Pixie y el señor Waite: el tarot que todos tenemos, la trama que casi nadie conoce y el nombre que faltó en la tapa
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·
Pixie y el señor Waite: el tarot que todos tenemos, la trama que casi nadie conoce y el nombre que faltó en la tapa
Semblanza de A. E. Waite y Pamela Colman Smith · Desmitificando el tarot
Hace cuarenta años que estudio el tarot…
…y cuando empecé, descubrí esto: el mazo que todo el mundo tiene en casa lo hicieron dos personas, y lo que casi nadie conoce es la trama que hay detrás.
Y cuarenta años después, la sigo profundizando.
Ese mazo lo viste mil veces —y probablemente lo tengas en tu casa—. Hoy se llama Rider-Waite-Smith, y ahí adentro hay tres nombres: el de una editorial, el de un señor y el de una mujer. Pero ese tercer nombre no siempre estuvo: durante décadas el mazo se llamó solo “Rider-Waite”.
A esos dos los conoce todo el mundo. Sus nombres aparecen en cualquier libro de tarot, en cualquier curso, en cualquier caja. Lo que casi nadie conoce es la trama de atrás: quiénes eran esos dos, qué pretendían con el tarot, qué era la Golden Dawn, y qué quisieron mostrar y qué quisieron reservar para los iniciados.
Hoy te cuento eso: en cómo lo hicieron está todo lo que el tarot es — y todo lo que no es.
1 · Los dos que se sentaron a hacerlo
Él era A. E. Waite (1857-1942). Inglés, erudito, hombre de biblioteca: estudiaba los tarots viejos —el Marsella, el de Noblet, el de Conver— y también la Cábala y la astrología. Perteneció a la Golden Dawn, una orden de estudio fundada en Londres en 1888. No era un adivinador: era un hombre que leía símbolos y los ordenaba.
Ella era Pamela Colman Smith (1878-1951), nacida en Londres y criada entre Jamaica y Brooklyn. Ilustradora, dibujante, diseñadora de teatro. Todos le decían Pixie.
Él tenía el sistema. Ella tenía la mano.
2 · Waite: el que decidió qué se ve y qué no
Waite no dibujó: ordenó. Eligió qué letra hebrea le tocaba a cada carta, qué astro, qué color, dónde iba cada detalle. Y eligió, sobre todo, qué no se mostraba.
Porque el tarot, para él, no era un aparato para ver el futuro: era un camino de estudio, un mapa para el trabajo interior. Hizo dos cosas juntas: mostró las imágenes para que cualquiera pudiera mirarlas, y reservó las claves para el que supiera leerlas.
Después escribió La clave pictórica del tarot (1911), y hasta ahí fue cuidadoso: en el libro tampoco entregó todo.
Y ese gesto es el mazo entero: una puerta abierta y una llave escondida.
3 · Pixie: la que les dio cuerpo
Las instrucciones eran de él. La vida de las cartas es de ella.
En los tarots viejos —el Marsella, el de Noblet, el de Conver— las cartas menores eran casi todas iguales: copas apiladas, bastos alineados, monedas en fila. Dibujos sin nadie adentro.
Pixie hizo algo que antes no existía: las convirtió en escenas. De golpe, en las cartas pasa algo. Una mujer llena copas al lado de un lago. Alguien remienda una tela mientras afuera hay un cielo raro. Todo eso es de ella: los paisajes, los cielos, los cuerpos, los gestos de las manos.
Los mazos viejos mostraban símbolos; el suyo muestra gente haciendo cosas. Esa idea —la escena que narra— es suya: casi todos los mazos que vinieron después la copiaron de ella. Los 78 dibujos los hizo en 1909: Waite le dio el orden y los símbolos; ella los volvió imagen. Él aportó el plano; ella levantó la casa.
4 · El nombre que faltó en la tapa
El mazo salió en diciembre de 1909, publicado por William Rider & Son, de Londres. Y el nombre con el que se hizo famoso cuenta la historia entera: “Rider-Waite”. Rider era la editorial; Waite, el ocultista que ideó el sistema. Ella no estaba. La mujer que había dibujado las 78 cartas no firmó el tarot que hoy está en todas las casas.
No fue un olvido: era cómo funcionaba ese mundo. Londres, 1909. A la Golden Dawn las mujeres podían entrar, pero el saber serio, la palabra pública y la firma eran cosa de hombres. A una artista mujer se le encargaba el trabajo; el reconocimiento, no. Pixie vivió de ilustrar y murió en 1951 sin haber cobrado nunca derechos: cobró una sola vez por los dibujos.
