Nobel de la Paz para Navi Pillay: el lado B de esperar que alguien haga justicia
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·
Hoy el mundo entero está hablando de lo mismo: le otorgaron el Premio Nobel de la Paz a Navanethem «Navi» Pillay, la jueza sudafricana que dedicó su vida a perseguir crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y genocidio. Es una noticia enorme, y merecida. Pero como hacemos siempre en este espacio, quiero correr el foco y mirar el lado B: no lo que la noticia dice del mundo, sino lo que mueve adentro nuestro.
Porque cuando leemos que alguien «hizo justicia», algo en el pecho se alivia. Y ese alivio tiene una razón. Tiene que ver con una herida que casi todos cargamos sin saberlo: la de la injusticia que no se repara.
Por qué necesitamos que alguien haga justicia
Pensalo un segundo. ¿Cuántas cosas te pasaron que quedaron sin cerrar? Una pelea donde tenías razón y nadie te lo reconoció. Un trabajo donde te pasaron por encima. Una relación donde diste todo y te dejaron sin explicación. Cosas chicas y cosas graves, pero todas con lo mismo en común: nadie pagó, nadie pidió perdón, nadie reparó nada.
Cuando eso se acumula, el alma queda esperando. Esperando que alguien de afuera —un juez, un ex, un jefe, un dios— venga a poner las cosas en su lugar. Y ahí está el problema: cuando tu paz depende de que otro reconozca lo que te hicieron, entregás tu poder a manos ajenas.
Esperar justicia afuera es humano. Pero la paz no llega el día en que el otro confiesa: llega el día en que vos dejás de necesitar esa confesión.
La herida de injusticia: cómo se nota
La herida de injusticia tiene síntomas bastante claros:
- Te cuesta soltar el pasado: revivís una y otra vez lo que te hicieron.
- Necesitás tener razón, aunque la discusión no valga la pena.
- Te sentís en deuda con el mundo, o el mundo en deuda con vos.
- Reaccionás fuerte ante lo que percibís como un abuso, aunque sea mínimo.
- Vivís comparando: por qué a ella sí y a mí no.
Lo que el Nobel nos enseña
Navi Pillay persiguió la justicia durante décadas. Y hay algo importante: nunca pudo garantizar que todos los culpables pagaran. La historia está llena de crímenes que quedan impunes. Sin embargo, ella siguió. No porque tuviera la certeza de que iba a reparar todo, sino porque eligió no ser cómplice del silencio.
Eso es lo que el alma necesita aprender. La justicia no siempre llega de afuera. Pero cada una de nosotras puede hacer algo más profundo: negarse a seguir entregando su vida al que la lastimó.
De la justicia externa a la paz interna
1. Reconocé lo que sí pasó
Sin dramatizar ni minimizar. «Me lastimaron» no es portarse de víctima: es nombrar la verdad. El alma no puede sanar lo que no se anima a reconocer.
2. Dejá de esperar la reparación
Que el otro pida perdón sería hermoso. Pero tu sanación no puede tener esa condición. Soltá esa deuda: no porque el otro la merezca, sino porque vos merecés dejar de pagarla.
3. Convertí el dolor en algo tuyo
¿Qué hacés con eso que te pasó? Muchas mujeres que atravesaron injusticias grandes terminan ayudando a otras. No para olvidar, sino para darle un sentido a lo que dolió.
4. Hacé tu propio juicio
Escribí qué te hicieron, qué necesitabas que no te dieron y qué decidís hoy. Ese acto, simple, cierra algo. Porque hay una sola persona que puede declarar cerrada tu causa: vos.
Una justicia que empieza adentro
El mundo necesita jueces como Navi Pillay. Pero adentro tuyo necesita una jueza distinta, que no te condene ni te deje esperando. Una que te devuelva el poder de decidir que tu vida ya no es el juicio de otro.
La justicia que buscás afuera muchas veces refleja una que te debés a vos misma: la de elegirte por encima de la versión de la historia donde siempre perdés.
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