tarot ya hablaba de dioses y de alas.
¿Y por qué te cuento esto?
Porque si el tarot es anterior a las órdenes, anterior a las escuelas y anterior al Renacimiento…
entonces no es la doctrina de nadie. Es memoria.
Y esa memoria hay que buscarla donde está: en los bordes, en los puertos, en los que no escribieron los manuales.
Ahí es donde yo lo busco.
1. POR QUÉ NO ME QUEDO CON LA BARAJA QUE USAN TODOS
Casi todos leen tarot con la misma baraja: el Rider-Waite, de 1909.
Poca gente sabe esto: esa baraja no nació en la calle. Nació adentro de una orden cerrada — la Golden Dawn.
Y un tarot que sale de una orden, sale para la orden. Cuando una baraja se diseña adentro de una doctrina, cada carta tiene que encajar con el sistema: una letra hebrea, un signo, un planeta, una correspondencia obligatoria. Entonces la imagen deja de mostrar la vida y empieza a ilustrar una escuela.
Y hay un detalle que lo delata. En la carta de La Luna, Waite —el autor de esa baraja— escribe que significa «enemigos ocultos, peligro, calumnia, oscuridad, terror, engaño, fuerzas ocultas, error».
Leelo otra vez: enemigos ocultos, peligro, terror, engaño.
Eso no es leer la imagen. Eso es escribir el miedo de su escuela.
Yo no digo que esa baraja no sirva. Digo algo más preciso: no es «el tarot». Es la versión de una orden inglesa de 1909.
Por eso yo vuelvo siempre a las barajas anteriores: al Tarot de Marsella, y a las que se conservan de mediados del 1600 —la de Noblet, la de Conver. Barajas de calle, de juego, pasadas por miles de manos, sin doctrina que las corrija.
Ahí la imagen dice lo que se ve. Y nada más.
Y ESTO ES MÁS GRANDE QUE EL TAROT
La gente repite el significado de las cartas que sacó de una sola fuente. Y casi nadie se pregunta de dónde salió esa fuente.
Porque hay un mecanismo que se repite en todas las disciplinas que se vuelven dogma:
Alguien mira su propia casa, se convence de que ahí está la ley del mundo, y el mundo entero se queda con el diagnóstico.
Es lo que pasó con el complejo de Edipo: un drama de familia convertido en destino de toda la humanidad.
Y es exactamente lo que hizo la Golden Dawn con el tarot: tiñó a toda la humanidad con una creencia de la Golden Dawn.
Por eso hoy millones de personas repiten el significado de una carta sin saber quién lo escribió, para quién, ni por qué.
Yo sí quiero saberlo. Y por eso leo distinto.
2. LO QUE DIJO WIRTH: LA CARTA ES UN CAMINO
A fines del 1800, Oswald Wirth redibujó la línea marsellesa y la leyó de otra manera: no como una lista de significados, sino como un camino de iniciación. Su libro —El tarot de los imagineros de la Edad Media— sigue siendo un clásico.
Su aporte para esta carta es enorme: la Luna es el mundo del reflejo. El lugar donde la imagen se forma antes de tener cuerpo.
Traducido: la Luna no te muestra el mundo. Te muestra la película con la que vas a mirar el mundo.
Y esa película se puede ver. Y se puede cambiar.
3. JUNG: LAS DOS LUCES ADENTRO DE UNO
Jung describió dos maneras de pensar, y las dos viven adentro de la misma persona:
- La del día: dirigida, lógica, hecha de palabras. Ordena, decide, firma.
- La de la noche: asociativa, hecha de imágenes. No explica: muestra. Es la que habla en los sueños.
La primera es el sol. La segunda es la luna. No son enemigas: son las dos luces que hacen falta para ver.
Y acá viene la parte incómoda, que Jung dijo con su propia vida: entre 1913 y 1918 bajó a ese fondo, casi se pierde, y de ese descenso salió toda su obra.
No es un paseo. No se lo recomiendo a nadie. Pero conviene saber que la puerta existe — y que tiene dos caras.
