Peñas Negras: cuando lastiman la tierra, duelen sus hijos

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal · · Actualizado el 04/10/2026

Notas y Artículos

Hay una manera de mirar una montaña y ver solamente lo que se puede sacar de ella.

Oro. Cobre. Rendimiento.

Y hay otra: reconocer el agua que sostiene a los animales, los caminos por donde se vuelve a casa, el lugar donde una comunidad puede seguir viviendo.

Entre esas dos miradas no hay solamente una diferencia de intereses. Hay una pregunta que incomoda: ¿quién tiene derecho a decidir qué se sacrifica y quién debe soportar la pérdida?

En Peñas Negras, esa pregunta tiene nombres, cuerpos y una vida cotidiana amenazada.

Una comunidad no es un obstáculo

Peñas Negras es una comunidad diaguita del norte del departamento Belén, en Catamarca, casi en el límite con Salta. A más de 3.500 metros de altura, unas cuarenta familias viven de sus llamas, sus telares y sus aguadas.

No habitan un espacio vacío a la espera de una inversión. Ahí ya hay trabajo, vínculos, saberes y una forma de sostener la vida.

Desde comienzos de septiembre de 2026, la comunidad denuncia que está «sitiada». Sus integrantes describen accesos bloqueados, policías sin identificación, golpes, gas pimienta y teléfonos destruidos. También denuncian que los chicos dejaron de ir a la escuela. Permanecen en alerta y asamblea permanente.

La Policía de Catamarca niega que haya habido represión.

Su abogada, Andrea Morales Leanza, presentó un pedido urgente de protección en la Fiscalía de Belén el 6 de septiembre. Según lo informado por la comunidad, tuvo que ingresar por caminos ancestrales desde Salta. Además, preparan un amparo.

Detrás del conflicto están los proyectos de exploración de oro y cobre Aguas Calientes I, II y III, vinculados a Elevado Gold S.A. La comunidad sostiene que la autorización provincial de 2024 avanzó sin consulta previa.

Pero antes de los expedientes está esto: familias que denuncian que ya no pueden transitar con libertad el lugar donde viven.

El dolor de la tierra tiene cuerpo

Cuando digo que la tierra duele, no hablo de una imagen bonita para acompañar una noticia triste.

Hablo de lo que ocurre cuando se amenaza aquello que permite vivir en un lugar. El agua no está separada de quienes la necesitan. El suelo no está separado del alimento. La montaña no está separada de los caminos, del pastoreo, de la posibilidad de quedarse.

La tierra es un cuerpo vivo en ese sentido concreto: lo que se altera en una parte alcanza a las otras.

Y sus hijos originarios no son figuras de un pasado que podamos admirar a distancia. Son personas de este presente. Necesitan agua, escuela, trabajo y seguridad. Tienen derecho a decidir sobre su vida sin tener que demostrar, una y otra vez, que merecen ser escuchadas.

En abril de 2024, durante un operativo violento, el comunero Félix Escalante, de 83 años, terminó herido por balas de goma.

Ochenta y tres años.

No hace falta adornar ese dato. Hace falta detenerse.

El despojo no empieza solamente cuando alguien pierde su casa. También empieza cuando su presencia se trata como un estorbo, cuando tiene que defender lo cotidiano como si estuviera pidiendo algo extraordinario.

La dignidad de un no

Peñas Negras sostiene su rechazo desde 2023.

Ese no merece ser escuchado sin reducirlo a ignorancia, capricho o resistencia al progreso. Quienes cuidan las aguadas están defendiendo las condiciones que les permiten permanecer en su territorio.

El Convenio 169 de la OIT establece la consulta previa, de buena fe y mediante las instituciones representativas de los pueblos indígenas. La Constitución Nacional, en su artículo 75, inciso 17, reconoce su preexistencia étnica y cultural y asegura su participación en la gestión de sus recursos naturales y los demás intereses que los afecten.

No son favores. Son derechos.

Y hay una obligación de cuidado más vieja que la política partidaria: reconocer que la vida de quienes ya están ahí no puede tratarse como un costo menor.

No quiero celebrar la resistencia sin mirar su precio. Sostener un no bajo amenaza no es una escena heroica para que otras personas nos emocionemos. Es desgaste, tiempo arrancado a la vida cotidiana y una exigencia injusta: tener que ponerse delante para que no decidan por vos.

Escuchar sin apropiarnos del dolor

Trabajo con territorios, con pertenencias, con lo que significa tener un lugar. Por eso esta historia me toca.

Pero Peñas Negras no existe para enseñarnos una lección sobre nuestros límites personales. Su dolor merece atención por sí mismo.

Después podemos preguntarnos qué reconocemos ahí. Muchas mujeres sabemos lo que cuesta sostener un no cuando se espera nuestra disponibilidad. Esa resonancia puede acercarnos; no vuelve equivalentes las experiencias.

Escuchar empieza por no reemplazar la voz de una comunidad con nuestra interpretación.

La tierra y sus hijos no necesitan que embellezcamos su sufrimiento. Necesitan que sus derechos importen también cuando respetarlos incomoda a quienes quieren avanzar.

¿Qué sentís cuando quienes cuidan un territorio tienen que defenderse por querer quedarse?

¿Qué aprendiste a callar para que no te señalaran como un obstáculo?

¿Qué cambia en tu manera de cuidar lo propio cuando reconocés que el territorio de otras personas tampoco está disponible para cualquier decisión?

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