Está muy extendida esta peculiar frase. «¿Me tirás las cartas?» es algo muy común escuchar, sin embargo es bastante incorrecto. ¡¿Cómo voy a tirar a la basura mi precioso mazo de cartas?! Bueno, no, ahora en serio…
Te propongo que mires el tarot de una manera distinta. Posiblemente hayas llegado hasta aquí buscando «ver el futuro», que las cartas te digan qué te va a pasar. Te tengo una noticia: el tarot va más allá de eso.
Carl G. Jung nos sugirió sabiamente que uno de los primeros pasos que se deben dar al iniciar un análisis en la consulta de Tarot es el enfrentamiento de la Máscara y la Sombra, dos arquetipos presentes en la psique humana. El tarot cumple la función de permitirnos analizar lo más profundo de nuestra personalidad.
Los conceptos de «máscara» y «sombra» provienen de la teoría de la personalidad del psicoanalista suizo Carl G. Jung (1875 – 1961).

Carl Gustav Jung fue un médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, fundador de la escuela de psicología analítica.
Analicemos ambos conceptos 😉
La sociedad nos exige ciertas actitudes y conductas para ser aceptados en ella. Jung explica cómo se moldea la imagen de cada individuo a través del concepto de persona, aquella faceta de la personalidad que representa nuestra imagen pública. La persona responde a las exigencias sociales, es la «máscara» que nos ponemos para salir al mundo. Comienza por ser un arquetipo y con el tiempo la vamos asumiendo como propia, hasta que llega a ser parte de nosotros mismos. Esta máscara se convierte en una verdad donde lo individual -lo original- es mal visto o desaparece (es reprimido) y eso que nos hace diferentes del colectivo, pasa al inconsciente, transformándose en «lo disfuncional» de la personalidad.
La palabra «personaje» se asocia al papel que representa un actor en el escenario. Así, en cada situación social el individuo desempeña «personajes» diferentes, usa diferentes máscaras: es amable y sonríe como un «buen niño», es soez con quien le grita en el tránsito, actúa con indiferencia con algunos y pasa por tonto con otros. Así, la máscara sirve para cubrir la vida íntima del individuo frente a los demás, y al mismo tiempo le permite adaptarse al medio en los términos que más le convienen. Para ello hay que sacrificar muchos factores humanos individuales (instintos, formas de pensar y sentir) a favor de esa «imagen ideal» que necesita reflejar el individuo. En su mejor expresión, la máscara constituye la «buena impresión» que todos queremos dar al colectivo. Pero, en su peor manifestación, puede confundirse incluso con nosotros mismos; es decir, algunas veces llegamos a creer que realmente somos lo que pretendemos ser o lo que los demás esperan que seamos, generando conflictos y contradicciones internas. Pues ¿hasta qué punto seguimos el patrón social de manera «sana»? y ¿en qué medida esta máscara llega ser una fuente de neurosis?

A veces con dolor y desgaste el hombre llega a alienarse de sí mismo en beneficio de una personalidad artificial «adaptativa». Quienes en la vida social se presentan como «fuertes», «de hierro», son en el fondo, y quizá lo muestran en su vida privada, «niños» vulnerables, tímidos y algo melancólicos. Y otros que como se dice «parecen no romper un plato» llevan dentro de sí mucha ira, resentimiento y sed de venganza.
¿Y la sombra? Lo analizaremos en el próximo posteo, así que atentis! 😉
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