El Papa León XIV en Argentina: el lado B de esperar que alguien te salve

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

«La fe mueve montañas. El problema es cuando esperás que otro las mueva por vos.»

La visita del Papa León XIV a la Argentina volvió a poner en el centro de la escena algo que no se ve todos los días: multitudes, silencios, gente que viaja horas para estar cerca de una figura que no conoce personalmente. Hay algo profundamente humano en ese movimiento, y también algo que merece una mirada más fina. Porque además de la fe, de la emoción y de la organización, en esa espera hay un patrón emocional que se repite en muchas vidas: la necesidad de que alguien de afuera venga a decirnos que vamos a estar bien.

Lo que una multitud espera

No hace falta ser creyente para reconocer la escena. Miles de personas paradas durante horas, con la esperanza de ver pasar un auto, de escuchar una frase, de recibir una bendición. En términos emocionales, eso que se mueve es muy antiguo: la búsqueda de una autoridad benevolente que nos confirme que no estamos solos, que hay un orden, que nuestro sufrimiento tiene algún sentido.

Eso no es debilidad. Es una necesidad humana legítima. Todos necesitamos, en algún momento, apoyarnos en algo más grande: una comunidad, una creencia, una figura que represente la esperanza. El problema no es necesitar. El problema es cuando esa necesidad ocupa el lugar de tu propio criterio.

La fe que sostiene y la fe que te achica

Hay dos formas muy distintas de vivir la fe, y la diferencia no está en la religión sino en la posición interna de quien cree.

La primera es una fe que sostiene: te da un marco, una comunidad, una práctica, un sentido para atravesar lo que no entendés. No te quita la responsabilidad de tu vida; te acompaña mientras la ejercés. La segunda es una fe que te achica: delegás en otro la decisión, la culpa, el rumbo. Esperás la señal, el milagro, la palabra del que sabe. Y mientras esperás, tu vida queda en pausa.

El lado B de esta visita, entonces, no es un ataque a la fe. Es una pregunta incómoda: ¿qué estás esperando que venga de afuera para empezar a vivir lo que ya sabés que tenés que vivir?

El salvador como síntoma

En el consultorio aparece mucho esta estructura, a veces con ropaje religioso y a veces con otros disfraces. La persona que espera que la pareja la rescate. La que espera que el jefe reconozca su valor. La que espera que el hijo cambie para poder estar tranquila. La que espera que llegue el día en que todo se acomode solo.

Siempre hay un otro en el lugar del salvador. Y siempre, invariablemente, ese otro falla. No porque sea malo, sino porque ningún ser humano puede ocupar ese lugar. Cuando el salvador cae, no cae solo él: cae también la esperanza depositada. Y ahí aparece la decepción, que muchas veces se convierte en enojo o en una nueva búsqueda de otro salvador.

Salir de ese circuito no es fácil, porque la espera tiene una función: te protege de la angustia de no saber. Mientras esperás, no tenés que decidir. Y decidir da miedo.

Qué mirar en vos cuando aparece la espera

La próxima vez que te descubras esperando que alguien te confirme algo, probá estas preguntas. No hace falta responderlas todas: con una que te incomode ya alcanza.

Estas preguntas no te sacan la fe: te devuelven la agencia. Y ahí hay una diferencia esencial entre creer y tercerizar.

La dimensión transpersonal de la esperanza

Desde una mirada transpersonal, la esperanza no es solo un estado psicológico: es una fuerza que organiza la vida. Cuando está puesta en un otro absoluto, se vuelve dependencia. Cuando está puesta en un sentido más amplio —en tu proceso, en tu comunidad, en lo que podés construir—, se vuelve motor.

Las tradiciones espirituales más serias coinciden en algo: el maestro, el profeta o el símbolo señalan un camino, pero no lo recorren por vos. La visita del Papa, vista así, puede ser una invitación a algo más profundo que la emoción del momento: una invitación a preguntarte qué te está pidiendo tu propia vida.

Después del evento, vuelve la vida

Cuando la multitud se dispersa y las cámaras se apagan, cada persona vuelve a su casa con lo suyo. Ahí empieza el trabajo real. La emoción colectiva puede abrir una puerta, pero no reemplaza el camino. Y ese camino se hace con decisiones pequeñas, con conversaciones pendientes, con límites que cuestan, con ayuda cuando hace falta.

Si la visita te movilizó, no lo desperdicies: usala como punto de partida. Preguntate qué te conmovió, qué te falta, qué estás esperando. Y animate a dar el primer paso sin esperar que alguien te lo autorice.

Artículos relacionados

Si querés trabajar esa espera que se repite en tu vida, podés pedir una consulta en el consultorio y empezar a mirar de dónde viene.

← Volver a Mi Revista

✆