4. LA CARTA NO ES LA LUNA: ES UN ECLIPSE
Todos miran esa carta y dicen «es la luna».
No es la luna. Es un eclipse.
Y no lo digo por interpretación: lo digo por lo que está dibujado. De ese disco salen dos clases de rayos: unos rectos —rayos de sol— y otros ondulados —rayos de luna.
Un disco que irradia como sol y como luna al mismo tiempo es un eclipse: los dos astros en el mismo lugar del cielo, uno delante del otro.
Y eso cambia toda la lectura. Porque si es un eclipse, entonces no es la carta de la noche: es la carta de la luz tapada.
No falta la luz. Hay algo puesto delante.
Y ahí aparece la única pregunta que importa: ¿qué es lo que te está tapando la luz?
5. Y ABAJO NO HAY UN CANGREJO: HAY UNA LANGOSTA
Abajo del agua hay una criatura. Casi todas las explicaciones dicen «un cangrejo». No es un cangrejo.
El cangrejo es el de la orilla: el de la playa, el que camina de costado, el del caparazón duro y la defensa rápida. Un símbolo de superficie.
La criatura de esta carta es de agua dulce y de fondo. En las barajas antiguas se la llama «écrevisse»: el cangrejo de río. Lo que hoy muchos llamamos langosta.
Una criatura del fondo. Y eso importa, porque las criaturas del fondo tienen una costumbre que a nosotros nos hace falta: mudan.
Para crecer, un crustáceo tiene que soltar el caparazón que lo protegía. Queda blando, expuesto, escondido, hasta que endurece otro.
Ese es el trabajo de esta carta: lo que te protegió —una historia, un rol, una manera de aguantar— te queda chico. Y soltarlo no es valentía: es obligación, si querés crecer. Duele porque protege. Y por eso casi nadie lo hace.
Y hay algo más, que a mí me sigue sorprendiendo: al final de la carta, esa criatura que daba miedo se convierte en el puente. Se queda quieta, ofrece su espalda, y el que tiene que cruzar, cruza encima de ella.
Muchas veces, lo que te da miedo es el paso.
6. Y LAS GOTAS NO BAJAN: SUBEN
Este es un detalle fino que casi nadie mira.
Las gotas que rodean la luna no caen. Se leen como yod: una chispa, no una gota. Y las chispas suben.
Y hay una leyenda preciosa detrás: cada noche la Luna reúne los sueños olvidados y los recuerdos de la humanidad, los guarda en su copa de plata, y al amanecer los devuelve a la tierra en forma de rocío. Las llaman las lágrimas de la luna.
Nada de valor se pierde.
Una cosa es creer que algo te cae del cielo. Otra, muy distinta, es entender que algo tuyo está subiendo desde el fondo, buscando la luz.
En esta carta, todo sube.
7. Y ARRIBA ESTÁN MAMÁ Y PAPÁ
El sol y la luna son, desde siempre, el padre y la madre.
El sol es el padre: la ley, el nombre, la dirección, lo que se dice, lo que se exige. La luna es la madre: el cuerpo, lo profundo, lo que no se dice, lo que sostiene sin que se vea.
Y ninguno de los dos es solo uno: la madre tiene dos caras —la que nutre y la que encierra—; el padre también —el que sostiene y el que juzga.
Entonces, cuando adentro tuyo una de las dos luces tapa a la otra, vos no estás confundida: estás eclipsada.
El eclipse interno es eso: una herencia que se puso delante de tu propia luz.
8. Y HAY UN DATO DEL CIELO QUE LO CONFIRMA
Los eclipses no pasan en cualquier momento: solo ocurren cerca de los nodos, ese eje del cielo que marca de dónde venís y hacia dónde vas.
O sea: el eclipse siempre cae sobre la línea de la herencia.
Y hay algo todavía más fuerte: los astrónomos agrupan los eclipses en series, y a cada serie la llaman una familia. Los eclipses vienen en familia, y cada familia vuelve cada dieciocho años.
Leelo otra vez: el eclipse no es un evento suelto. Es un asunto de familia que vuelve.
