Lo sé, suena fuerte. Pero necesito decirte algo que probablemente nadie te está diciendo en este momento: esa necesidad de llegar a todo, de ser la madre perfecta, la profesional impecable, la pareja atenta, la amiga presente y la hija responsable, no es un superpoder. Es un mecanismo de supervivencia que te está llevando directo al burnout. Y no, no es empoderamiento. Es autoabandono disfrazado de excelencia.
Hoy el «síndrome de la Mujer Maravilla» está en boca de todos. Lo ves en redes sociales, en notas de revistas, en conversaciones entre amigas. Y está buenísimo que se hable, pero te propongo algo: vayamos al lado B de esta historia. Porque el problema no es que quieras hacer mucho. El problema es que creés que si no llegás a todo, no valés nada. Y eso, querida, es un mandato ancestral que viene de más atrás de lo que imaginás.
Escuchame con atención. Ese «yo puedo con todo» no nació en vos. Es la voz de tus abuelas, tus bisabuelas, de todas esas mujeres que tuvieron que demostrar que valían el doble para tener la mitad del reconocimiento. Pero Argentina cambió. El mundo cambió. Y vos seguís corriendo una carrera que ya no existe, contra un rival que solo está en tu cabeza.
Te propongo un ejercicio: cuando sientas que tenés que hacer algo «porque una mujer responsable lo haría», preguntate: ¿esto lo estoy eligiendo o lo estoy obedeciendo? Porque hay una diferencia enorme entre hacer desde el deseo y hacer desde la deuda.
No podés llenar la taza de todos si la tuya está vacía. Y la tuya hace rato que no tiene ni una gota.
Cuando el cuerpo dice «basta», no es que fallaste. Es que tu alma se cansó de ser invisible en tu propia vida. Ese agotamiento crónico, esa irritabilidad constante, ese «no puedo más» que repetís en silencio, no es una debilidad. Es tu ser auténtico golpeando la puerta.
Y acá va otra verdad que no te van a decir en ningún lado: la Mujer Maravilla no existe. Es un arquetipo que te venden para que nunca te detengas a preguntar qué querés VOS. Porque si te detenés, capaz te das cuenta de que estás viviendo una vida que no es tuya.
Como te explico en mi artículo sobre las heridas de la infancia, muchas veces esta necesidad de ser perfecta viene de muy atrás. De sentir que había que ganarse el amor siendo útil. De creer que si no rendías, no eras merecedora de cariño.
¿Sabés qué es realmente revolucionario hoy? Decir «no llego». Decir «necesito ayuda». Decir «esto no me hace feliz, prefiero soltarlo». Eso, en un mundo que te pide que siempre estés disponible, que siempre sonrías, que siempre puedas, es un acto de rebeldía auténtica.
No estoy diciendo que te rindas. Estoy diciendo que elijas mejor dónde pones tu energía. Que dejes de ser la heroína de una película que no pediste protagonizar. Que te permitas ser humana, imperfecta, contradictoria. Que te permitas fallar. Porque solo cuando te caes, aprendés a levantarte de verdad.
Este tema lo conecto mucho con lo que hablo en el vacío interior. Porque muchas veces, ese vacío que sentís no se llena con logros. Se llena con presencia. Con estar. Con permitirte no hacer nada y no sentir culpa por ello.
Voy a ser directa: si mañana te rompieras una pierna y no pudieras hacer nada de lo que hacés, ¿seguirías valiendo? ¿Tu familia dejaría de quererte? ¿Tu pareja se iría? No, ¿verdad? Entonces, ¿por qué tratás a tu propio ser como si su valor dependiera de su rendimiento?
Dejá de ser la Mujer Maravilla. Empezá a ser vos. La de verdad. La que se cansa, la que llora, la que pide. Esa es mucho más interesante. Y mucho más real.
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