Décadas después —cuando algunos empezaron a preguntar quién había dibujado esas cartas— el mazo pasó a llamarse Rider-Waite-Smith. Tres nombres: la editorial, el señor y ella. Ese tercero se agregó para reparar una ausencia.
Y quiero ser justa: Waite no es el villano de esta historia. Era un hombre de su época, con las costumbres de su época. El punto no es él: es el sistema que hizo natural que su nombre alcanzara y el de ella no.
5 · Por qué lo hicieron: para estudiar, no para adivinar
Acá está la trama de la que te hablaba: lo que desmitifica todo.
La Golden Dawn no era un lugar de adivinación: era una escuela. Se estudiaba Cábala, astrología, alquimia y símbolos de todas las tradiciones. Para esa escuela, el tarot no era un oráculo: era un sistema de setenta y ocho cartas donde estaba ordenado todo —las letras hebreas, los planetas, los signos, los cuatro elementos.
Waite quería un mazo que mostrara ese sistema sin regalarlo. Por eso las imágenes son exactas y mudas a la vez: cada detalle está puesto a propósito y ninguno te explica solo.
Ahí está lo que casi nadie conoce: el Rider no se hizo para predecir. Se hizo para estudiar.
6 · Los símbolos escondidos (y no son adorno)
Cuando uno mira de verdad, entiende que en esas cartas no hay nada decorativo:
- Los colores. Cada palo es un elemento: bastos fuego, copas agua, espadas aire, oros tierra.
- Las letras hebreas. Las 22 letras van con las 22 cartas mayores: el Loco camina con Aleph, la letra del primer paso.
- Los astros. Cada mayor es un planeta o un signo: La Muerte es Escorpio, el Sol es el Sol.
- Las columnas de la Sacerdotisa. Una negra y una blanca, y el velo con granadas. La granada es la fruta de Perséfone, la que se come en el inframundo.
- Los gestos y las miradas. Para dónde miran y para dónde llevan los dedos: en el tarot las manos hablan más que las caras.
- Los objetos chiquitos. El perro, el cangrejo, las letras que caen en La Torre.
Eso hicieron entre los dos: mostrar sin subrayar.
7 · Filosofía, psicología y mitología
El tarot es un mapa simbólico, y los símbolos que usa no son invento de nadie: vienen de los mitos viejos y de las tradiciones que se cruzaron durante siglos. Por eso, cuando mirás las cartas, te encontrás con historias que ya conocés: Perséfone bajando al inframundo y volviendo; Inanna despojada y renacida. En todas hay lo mismo: primero un descenso, después un regreso, y el tarot repite ese viaje en 22 pasos.
Y acá entra Jung, que le puso palabras a todo esto: los arquetipos, esas imágenes profundas que son de todos y de nadie; el inconsciente colectivo, ese fondo compartido que no empieza ni termina en tu historia; y la sincronía, esas coincidencias que cobran sentido para quien las vive.
Hay dibujos que no se aprenden: se reconocen. Por eso 78 imágenes hechas en Londres en 1909 le siguen hablando a una mujer de hoy, con el mate al lado.
8 · Y ahora, desmitifiquemos
El tarot no es una bola de cristal. No predice fechas ni números de lotería. Hace algo más útil: te muestra dónde estás parada.
El tarot es un lenguaje de imágenes. Y es un espejo. La diferencia es grande:
- Adivinar es darle a la carta un significado fijo y aplicártelo sin escucharte.
- Leer es mirar la imagen, ver qué te despierta, y pensarlo con vos.
Y la trampa más común: buscamos el significado en el librito en lugar de mirar el dibujo. El librito lo escribió Waite… y a propósito no lo dijo todo.
Pixie dibujó. Waite calló. Y entre lo que se muestra y lo que se reserva está el tarot entero.
Cuarenta años después, esas cartas me siguen mostrando cosas nuevas: no porque cambie el mazo, sino porque una cambia, y entonces ve otra cosa.
El trabajo de una mujer sin firma no desaparece, pero se vuelve más fácil de borrar. Volver a nombrarla no es un gesto de moda: es lo mínimo que se le debe a un trabajo.
Te dejo una pregunta, y me la hago yo también: ¿cuántas veces miramos algo hecho por una mujer sin saber quién lo hizo?
El tarot no te dice lo que va a pasar: te muestra lo que ya está, y te deja elegir.
Y eso —desde 1909 hasta hoy— no es magia: es un idioma que alguien se tomó el trabajo de dibujar. Una mujer, en Londres, en 1909. Y se llamaba Pamela Colman Smith.