Y vuelve, justamente, para que esta vez lo veas.
9. Y TODO ESTO ES FILOSOFÍA
Porque el tarot, para mí, no es adivinación: es una filosofía de vida.
Y los filósofos dijeron lo mismo mucho antes, y mucho mejor:
«La naturaleza ama ocultarse.» — Heráclito
(Lo que está tapado no es una excepción: es la regla.)
«Conócete a ti mismo.» — la inscripción del templo de Delfos, que Sócrates hizo suya
(Ese es el trabajo entero. Nada más.)
«¿Cómo sé que no estoy soñando?» — Descartes
(La pregunta exacta de esta carta. Descartes se la hizo en serio, y de ahí nació la filosofía moderna.)
«Dos cosas llenan el ánimo de admiración: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí.» — Kant
(El cielo arriba y lo de adentro: la misma carta, dicha por un filósofo alemán.)
«Una vida sin examen no merece ser vivida.» — Sócrates
(Y por eso miramos.)
Y Aristóteles abre su Metafísica con una frase que podría ser el epígrafe de todo esto: «Todos los hombres desean por naturaleza saber.»
El tarot no te da la respuesta: te da el idioma.
Y en ese idioma, cada uno dice lo suyo — porque lo que se lee cuando leés una carta es tu propio inconsciente.
Y lo que hicimos hoy —mirar una carta y encontrar ahí adentro el eclipse, la langosta y a mamá y papá— es filosofía aplicada.
La diferencia es que la filosofía te lo dice y el tarot te lo muestra. Y a mí me enseñaron que lo que se muestra no se olvida.
10. DE TODO ESTO ESTOY ESCRIBIENDO UN LIBRO
Estas dos pruebas —el eclipse y la langosta— son una puerta. Atrás hay un trabajo de años: las barajas antiguas, las fuentes, la lectura psicológica de los símbolos, y la astrología del eclipse.
De eso estoy escribiendo un libro. Y de eso voy a dar un taller.
El taller va a ser en verano (hasta fin de octubre estoy con los talleres de constelaciones). Van a ser tres encuentros en vivo, por Zoom, con cupo chico: no para aprender significados, sino para aprender a mirar.
Si te interesa, escribime un mail y te aviso yo cuando abra la inscripción:
(Poné en el asunto: «QUIERO EL TALLER INTENSIVO DE TAROT», así lo encuentro enseguida.)
En los próximos días voy a seguir publicando estas notas. Una por vez, sin apuro, y con las fuentes a la vista.
Porque de esto se trata, al final: no se aprende tarot memorizando cartas. Se aprende mirando.
Y mirar se puede aprender.
Marcela Almazán — Terapeuta transpersonal Cuarenta años estudiando el tarot y atendiendo gente con el tarot. Veinte años incorporándolo a mis consultas de constelaciones y de terapia transpersonal.
Lectura simbólica de autoconocimiento. No constituye terapia, diagnóstico ni tratamiento.
FUENTES
Las barajas: el Tarot de Marsella; los mazos de Noblet (c. 1650) y de Conver (1760). El Rider-Waite-Smith (1909), de A. E. Waite y Pamela Colman Smith. Y el mazo de Martiano da Tortona y Michelino da Besozzo (1418-1425).
Para la historia más antigua: las cartas mamelucas que se conservan (el mazo del palacio Topkapı, siglo XV) y la etimología de la palabra «naipes».
Para la lectura psicológica: C. G. Jung; Oswald Wirth, El tarot de los imagineros de la Edad Media (1889); A. E. Waite, The Pictorial Key to the Tarot (1911).
Para el cielo: los ciclos de los eclipses (las series de Saros, que vuelven cada 18 años y 11 días) y el eje de los nodos lunares.
Para la filosofía: Heráclito, Sócrates, Descartes, Kant y Aristóteles.
Y el resto es trabajo mío: cuarenta años de leer el tarot y de atender con el tarot.
Este texto salió de mi Revista y es de mi autoría. Si te sirvió y lo querés compartir o replicar: citá la fuente. Gracias.